LA RUTA DEL LIMBO
Al atardecer, cuando la tarde era más dorada,
Aníbal salía al jardín, y allí entre las cortinas
de lino que colgaban de la pérgola buscaba su sillón
y esperaba...
El aire lo llevaba otra vez por la ruta del limbo.
Empezaba cuando hacía traer el vino blanco que
dormía fresco en el pozo, en ánforas a tres metros
bajo tierra. Luego se lo servían en copa de plata y traían
tomates de la huerta cercana que aliñaban con aceite
de oliva y sal y acompañaban con salazones de anchoas
y queso fuerte de cabra.
En el otro extremo del jardín sonaba una flauta, a una
distancia prudente, justo la necesaria para que hiciera
el esfuerzo de prestarle atención y no perder la
armonía de sus notas largas.
Entonces empezaba la ruta del limbo. En su cerebro
se mezclaba la música con el sabor de los frescos
tomates y el delicioso vino hasta hacer desaparecer
su entorno en la tarde dorada.
Por un momento volvía la arena del desierto y el horizonte
se transformaba con un rojo intenso que se fundía en el
cielo... A su lado el rostro de Africa se iluminaba con
aquel mágico esplendor y su pelo negro se mecía entre
olas de arena y sus labios intensos, abiertos, rojos,
esperaban y esperaban solo para ser besados.
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