2
Cuando su padre salió del baño y se sentó
en la mesa para cenar algo, ella recogió la caja
y la ocultó con sus manos a la espalda.
--¡Sorpresa!--dijo con tremenda sonrisa.
Su padre la miró esperando que terminara de hablar.
--Mira lo que tengo.
Abrió la caja y en un rincón una polilla gris permanecía
inmóvil, sin luz, sin vida.
Su padre trató de animarla.
--¿Has encontrado una mariposa?
--Nooo. Es una luciérnaga.
--Eso es una polilla. Una mariposa nocturna.
Marta no sabía si ponerse a llorar. Alguien le estaba
gastando una broma pesada. Cerró la caja y salió con
ella al jardín. Allí la abrió y la lanzó con fuerza hacia
arriba con la luciérnaga incluida.
Entonces en medio de la noche, sintiéndose libre, volando
en el aire, la luciérnaga se iluminó de repente y empezó
a girar y girar cerca del fresno.
--Corre, papá, corre. Mírala, mírala como brilla--gritó--
¡Solo se enciende cuando es de noche!
viernes, 28 de octubre de 2016
SOLO CUANDO ES DE NOCHE
Fue como si alguien quisiera gastarle una broma.
A Marta le pareció de mal gusto.
Por increíble que parezca, al anochecer, se
encontró una luciérnaga junto a los lirios del
jardín y la guardó en una caja de cartón para
enseñársela a su padre cuando llegara más tarde.
Estuvo todo el tiempo preparando el momento.
Debajo de la mesa de la cocina, entre las botellas,
escondió su tesoro. De vez en cuando entraba para
comprobar que seguía allí. Menuda sorpresa le iba
a dar- su padre decía que las luciérnagas no existían-.
Al menos eso creía pues en toda su vida no había
visto ninguna. Por eso, cuando Marta vio el resplandor
entre los lirios, su corazón se aceleró tanto que apenas
le dejó respirar. Con mucho cuidado se agachó y se la
llevó entre sus pequeñas manecitas. La luz amarilla salía
entre sus dedos y cuando la dejó en la caja la cerró bien
para que no se escapara.
Fue como si alguien quisiera gastarle una broma.
A Marta le pareció de mal gusto.
Por increíble que parezca, al anochecer, se
encontró una luciérnaga junto a los lirios del
jardín y la guardó en una caja de cartón para
enseñársela a su padre cuando llegara más tarde.
Estuvo todo el tiempo preparando el momento.
Debajo de la mesa de la cocina, entre las botellas,
escondió su tesoro. De vez en cuando entraba para
comprobar que seguía allí. Menuda sorpresa le iba
a dar- su padre decía que las luciérnagas no existían-.
Al menos eso creía pues en toda su vida no había
visto ninguna. Por eso, cuando Marta vio el resplandor
entre los lirios, su corazón se aceleró tanto que apenas
le dejó respirar. Con mucho cuidado se agachó y se la
llevó entre sus pequeñas manecitas. La luz amarilla salía
entre sus dedos y cuando la dejó en la caja la cerró bien
para que no se escapara.
domingo, 23 de octubre de 2016
2
A veces los hombres tienen sus cosas. Ayer, sin ir
más lejos, me trajeron en un cajón aquí, con mis
primos y mis hermanos. Están todo el día dando
vueltas por encima de la pared para ver que no
nos escapamos. Es absurdo, como nos vamos a escapar
si tienen cerrada la puerta y han echado un candado.
Tienen sus cosas. A mí me han abierto y he pasado
a otro sitio más ancho. Han puesto un montón de paredes
a los lados donde se suben a mirar. Creo que quieren
jugar a empujar. Pues ha venido uno con un trapo y cuando
yo he empujado, lo ha quitado y se ha ido. Y ahora viene
otro a caballo con un palo. Quieren que empuje, pero
no me ha gustado que me clave el palo en la espalda.
Esto no es serio. Pero lo peor ha sido el último que ha llegado
con un pincho afilado y no se como me lo he clavado
al empujar. No me ha gustado. Me sale sangre por la nariz
y la boca. Me estoy mareando. Quiero irme de aquí.
Quiero volver a la lu...na y al... rí...o.
A veces los hombres tienen sus cosas. Ayer, sin ir
más lejos, me trajeron en un cajón aquí, con mis
primos y mis hermanos. Están todo el día dando
vueltas por encima de la pared para ver que no
nos escapamos. Es absurdo, como nos vamos a escapar
si tienen cerrada la puerta y han echado un candado.
Tienen sus cosas. A mí me han abierto y he pasado
a otro sitio más ancho. Han puesto un montón de paredes
a los lados donde se suben a mirar. Creo que quieren
jugar a empujar. Pues ha venido uno con un trapo y cuando
yo he empujado, lo ha quitado y se ha ido. Y ahora viene
otro a caballo con un palo. Quieren que empuje, pero
no me ha gustado que me clave el palo en la espalda.
Esto no es serio. Pero lo peor ha sido el último que ha llegado
con un pincho afilado y no se como me lo he clavado
al empujar. No me ha gustado. Me sale sangre por la nariz
y la boca. Me estoy mareando. Quiero irme de aquí.
Quiero volver a la lu...na y al... rí...o.
LA LUNA Y EL RIO
Está la Luna y está también el río.
Cuando voy por la mañana a beber con mis hermanos
y mis primos, saltan las ranas hasta el fondo del río, y
las culebras se esconden para que no las pisemos.
También están las liebres, que corren a quitarse de en
medio cuando, aburridos, jugamos a empujaros. A mí
me gusta mucho. Empujar con fuerza al otro hasta que
se caiga al río o hasta que salga corriendo. También están
los hombres que montan a caballo y que nos hacen correr
arriba y abajo para hacer ejercicio. A veces los hombres
quieren jugar a empujar pero no saben. Los hombres cogen
un trapo para empujar y cuando tu empujas lo retiran y así
no hay forma de jugar. Luego está el veterinario que es
un buen tío. El otro día, cuando me clavé una espina junto
al ojo y me molestaba tanto que no paraba de llorar,
el veterinario, después de que me encerraran en un cajón
para que no me moviera, me la quitó con unas pinzas.
¡Menudo alivio! Y luego está la Luna. Cuando más a gusto
estás echado entre las jaras, por la noche, se asoma por la
montaña, tan blanca que emociona y se refleja en el río.
viernes, 7 de octubre de 2016
PUNTO DE REFERENCIA
Ana aparcó el coche a la entrada de la Residencia,
justo al lado de los pinos. Se había convertido en
una costumbre semanal ir a visitar a su padre que
estaba allí ingresado desde que su avanzada edad
le impedía valerse por sí mismo.
-¿Que has comido?-le preguntaba.
Su padre le contestaba con voz cansada y movía las
manos para explicarse. Aquellos gestos y su rostro
marchito eran todo lo que Ana necesitaba para sentirse
reconfortada. No eran muchas palabras, pero necesitaba
escucharlas, sobretodo en días inciertos, en días sin
rumbo, en los que los acontecimientos la hundían.
Eran para ella un refugio, un punto de referencia, un
lugar al que acudir. Sabía de sobra que el tiempo se
acababa y entonces se quedaría sin referencia, se
encontraría sin rumbo, perdida sin un faro al que
dirigirse en medio de la tormenta. Por eso cuando
se marchaba, giraba la cabeza para no perder de
vista ese punto de referencia. Era tan frágil. Apenas
unas frases, un rostro marchito y unas manos inquietas
señalaban su rumbo.
Ana aparcó el coche a la entrada de la Residencia,
justo al lado de los pinos. Se había convertido en
una costumbre semanal ir a visitar a su padre que
estaba allí ingresado desde que su avanzada edad
le impedía valerse por sí mismo.
-¿Que has comido?-le preguntaba.
Su padre le contestaba con voz cansada y movía las
manos para explicarse. Aquellos gestos y su rostro
marchito eran todo lo que Ana necesitaba para sentirse
reconfortada. No eran muchas palabras, pero necesitaba
escucharlas, sobretodo en días inciertos, en días sin
rumbo, en los que los acontecimientos la hundían.
Eran para ella un refugio, un punto de referencia, un
lugar al que acudir. Sabía de sobra que el tiempo se
acababa y entonces se quedaría sin referencia, se
encontraría sin rumbo, perdida sin un faro al que
dirigirse en medio de la tormenta. Por eso cuando
se marchaba, giraba la cabeza para no perder de
vista ese punto de referencia. Era tan frágil. Apenas
unas frases, un rostro marchito y unas manos inquietas
señalaban su rumbo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)