15
La tenue luz de la luna no se iba de la playa
y cuando la mujer se levantó, Carlos la siguió.
--¿Donde vas, Malena?
--Ven, sígueme.
Él la siguió hasta el agua y ella comenzó a nadar.
Era tan templada el agua y de un azul tan intenso
que era imposible no seguirla, nadando sin parar.
Bucearon hasta el fondo y allí entre las rocas, como
jugando al escondite apareció un niño que sonreía.
Malena trataba de cogerlo pero el niño era más
rápido y se escapaba. Carlos los seguía encantado,
feliz de verlos. Nadaron hacía la superficie y al
salir a la playa la mujer cogía al niño y lo abrazaba.
Luego lo levantaba hacia arriba y lo bajaba muy
rápido, como si lo dejara caer y el niño se mondaba
de risa. Malena lo besaba en el cuello y el niño
no paraba de reír. Carlos estaba encantado de verlo
y de vez en cuando soltaba una carcajada. Luego
empezaron a caminar hacia el otro extremo de la
playa y la mujer le dijo:
--Tráete el zapato que se le ha caído.
Él retrocedió unos pasos y recogió el zapato.
lunes, 30 de mayo de 2016
14
Cárlos regresó a la tienda desconcertado por
la silueta de aquella mujer en la playa. La noche
se hizo más larga por el insomnio. La tenue luz
de la luna se adivinaba a través de la lona de la
tienda. Esperando que llegara el día miraba a la
entrada cuando una sombra le pareció que se
detenía. Cárlos se incorporó en la cama. La sombra
no se movía al otro lado de la lona, entonces
se levantó con mucho cuidado y salió fuera.
Era la mujer que paseaba por la playa, estaba de
espaldas y se acercó a ella.
--¡ Malena ! Eres tú. ¿Donde estabas?
La mujer se giró hacia él sonriendo.
--Te estaba buscando- le dijo.
Luego lo rodeó con sus brazos y lo besó en los ojos.
Durante un rato en el que perdió la noción del
tiempo estuvo abrazado a ella besándola y rodando
por la arena. Luego debió de quedarse dormido.
Al despertar ella seguía a su lado y volvió a besarla
de nuevo.
--Malena, mi Malena-- le decía.
Cárlos regresó a la tienda desconcertado por
la silueta de aquella mujer en la playa. La noche
se hizo más larga por el insomnio. La tenue luz
de la luna se adivinaba a través de la lona de la
tienda. Esperando que llegara el día miraba a la
entrada cuando una sombra le pareció que se
detenía. Cárlos se incorporó en la cama. La sombra
no se movía al otro lado de la lona, entonces
se levantó con mucho cuidado y salió fuera.
Era la mujer que paseaba por la playa, estaba de
espaldas y se acercó a ella.
--¡ Malena ! Eres tú. ¿Donde estabas?
La mujer se giró hacia él sonriendo.
--Te estaba buscando- le dijo.
Luego lo rodeó con sus brazos y lo besó en los ojos.
Durante un rato en el que perdió la noción del
tiempo estuvo abrazado a ella besándola y rodando
por la arena. Luego debió de quedarse dormido.
Al despertar ella seguía a su lado y volvió a besarla
de nuevo.
--Malena, mi Malena-- le decía.
13
Carlos se había quedado dormido. El ruido
de las olas era manso, pacífico, invitaba
al descanso. Nada perturbaba el equilibrio
armónico de la noche en la isla, pero como
atrapado por una invitación, Carlos se levantó
y salió fuera de la tienda a caminar
por la playa bajo la pálida luz de la luna.
El agua era tibia y mojaba de vez en cuando
sus pies descalzos cuando las olas mansas
lo sorprendían. Pronto se dio cuenta de que
no estaba solo, alguien más paseaba por su
isla. Era una silueta de mujer por el otro
extremo de la playa. Carlos aceleró sus pasos
para alcanzarla pero ella se alejaba, inalcanzable.
--¡Espere, espere !- gritaba tratando de detenerla.
--¡Oiga!--siguió insistiendo inutilmente.
Aquella silueta se desvaneció antes de alcanzarla.
Carlos miró a uno y otro lado buscándola pero
definitivamente había desaparecido sin dejar
ni una sola huella en la playa.
Carlos se había quedado dormido. El ruido
de las olas era manso, pacífico, invitaba
al descanso. Nada perturbaba el equilibrio
armónico de la noche en la isla, pero como
atrapado por una invitación, Carlos se levantó
y salió fuera de la tienda a caminar
por la playa bajo la pálida luz de la luna.
El agua era tibia y mojaba de vez en cuando
sus pies descalzos cuando las olas mansas
lo sorprendían. Pronto se dio cuenta de que
no estaba solo, alguien más paseaba por su
isla. Era una silueta de mujer por el otro
extremo de la playa. Carlos aceleró sus pasos
para alcanzarla pero ella se alejaba, inalcanzable.
--¡Espere, espere !- gritaba tratando de detenerla.
--¡Oiga!--siguió insistiendo inutilmente.
Aquella silueta se desvaneció antes de alcanzarla.
Carlos miró a uno y otro lado buscándola pero
definitivamente había desaparecido sin dejar
ni una sola huella en la playa.
12
En Manhattan, en medio de una multitud,
como un desconocido, como un ser solitario más,
Carlos se sintió solo. Era una soledad agobiante
pues el hecho de estar rodeado de un montón
de gente la hacía más acuciante, más desoladora.
Era distinta de la soledad que ahora sentía
en su isla deshabitada. Se sentía solo, pero era
una soledad cautivadora. Las plantas, los árboles,
las rocas, cada piedra, cada grano de arena eran
únicos, como él. Todos estaban solos, eran únicos,
irrepetibles, por eso no era una soledad agobiante
sino cautivadora, una soledad que transmitía paz,
que lo reconciliaba con el resto del universo, que
lo hacía más humano, que le otorgaba su propia
identidad. Cualquier hierba insignificante, cualquier
insecto de aquella isla eran también parte del
universo, tenían sentido como él, tenían su propia
identidad. Todos eran únicos, seres irrepetibles,
todos se identificaban con aquella soledad tan
cautivadora.
Pensaba en todo eso cuando la noche se adueñaba
de su pequeña isla.
En Manhattan, en medio de una multitud,
como un desconocido, como un ser solitario más,
Carlos se sintió solo. Era una soledad agobiante
pues el hecho de estar rodeado de un montón
de gente la hacía más acuciante, más desoladora.
Era distinta de la soledad que ahora sentía
en su isla deshabitada. Se sentía solo, pero era
una soledad cautivadora. Las plantas, los árboles,
las rocas, cada piedra, cada grano de arena eran
únicos, como él. Todos estaban solos, eran únicos,
irrepetibles, por eso no era una soledad agobiante
sino cautivadora, una soledad que transmitía paz,
que lo reconciliaba con el resto del universo, que
lo hacía más humano, que le otorgaba su propia
identidad. Cualquier hierba insignificante, cualquier
insecto de aquella isla eran también parte del
universo, tenían sentido como él, tenían su propia
identidad. Todos eran únicos, seres irrepetibles,
todos se identificaban con aquella soledad tan
cautivadora.
Pensaba en todo eso cuando la noche se adueñaba
de su pequeña isla.
miércoles, 18 de mayo de 2016
11
Todo estaba como lo recordaba. La higuera,
el peral y la pared derruida entre las zarzas.
Sí, aquella debió de ser una casa, un refugio,
el hogar de alguien.
¿Quien fue? Jamás lo sabría.
¿Porqué se marchó? ¿Porque abandonó su casa?
Eran preguntas sin respuesta que se hacía.
Carlos anduvo por aquel lugar durante horas
disfrutando de aquel hermoso sitio, de aquel
Edén privado en el que se encontraba tan a gusto.
Luego, cuando se ocultaba el sol, antes de regresar,
algo llamó su atención. En la orilla de la playa
las olas mecían suavemente algo. Se acercó a ver
que era y lo recogió.
Era el zapato de un niño que el mar trajo hasta
su playa.
Todo estaba como lo recordaba. La higuera,
el peral y la pared derruida entre las zarzas.
Sí, aquella debió de ser una casa, un refugio,
el hogar de alguien.
¿Quien fue? Jamás lo sabría.
¿Porqué se marchó? ¿Porque abandonó su casa?
Eran preguntas sin respuesta que se hacía.
Carlos anduvo por aquel lugar durante horas
disfrutando de aquel hermoso sitio, de aquel
Edén privado en el que se encontraba tan a gusto.
Luego, cuando se ocultaba el sol, antes de regresar,
algo llamó su atención. En la orilla de la playa
las olas mecían suavemente algo. Se acercó a ver
que era y lo recogió.
Era el zapato de un niño que el mar trajo hasta
su playa.
10
Con la primera luz del día Carlos pudo
levantarse con mucha dificultad.
El sol calentaba la playa y el mar estaba
en calma. La garganta seguía doliendole
pero parecía que la fiebre había pasado.
Estuvo toda la mañana sentado
intentando recuperar sus fuerzas.
Comió algo y se hidrató. Luego volvió
a acostarse y se quedó dormido al instante.
Pasaron todavía unos días hasta que se sintió
plenamente recuperado y pudo volver a subir
al peñón más alto. Contempló el horizonte
en calma y el otro extremo del islote.
Recordó entonces el sueño febril de aquella noche,
la escena de la playa y las risas del niño
y de la mujer jugando a la luz de la luna.
Decidió volver a la otra playa a ver si era cierto
que estuvo allí, que encontró una higuera y una
pared derruida.
Con la primera luz del día Carlos pudo
levantarse con mucha dificultad.
El sol calentaba la playa y el mar estaba
en calma. La garganta seguía doliendole
pero parecía que la fiebre había pasado.
Estuvo toda la mañana sentado
intentando recuperar sus fuerzas.
Comió algo y se hidrató. Luego volvió
a acostarse y se quedó dormido al instante.
Pasaron todavía unos días hasta que se sintió
plenamente recuperado y pudo volver a subir
al peñón más alto. Contempló el horizonte
en calma y el otro extremo del islote.
Recordó entonces el sueño febril de aquella noche,
la escena de la playa y las risas del niño
y de la mujer jugando a la luz de la luna.
Decidió volver a la otra playa a ver si era cierto
que estuvo allí, que encontró una higuera y una
pared derruida.
9
Carlos se levantó convaleciente en mitad
de la noche y se asomó fuera de la tienda.
Bajo la tímida luz de la luna pudo distinguir
a una mujer que levantaba en brazos a un niño
y que este no paraba de reír de la emoción y
del placer de aquel juego. La mujer repetía una y
otra vez el gesto de levantarlo bien alto y luego
bajarlo como si lo dejara caer y el niño se mondaba
de risa. Luego ella lo abrazaba y lo besaba en el
cuello lo que producía todavía más risa al
pequeño. Al lado, la escena era contemplada
con agrado por un hombre que a veces daba
carcajadas. Carlos intentó llamarlos pero sin éxito
pues su voz no salía de su garganta.
La luna iluminaba aquella escena en la playa
hasta que al final se marcharon hacia el otro
extremo de la isla.
--Traete el zapato que se le ha caído- oyó decir
a la mujer.
El hombre regresó unos pasos y recogió el zapato
del niño.
Carlos se levantó convaleciente en mitad
de la noche y se asomó fuera de la tienda.
Bajo la tímida luz de la luna pudo distinguir
a una mujer que levantaba en brazos a un niño
y que este no paraba de reír de la emoción y
del placer de aquel juego. La mujer repetía una y
otra vez el gesto de levantarlo bien alto y luego
bajarlo como si lo dejara caer y el niño se mondaba
de risa. Luego ella lo abrazaba y lo besaba en el
cuello lo que producía todavía más risa al
pequeño. Al lado, la escena era contemplada
con agrado por un hombre que a veces daba
carcajadas. Carlos intentó llamarlos pero sin éxito
pues su voz no salía de su garganta.
La luna iluminaba aquella escena en la playa
hasta que al final se marcharon hacia el otro
extremo de la isla.
--Traete el zapato que se le ha caído- oyó decir
a la mujer.
El hombre regresó unos pasos y recogió el zapato
del niño.
8
No sabía el tiempo que había estado dormido
pero cuando despertó su cabeza le ardía y las
manos las tenía hinchadas y entumecidas de
las heridas que debió hacerse entre la enmarañada
vegetación. Una tos infernal le sorprendió de
repente y le produjo un espantoso dolor en el
pecho. Carlos pensó que debía de tener fiebre
y no se levantó. Debió dormir profundamente
pues cuando abrió los ojos era de noche.
El viento soplaba fuera de la tienda y el mar
rugía salvaje.
Carlos no podía moverse, siguió largo rato
escuchando las olas hasta que de repente le
sorprendió un sonido distinto, lejano. Prestó
atención y le pareció que eran risas lejanas.
Tal vez fueran alucinaciones por su estado febril
pero volvió a escucharlas y efectivamente eran
risas. Alguien había llegado a su playa. No
conseguía moverse pero de vez en cuando las
risas se oían perfectamente. Se trataba de un niño,
era sin duda la risa de un niño. Pero también había
una mujer. Decía algo que hacía reír al niño.
No sabía el tiempo que había estado dormido
pero cuando despertó su cabeza le ardía y las
manos las tenía hinchadas y entumecidas de
las heridas que debió hacerse entre la enmarañada
vegetación. Una tos infernal le sorprendió de
repente y le produjo un espantoso dolor en el
pecho. Carlos pensó que debía de tener fiebre
y no se levantó. Debió dormir profundamente
pues cuando abrió los ojos era de noche.
El viento soplaba fuera de la tienda y el mar
rugía salvaje.
Carlos no podía moverse, siguió largo rato
escuchando las olas hasta que de repente le
sorprendió un sonido distinto, lejano. Prestó
atención y le pareció que eran risas lejanas.
Tal vez fueran alucinaciones por su estado febril
pero volvió a escucharlas y efectivamente eran
risas. Alguien había llegado a su playa. No
conseguía moverse pero de vez en cuando las
risas se oían perfectamente. Se trataba de un niño,
era sin duda la risa de un niño. Pero también había
una mujer. Decía algo que hacía reír al niño.
7
Cuando regresaba comenzaron a caer las primeras
gotas de la tormenta que se avecinaba. Iba pensando
en aquel hallazgo sorprendente. Alguien había estado
viviendo en aquel lugar antes que él. ¿Quién podría
haber sido? ¿Tal vez un monje asceta y solitario?
¿O un prófugo de la justicia? ¿Un aguerrido marinero?
Quién quiera que fuese debió tener las mismas sensaciones
que él, debió de sentir las mismas dudas. En cualquier caso
se sintió de inmediato muy ligado a ese vecino tan lejano
en el tiempo pero que le había dejado en herencia
una hermosa higuera y un peral magnífico.
La tormenta arreciaba con fuerza y Carlos se sintió
desvalido en medio de aquella roca que amenazaba
con irse a pique como una balsa a la deriva en un mar
embravecido y salvaje.
Llegó de noche y empapado a su tienda y cayó rendido
en la cama.
Fuera seguía soplando el viento y la tormenta aumentaba
aún más y más.
Cuando regresaba comenzaron a caer las primeras
gotas de la tormenta que se avecinaba. Iba pensando
en aquel hallazgo sorprendente. Alguien había estado
viviendo en aquel lugar antes que él. ¿Quién podría
haber sido? ¿Tal vez un monje asceta y solitario?
¿O un prófugo de la justicia? ¿Un aguerrido marinero?
Quién quiera que fuese debió tener las mismas sensaciones
que él, debió de sentir las mismas dudas. En cualquier caso
se sintió de inmediato muy ligado a ese vecino tan lejano
en el tiempo pero que le había dejado en herencia
una hermosa higuera y un peral magnífico.
La tormenta arreciaba con fuerza y Carlos se sintió
desvalido en medio de aquella roca que amenazaba
con irse a pique como una balsa a la deriva en un mar
embravecido y salvaje.
Llegó de noche y empapado a su tienda y cayó rendido
en la cama.
Fuera seguía soplando el viento y la tormenta aumentaba
aún más y más.
martes, 17 de mayo de 2016
6
Nubes negras empezaron a cubrir el cielo
y Carlos supo que debía regresar por la amenaza
de tormenta.
Antes de abandonar aquel sitio recorrió la diminuta
cala y se disponía a volver cuando más allá de los
pinos le pareció ver una enorme higuera. Se acercó
hasta ella y comprobó que estaba cargada de higos,
aún verdes, pero que cuando fueran madurando
sería la ocasión propicia de volver para disfrutarlos.
Pero no solo había una higuera sino que unos metros
mas allá había también una peral repleto de jugosas
peras. Carlos estaba de suerte, probó una ya madura
y el dulzor más extasiante que jamás tomó le inundó
el paladar. Aquello era el Edén, pensaba.
Entonces vio algo que llamó su atención...Entre las
zarzas se podía distinguir lo que parecían ser unas
piedras colocadas a modo de muro. Retiró la maleza
y en efecto allí había una pared derruida, una casa
abandonada.
Nubes negras empezaron a cubrir el cielo
y Carlos supo que debía regresar por la amenaza
de tormenta.
Antes de abandonar aquel sitio recorrió la diminuta
cala y se disponía a volver cuando más allá de los
pinos le pareció ver una enorme higuera. Se acercó
hasta ella y comprobó que estaba cargada de higos,
aún verdes, pero que cuando fueran madurando
sería la ocasión propicia de volver para disfrutarlos.
Pero no solo había una higuera sino que unos metros
mas allá había también una peral repleto de jugosas
peras. Carlos estaba de suerte, probó una ya madura
y el dulzor más extasiante que jamás tomó le inundó
el paladar. Aquello era el Edén, pensaba.
Entonces vio algo que llamó su atención...Entre las
zarzas se podía distinguir lo que parecían ser unas
piedras colocadas a modo de muro. Retiró la maleza
y en efecto allí había una pared derruida, una casa
abandonada.
5
Durante días la rutina fue su compañía habitual,
tomaba un desayuno ligero de galletas y café
soluble con leche. Después del aseo caminaba
un poco por la cala y luego subía a lo alto del peñón.
Allí permanecía largo rato hasta que encontraba
las ganas de volver a la tienda y ponerse a escribir.
En una de aquellas mañanas pensó que debía visitar
la otra cala que estaba en el extremo opuesto de la
isla. Debería atravesar aquella maraña de zarzas
y arbustos. Abrirse paso en el inexplorado lugar.
Se preparó con botas y ropa adecuada y emprendió
la marcha hasta el otro extremo de la isla. El sol
quemaba con fuerza y hacía más difícil avanzar
entre aquella vegetación salvaje. Llevaba una botella
de agua que terminó de un solo trago antes de llegar.
Casi dos horas de esfuerzo invirtió para alcanzar
el otro extremo, pero mereció la pena. Aquella cala
estaba rodeada de pinos y el mar era sereno, apacible
y transparente. Buscó el abrigo de la sombra para
descansar y estuvo un tiempo disfrutando de todo.
Durante días la rutina fue su compañía habitual,
tomaba un desayuno ligero de galletas y café
soluble con leche. Después del aseo caminaba
un poco por la cala y luego subía a lo alto del peñón.
Allí permanecía largo rato hasta que encontraba
las ganas de volver a la tienda y ponerse a escribir.
En una de aquellas mañanas pensó que debía visitar
la otra cala que estaba en el extremo opuesto de la
isla. Debería atravesar aquella maraña de zarzas
y arbustos. Abrirse paso en el inexplorado lugar.
Se preparó con botas y ropa adecuada y emprendió
la marcha hasta el otro extremo de la isla. El sol
quemaba con fuerza y hacía más difícil avanzar
entre aquella vegetación salvaje. Llevaba una botella
de agua que terminó de un solo trago antes de llegar.
Casi dos horas de esfuerzo invirtió para alcanzar
el otro extremo, pero mereció la pena. Aquella cala
estaba rodeada de pinos y el mar era sereno, apacible
y transparente. Buscó el abrigo de la sombra para
descansar y estuvo un tiempo disfrutando de todo.
4
Su primer día en aquel lugar remoto no le defraudó.
Recorrió su nuevo hogar con entrañable emoción,
como el viajero que llega a un sitio lejano en el que
poder recordar.
Su mundo era una roca enorme perdida en medio
del mar, lejos del ruido, lejos del mundo que había
conocido. Ahora era una balsa a la deriva y contemplaba
el horizonte como inalcanzable. Allí quedaron los
recuerdos, los amigos, los sueños, todo lo que vivió.
Subió hasta la cima más alta de aquel peñón y contempló
su entorno. Había dos pequeñas calas donde llegaban
las aguas mansas hasta la arena, en una de ella estaba
su tienda y un pequeño embarcadero que hizo construir
para que le llegaran suministros. En la otra se veían
algunos pinos. El resto era totalmente inhóspito y
salvaje, un lugar inaccesible donde el mar furioso
golpeaba sin descanso. Había un acantilado de vértigo
en donde colonias de aves ruidosas tenían sus nidos.
El resto del islote estaba cubierto de plantas duras y
resistentes a la sequía y al incesante viento.
Carlos descendió a su tienda en donde tenía una cama
y una mesa con libros y papel para escribir.
Su primer día en aquel lugar remoto no le defraudó.
Recorrió su nuevo hogar con entrañable emoción,
como el viajero que llega a un sitio lejano en el que
poder recordar.
Su mundo era una roca enorme perdida en medio
del mar, lejos del ruido, lejos del mundo que había
conocido. Ahora era una balsa a la deriva y contemplaba
el horizonte como inalcanzable. Allí quedaron los
recuerdos, los amigos, los sueños, todo lo que vivió.
Subió hasta la cima más alta de aquel peñón y contempló
su entorno. Había dos pequeñas calas donde llegaban
las aguas mansas hasta la arena, en una de ella estaba
su tienda y un pequeño embarcadero que hizo construir
para que le llegaran suministros. En la otra se veían
algunos pinos. El resto era totalmente inhóspito y
salvaje, un lugar inaccesible donde el mar furioso
golpeaba sin descanso. Había un acantilado de vértigo
en donde colonias de aves ruidosas tenían sus nidos.
El resto del islote estaba cubierto de plantas duras y
resistentes a la sequía y al incesante viento.
Carlos descendió a su tienda en donde tenía una cama
y una mesa con libros y papel para escribir.
lunes, 16 de mayo de 2016
3
Había descubierto aquel islote hacía unos años
en un viaje de placer, navegando en un velero con
unos amigos por las islas griegas.
Desde que alguna novela de su dilatada obra literaria
fuera llevada al cine y resultara ser una gran obra que
le proporcionó fama y dinero, se había fijado metas
distintas y se convirtió en un explorador. Buscaba retos
constantemente, de ahí surgieron sus estancias
prolongadas en San Petersburgo o en Manhattan.
Ahora el reto era completamente distinto, vivir
solo en una isla deshabitada. Así lo tuvo claro
en el momento en que contempló aquel islote,
no mayor de doce hectáreas. Su idea era simple,
vivir como un naufrago en aquel sitio. Nada de aparatos
electrónicos, nada de cosas superfluas, solamente
lo imprescindible: una tienda de campaña, una cama
y alimentos. Preparó este reto concienzudamente
y dejó dadas instrucciones precisas a sus abogados,
a familiares y conocidos. Un barco acudiría
regularmente a llevarle agua, alimentos y ropa limpia
y retiraría la basura y la ropa usada. Hizo los tramites
necesarios con las autoridades griegas y tomó posesión
del lugar un día luminoso bien entrada la primavera.
Había descubierto aquel islote hacía unos años
en un viaje de placer, navegando en un velero con
unos amigos por las islas griegas.
Desde que alguna novela de su dilatada obra literaria
fuera llevada al cine y resultara ser una gran obra que
le proporcionó fama y dinero, se había fijado metas
distintas y se convirtió en un explorador. Buscaba retos
constantemente, de ahí surgieron sus estancias
prolongadas en San Petersburgo o en Manhattan.
Ahora el reto era completamente distinto, vivir
solo en una isla deshabitada. Así lo tuvo claro
en el momento en que contempló aquel islote,
no mayor de doce hectáreas. Su idea era simple,
vivir como un naufrago en aquel sitio. Nada de aparatos
electrónicos, nada de cosas superfluas, solamente
lo imprescindible: una tienda de campaña, una cama
y alimentos. Preparó este reto concienzudamente
y dejó dadas instrucciones precisas a sus abogados,
a familiares y conocidos. Un barco acudiría
regularmente a llevarle agua, alimentos y ropa limpia
y retiraría la basura y la ropa usada. Hizo los tramites
necesarios con las autoridades griegas y tomó posesión
del lugar un día luminoso bien entrada la primavera.
2
--"Los viejos humanizan el paisaje".
Carlos pensaba en aquella frase mientras
caminaba descalzo por la arena de la desierta
playa. Cuando era pequeño, los viejos eran
parte del paisaje. Eran como un árbol, como
una piedra, algo más, sin identidad alguna,
sin que nada los destacara del entorno. Pero
ahora cuando todo estaba sin ellos, el paisaje
era desolado, desértico, sin personalidad.
Por eso pensaba que los viejos humanizaban
el paisaje, lo integraban en una realidad más
allá de lo material, le daban contenido espiritual,
en una palabra lo "humanizaban".
Pero había perdido el tiempo hasta llegar a com-
prenderlo. Había tardado toda su vida y ahora
cuando encontraba alivio a su fobia social en
aquella isla deshabitada a la que se había retirado
añoraba la presencia de los viejos, por encima
de todo. Mucho más que la sociedad como la
había conocido, tan compleja, tan artificial,
tan hipócrita, echaba de verdad en falta a los
viejos, echaba en falta que el paisaje fuera
humanizado por esos viejos anónimos,
insignificantes, que poblaban las esquinas,
las ciudades, los parques.
Por primera vez sintió la soledad de estar solo.
--"Los viejos humanizan el paisaje".
Carlos pensaba en aquella frase mientras
caminaba descalzo por la arena de la desierta
playa. Cuando era pequeño, los viejos eran
parte del paisaje. Eran como un árbol, como
una piedra, algo más, sin identidad alguna,
sin que nada los destacara del entorno. Pero
ahora cuando todo estaba sin ellos, el paisaje
era desolado, desértico, sin personalidad.
Por eso pensaba que los viejos humanizaban
el paisaje, lo integraban en una realidad más
allá de lo material, le daban contenido espiritual,
en una palabra lo "humanizaban".
Pero había perdido el tiempo hasta llegar a com-
prenderlo. Había tardado toda su vida y ahora
cuando encontraba alivio a su fobia social en
aquella isla deshabitada a la que se había retirado
añoraba la presencia de los viejos, por encima
de todo. Mucho más que la sociedad como la
había conocido, tan compleja, tan artificial,
tan hipócrita, echaba de verdad en falta a los
viejos, echaba en falta que el paisaje fuera
humanizado por esos viejos anónimos,
insignificantes, que poblaban las esquinas,
las ciudades, los parques.
Por primera vez sintió la soledad de estar solo.
sábado, 14 de mayo de 2016
DESDE LA COSTA
DESDE LA COSTA
1
Se quedó mirando las olas.
Algunos restos de naufragios llegaban
a la playa.
En los bolsillos conchas de colores infinitos y
arena.
Los labios agrietados por el calor.
1
Se quedó mirando las olas.
Algunos restos de naufragios llegaban
a la playa.
En los bolsillos conchas de colores infinitos y
arena.
Los labios agrietados por el calor.
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