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Cuando regresaba comenzaron a caer las primeras
gotas de la tormenta que se avecinaba. Iba pensando
en aquel hallazgo sorprendente. Alguien había estado
viviendo en aquel lugar antes que él. ¿Quién podría
haber sido? ¿Tal vez un monje asceta y solitario?
¿O un prófugo de la justicia? ¿Un aguerrido marinero?
Quién quiera que fuese debió tener las mismas sensaciones
que él, debió de sentir las mismas dudas. En cualquier caso
se sintió de inmediato muy ligado a ese vecino tan lejano
en el tiempo pero que le había dejado en herencia
una hermosa higuera y un peral magnífico.
La tormenta arreciaba con fuerza y Carlos se sintió
desvalido en medio de aquella roca que amenazaba
con irse a pique como una balsa a la deriva en un mar
embravecido y salvaje.
Llegó de noche y empapado a su tienda y cayó rendido
en la cama.
Fuera seguía soplando el viento y la tormenta aumentaba
aún más y más.
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