martes, 17 de mayo de 2016

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Su primer día en aquel lugar remoto no le defraudó.
Recorrió su nuevo hogar con entrañable emoción,
como el viajero que llega a un sitio lejano en el que
poder recordar.
Su mundo era una roca enorme perdida en medio
del mar, lejos del ruido, lejos del mundo que había
conocido. Ahora era una balsa a la deriva y contemplaba
el horizonte como inalcanzable. Allí quedaron los
recuerdos, los amigos, los sueños, todo lo que vivió.
Subió hasta la cima más alta de aquel peñón y contempló
su entorno. Había dos pequeñas calas donde llegaban
las aguas mansas hasta la arena, en una de ella estaba
su tienda y un pequeño embarcadero que hizo construir
para que le llegaran suministros. En la otra se veían
algunos pinos. El resto era totalmente inhóspito y
salvaje, un lugar inaccesible donde el mar furioso
golpeaba sin descanso. Había un acantilado de vértigo
en donde colonias de aves ruidosas tenían sus nidos.
El resto del islote estaba cubierto de plantas duras y
resistentes a la sequía y al incesante viento.
Carlos descendió a su tienda en donde tenía una cama
y una mesa con libros y papel para escribir.

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