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Nubes negras empezaron a cubrir el cielo
y Carlos supo que debía regresar por la amenaza
de tormenta.
Antes de abandonar aquel sitio recorrió la diminuta
cala y se disponía a volver cuando más allá de los
pinos le pareció ver una enorme higuera. Se acercó
hasta ella y comprobó que estaba cargada de higos,
aún verdes, pero que cuando fueran madurando
sería la ocasión propicia de volver para disfrutarlos.
Pero no solo había una higuera sino que unos metros
mas allá había también una peral repleto de jugosas
peras. Carlos estaba de suerte, probó una ya madura
y el dulzor más extasiante que jamás tomó le inundó
el paladar. Aquello era el Edén, pensaba.
Entonces vio algo que llamó su atención...Entre las
zarzas se podía distinguir lo que parecían ser unas
piedras colocadas a modo de muro. Retiró la maleza
y en efecto allí había una pared derruida, una casa
abandonada.
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