2
Cuando su padre salió del baño y se sentó
en la mesa para cenar algo, ella recogió la caja
y la ocultó con sus manos a la espalda.
--¡Sorpresa!--dijo con tremenda sonrisa.
Su padre la miró esperando que terminara de hablar.
--Mira lo que tengo.
Abrió la caja y en un rincón una polilla gris permanecía
inmóvil, sin luz, sin vida.
Su padre trató de animarla.
--¿Has encontrado una mariposa?
--Nooo. Es una luciérnaga.
--Eso es una polilla. Una mariposa nocturna.
Marta no sabía si ponerse a llorar. Alguien le estaba
gastando una broma pesada. Cerró la caja y salió con
ella al jardín. Allí la abrió y la lanzó con fuerza hacia
arriba con la luciérnaga incluida.
Entonces en medio de la noche, sintiéndose libre, volando
en el aire, la luciérnaga se iluminó de repente y empezó
a girar y girar cerca del fresno.
--Corre, papá, corre. Mírala, mírala como brilla--gritó--
¡Solo se enciende cuando es de noche!
viernes, 28 de octubre de 2016
SOLO CUANDO ES DE NOCHE
Fue como si alguien quisiera gastarle una broma.
A Marta le pareció de mal gusto.
Por increíble que parezca, al anochecer, se
encontró una luciérnaga junto a los lirios del
jardín y la guardó en una caja de cartón para
enseñársela a su padre cuando llegara más tarde.
Estuvo todo el tiempo preparando el momento.
Debajo de la mesa de la cocina, entre las botellas,
escondió su tesoro. De vez en cuando entraba para
comprobar que seguía allí. Menuda sorpresa le iba
a dar- su padre decía que las luciérnagas no existían-.
Al menos eso creía pues en toda su vida no había
visto ninguna. Por eso, cuando Marta vio el resplandor
entre los lirios, su corazón se aceleró tanto que apenas
le dejó respirar. Con mucho cuidado se agachó y se la
llevó entre sus pequeñas manecitas. La luz amarilla salía
entre sus dedos y cuando la dejó en la caja la cerró bien
para que no se escapara.
Fue como si alguien quisiera gastarle una broma.
A Marta le pareció de mal gusto.
Por increíble que parezca, al anochecer, se
encontró una luciérnaga junto a los lirios del
jardín y la guardó en una caja de cartón para
enseñársela a su padre cuando llegara más tarde.
Estuvo todo el tiempo preparando el momento.
Debajo de la mesa de la cocina, entre las botellas,
escondió su tesoro. De vez en cuando entraba para
comprobar que seguía allí. Menuda sorpresa le iba
a dar- su padre decía que las luciérnagas no existían-.
Al menos eso creía pues en toda su vida no había
visto ninguna. Por eso, cuando Marta vio el resplandor
entre los lirios, su corazón se aceleró tanto que apenas
le dejó respirar. Con mucho cuidado se agachó y se la
llevó entre sus pequeñas manecitas. La luz amarilla salía
entre sus dedos y cuando la dejó en la caja la cerró bien
para que no se escapara.
domingo, 23 de octubre de 2016
2
A veces los hombres tienen sus cosas. Ayer, sin ir
más lejos, me trajeron en un cajón aquí, con mis
primos y mis hermanos. Están todo el día dando
vueltas por encima de la pared para ver que no
nos escapamos. Es absurdo, como nos vamos a escapar
si tienen cerrada la puerta y han echado un candado.
Tienen sus cosas. A mí me han abierto y he pasado
a otro sitio más ancho. Han puesto un montón de paredes
a los lados donde se suben a mirar. Creo que quieren
jugar a empujar. Pues ha venido uno con un trapo y cuando
yo he empujado, lo ha quitado y se ha ido. Y ahora viene
otro a caballo con un palo. Quieren que empuje, pero
no me ha gustado que me clave el palo en la espalda.
Esto no es serio. Pero lo peor ha sido el último que ha llegado
con un pincho afilado y no se como me lo he clavado
al empujar. No me ha gustado. Me sale sangre por la nariz
y la boca. Me estoy mareando. Quiero irme de aquí.
Quiero volver a la lu...na y al... rí...o.
A veces los hombres tienen sus cosas. Ayer, sin ir
más lejos, me trajeron en un cajón aquí, con mis
primos y mis hermanos. Están todo el día dando
vueltas por encima de la pared para ver que no
nos escapamos. Es absurdo, como nos vamos a escapar
si tienen cerrada la puerta y han echado un candado.
Tienen sus cosas. A mí me han abierto y he pasado
a otro sitio más ancho. Han puesto un montón de paredes
a los lados donde se suben a mirar. Creo que quieren
jugar a empujar. Pues ha venido uno con un trapo y cuando
yo he empujado, lo ha quitado y se ha ido. Y ahora viene
otro a caballo con un palo. Quieren que empuje, pero
no me ha gustado que me clave el palo en la espalda.
Esto no es serio. Pero lo peor ha sido el último que ha llegado
con un pincho afilado y no se como me lo he clavado
al empujar. No me ha gustado. Me sale sangre por la nariz
y la boca. Me estoy mareando. Quiero irme de aquí.
Quiero volver a la lu...na y al... rí...o.
LA LUNA Y EL RIO
Está la Luna y está también el río.
Cuando voy por la mañana a beber con mis hermanos
y mis primos, saltan las ranas hasta el fondo del río, y
las culebras se esconden para que no las pisemos.
También están las liebres, que corren a quitarse de en
medio cuando, aburridos, jugamos a empujaros. A mí
me gusta mucho. Empujar con fuerza al otro hasta que
se caiga al río o hasta que salga corriendo. También están
los hombres que montan a caballo y que nos hacen correr
arriba y abajo para hacer ejercicio. A veces los hombres
quieren jugar a empujar pero no saben. Los hombres cogen
un trapo para empujar y cuando tu empujas lo retiran y así
no hay forma de jugar. Luego está el veterinario que es
un buen tío. El otro día, cuando me clavé una espina junto
al ojo y me molestaba tanto que no paraba de llorar,
el veterinario, después de que me encerraran en un cajón
para que no me moviera, me la quitó con unas pinzas.
¡Menudo alivio! Y luego está la Luna. Cuando más a gusto
estás echado entre las jaras, por la noche, se asoma por la
montaña, tan blanca que emociona y se refleja en el río.
viernes, 7 de octubre de 2016
PUNTO DE REFERENCIA
Ana aparcó el coche a la entrada de la Residencia,
justo al lado de los pinos. Se había convertido en
una costumbre semanal ir a visitar a su padre que
estaba allí ingresado desde que su avanzada edad
le impedía valerse por sí mismo.
-¿Que has comido?-le preguntaba.
Su padre le contestaba con voz cansada y movía las
manos para explicarse. Aquellos gestos y su rostro
marchito eran todo lo que Ana necesitaba para sentirse
reconfortada. No eran muchas palabras, pero necesitaba
escucharlas, sobretodo en días inciertos, en días sin
rumbo, en los que los acontecimientos la hundían.
Eran para ella un refugio, un punto de referencia, un
lugar al que acudir. Sabía de sobra que el tiempo se
acababa y entonces se quedaría sin referencia, se
encontraría sin rumbo, perdida sin un faro al que
dirigirse en medio de la tormenta. Por eso cuando
se marchaba, giraba la cabeza para no perder de
vista ese punto de referencia. Era tan frágil. Apenas
unas frases, un rostro marchito y unas manos inquietas
señalaban su rumbo.
Ana aparcó el coche a la entrada de la Residencia,
justo al lado de los pinos. Se había convertido en
una costumbre semanal ir a visitar a su padre que
estaba allí ingresado desde que su avanzada edad
le impedía valerse por sí mismo.
-¿Que has comido?-le preguntaba.
Su padre le contestaba con voz cansada y movía las
manos para explicarse. Aquellos gestos y su rostro
marchito eran todo lo que Ana necesitaba para sentirse
reconfortada. No eran muchas palabras, pero necesitaba
escucharlas, sobretodo en días inciertos, en días sin
rumbo, en los que los acontecimientos la hundían.
Eran para ella un refugio, un punto de referencia, un
lugar al que acudir. Sabía de sobra que el tiempo se
acababa y entonces se quedaría sin referencia, se
encontraría sin rumbo, perdida sin un faro al que
dirigirse en medio de la tormenta. Por eso cuando
se marchaba, giraba la cabeza para no perder de
vista ese punto de referencia. Era tan frágil. Apenas
unas frases, un rostro marchito y unas manos inquietas
señalaban su rumbo.
domingo, 25 de septiembre de 2016
28
Lo enterró junto al pozo y estuvo dando vueltas
todo el día para no entrar en casa, pero al caer
la noche entró. La chimenea estaba apagada
y se notaba el frío. Norah Jones no cantaba al piano
y tampoco había luz para leer. Se tumbó en el sofá
para ver si llegaba el descanso pero solo pudo escuchar
la lluvia en el jardín. Entonces sonó el móvil, era
Mariangeles.
--¿Andrés?-dijo con voz temblorosa- perdona que te
llame...Pero es que ...Es que voy a Lesbos...No sé si
estás de guardia...Así que pasaba por tu puerta y me
he parado...
Andrés se asomó a la ventana y vió su coche en la
entrada. Salió a abrir la puerta y la encontró de pie
bajo la lluvia.
--He abandonado a mi marido.
La abrazó con fuerza y no paraba de temblar.
--Anda, pasa. Tranquila, estás en tu playa.
Pasaron adentro y Andres pensó que Naufrago descansaría
en paz esa noche, pero tendría que explicarle que no
habían vuelto a Lesbos. Que estaban en casa.
Atendiendo un naufragio.
Lo enterró junto al pozo y estuvo dando vueltas
todo el día para no entrar en casa, pero al caer
la noche entró. La chimenea estaba apagada
y se notaba el frío. Norah Jones no cantaba al piano
y tampoco había luz para leer. Se tumbó en el sofá
para ver si llegaba el descanso pero solo pudo escuchar
la lluvia en el jardín. Entonces sonó el móvil, era
Mariangeles.
--¿Andrés?-dijo con voz temblorosa- perdona que te
llame...Pero es que ...Es que voy a Lesbos...No sé si
estás de guardia...Así que pasaba por tu puerta y me
he parado...
Andrés se asomó a la ventana y vió su coche en la
entrada. Salió a abrir la puerta y la encontró de pie
bajo la lluvia.
--He abandonado a mi marido.
La abrazó con fuerza y no paraba de temblar.
--Anda, pasa. Tranquila, estás en tu playa.
Pasaron adentro y Andres pensó que Naufrago descansaría
en paz esa noche, pero tendría que explicarle que no
habían vuelto a Lesbos. Que estaban en casa.
Atendiendo un naufragio.
27
Las obras de reforma empezaron según lo convenido.
Ocuparon la parte posterior desde la que daban acceso
a la planta de arriba para no interferir en la habitabilidad
de la planta inferior que había sido reformada hacía más
de diez años. Se había fijado un plazo máximo de seis
semanas para estar terminada, pasado ese plazo habría
una penalización económica para la empresa, por lo
que era ésta la más interesada en cumplir los plazos.
Como la estructura era buena, los trabajos iban a un buen
ritmo y cuando llegó el día de la entrega de la obra, Andrés
subió por primera vez a verla y quedó maravillado. Habían
dejado una buhardilla enorme con ventanas pequeñas a los
lados que le daban una luz natural preciosa. En el centro
dejaron una columna de madera que soportaba toda la
techumbre y el suelo de madera de roble lo mismo que
el techo contrastaba con las paredes blancas.
Bajó satisfecho y buscó a Naufrago para que disfrutara
de su nueva planta y lo encontró tumbado en su alfombra
como dormido. Andrés se preocupó por su estado.
No quiso tomar la leche tibia que le puso y ni siquiera
maullaba. pensó en lo peor y tras una noche de insomnio
tuvo que aceptar el fatal desenlace.
Las obras de reforma empezaron según lo convenido.
Ocuparon la parte posterior desde la que daban acceso
a la planta de arriba para no interferir en la habitabilidad
de la planta inferior que había sido reformada hacía más
de diez años. Se había fijado un plazo máximo de seis
semanas para estar terminada, pasado ese plazo habría
una penalización económica para la empresa, por lo
que era ésta la más interesada en cumplir los plazos.
Como la estructura era buena, los trabajos iban a un buen
ritmo y cuando llegó el día de la entrega de la obra, Andrés
subió por primera vez a verla y quedó maravillado. Habían
dejado una buhardilla enorme con ventanas pequeñas a los
lados que le daban una luz natural preciosa. En el centro
dejaron una columna de madera que soportaba toda la
techumbre y el suelo de madera de roble lo mismo que
el techo contrastaba con las paredes blancas.
Bajó satisfecho y buscó a Naufrago para que disfrutara
de su nueva planta y lo encontró tumbado en su alfombra
como dormido. Andrés se preocupó por su estado.
No quiso tomar la leche tibia que le puso y ni siquiera
maullaba. pensó en lo peor y tras una noche de insomnio
tuvo que aceptar el fatal desenlace.
sábado, 24 de septiembre de 2016
26
--¿Que van a tomar?
--¿Que te apetece?--dijo Mariangeles
--Pide tú. Lo que tu quieras.
--¿Es muy pronto para un vino? ¿Te apetece?
--Vale.
--Pues, traiganos unos vinos y algo de picar.
El camarero se fue a traerles lo pedido y Mariangeles
continuó.
--O sea, que en el fondo sigues pensando lo mismo
pero que no te irías allí otra vez. Que de alguna forma
la experiencia te dejó desilusionado ¿No?
--Más o menos. No se si tiene sentido.
--Sí, lo tiene. Hay veces que te dejas llevar por algún
motivo, pero luego no encuentras lo que buscas y eso
no hace que pierda sentido.
--Lo importante es el principio. Si lo que buscas es
algo noble tiene sentido arriesgarse, poner la vida en ello.
Si luego falla, no busques culpables, no los hay. Es lo
que pasa sin más. Hay que poner el corazón en cada cosa,
hay que arriesgar en lo que uno piensa, en lo que se cree.
Poner el corazón entre la gente, ponerlo en la sartén.
--¿Ponerlo en la sartén aunque se queme?
--Ponerlo aunque se queme.
--¿Que van a tomar?
--¿Que te apetece?--dijo Mariangeles
--Pide tú. Lo que tu quieras.
--¿Es muy pronto para un vino? ¿Te apetece?
--Vale.
--Pues, traiganos unos vinos y algo de picar.
El camarero se fue a traerles lo pedido y Mariangeles
continuó.
--O sea, que en el fondo sigues pensando lo mismo
pero que no te irías allí otra vez. Que de alguna forma
la experiencia te dejó desilusionado ¿No?
--Más o menos. No se si tiene sentido.
--Sí, lo tiene. Hay veces que te dejas llevar por algún
motivo, pero luego no encuentras lo que buscas y eso
no hace que pierda sentido.
--Lo importante es el principio. Si lo que buscas es
algo noble tiene sentido arriesgarse, poner la vida en ello.
Si luego falla, no busques culpables, no los hay. Es lo
que pasa sin más. Hay que poner el corazón en cada cosa,
hay que arriesgar en lo que uno piensa, en lo que se cree.
Poner el corazón entre la gente, ponerlo en la sartén.
--¿Ponerlo en la sartén aunque se queme?
--Ponerlo aunque se queme.
25
--¿Tienes que volver?--preguntó Andres.
--No,no. Ya he terminado.
Buscaron una mesa junto a la ventana. Los coches
subían y bajaban por la Avenida en un ajetreo
interminable, como hormigas afanándose en preparar
el invierno.
--¿Echas de menos Lesbos?--dijo Mariangeles.
--No. Estoy muy lejos.
--Me refiero a lo que te hizo ir allí. ¿Ya no lo echas
de menos, ya no te hace ilusión?
--Bueno, si te soy sincero, lo que es el concepto, sí,
sigue siendo el mismo. Lesbos no es solo una isla.
Quiero decir que representa algo más. Cuando Safo
escribía sus poemas de amor a su amada, bajo las encinas,
con el canto de la chicharra de fondo, empezó un camino
diferente en aquella época. Ahora ha marcado un concepto
de amor distinto, el lesbianismo. A ver si me explico.
Lesbos no es una isla más. No lo era para Safo.
Para ella era un concepto, algo poco material, era otra
cosa capaz de expresarla solo con sus poemas a su amada.
Ahora, tres mil años después, sigue teniendo ese concepto,
es como un faro, una señal, un lugar deseado.
--¿Tienes que volver?--preguntó Andres.
--No,no. Ya he terminado.
Buscaron una mesa junto a la ventana. Los coches
subían y bajaban por la Avenida en un ajetreo
interminable, como hormigas afanándose en preparar
el invierno.
--¿Echas de menos Lesbos?--dijo Mariangeles.
--No. Estoy muy lejos.
--Me refiero a lo que te hizo ir allí. ¿Ya no lo echas
de menos, ya no te hace ilusión?
--Bueno, si te soy sincero, lo que es el concepto, sí,
sigue siendo el mismo. Lesbos no es solo una isla.
Quiero decir que representa algo más. Cuando Safo
escribía sus poemas de amor a su amada, bajo las encinas,
con el canto de la chicharra de fondo, empezó un camino
diferente en aquella época. Ahora ha marcado un concepto
de amor distinto, el lesbianismo. A ver si me explico.
Lesbos no es una isla más. No lo era para Safo.
Para ella era un concepto, algo poco material, era otra
cosa capaz de expresarla solo con sus poemas a su amada.
Ahora, tres mil años después, sigue teniendo ese concepto,
es como un faro, una señal, un lugar deseado.
24
Habían pasado un par de semanas cuando
Andres recibió la llamada.
--¿Andres? Soy Mariangeles. Ya tengo el
proyecto terminado. Puedes recogerlo cuando
quieras.
--De acuerdo. Esta tarde me paso.
Llego a primera hora de la tarde y esperó hasta
que Mariangeles terminó de atender a un cliente.
--Hola, pasa, pasa--le dijo sonriente.
--¿Como vas?. Veo que no paras.
Mariangeles le fue dando detalles del proyecto
y del presupuesto y según le indicaba Andres
iba tomando notas. Al cabo de un rato dijo:
--¿Un café?
--¿Que?
--¿Que si quieres un café? Te invito.
Salieron fuera y las calles mojadas reflejaban
las luces como si fueran espejos.
Habían pasado un par de semanas cuando
Andres recibió la llamada.
--¿Andres? Soy Mariangeles. Ya tengo el
proyecto terminado. Puedes recogerlo cuando
quieras.
--De acuerdo. Esta tarde me paso.
Llego a primera hora de la tarde y esperó hasta
que Mariangeles terminó de atender a un cliente.
--Hola, pasa, pasa--le dijo sonriente.
--¿Como vas?. Veo que no paras.
Mariangeles le fue dando detalles del proyecto
y del presupuesto y según le indicaba Andres
iba tomando notas. Al cabo de un rato dijo:
--¿Un café?
--¿Que?
--¿Que si quieres un café? Te invito.
Salieron fuera y las calles mojadas reflejaban
las luces como si fueran espejos.
23
Las tardes de otoño eran doradas.
Andres buscaba la tarde de otoño como
una oportunidad. Era la luz dorada y la
esperanza de vida nueva. Era dejar atrás
el quemazón del verano, la aridez, el fuego,
las llamas que todo lo arrasaban. Podía caminar
de nuevo sobre hojas muertas en las que crecía
otra vez la vida, la hierba verde de nuevo.
Era la luz, la vida, la esperanza.
Luego, de regreso a casa, tomaba la guitarra y dejaba
que las notas salieran solas, sin prisa, como la tarde
de otoño, tan dorada, tan dulce.
Naufrago lo miraba atento, sentado frente a él.
De vez en cuando, Andres, le rascaba la barbilla
como dándole las gracias.
--Turruniau--maullaba.
Fuera, el jardín se transformaba con hierba fresca
sobre las hojas muertas.
Las tardes de otoño eran doradas.
Andres buscaba la tarde de otoño como
una oportunidad. Era la luz dorada y la
esperanza de vida nueva. Era dejar atrás
el quemazón del verano, la aridez, el fuego,
las llamas que todo lo arrasaban. Podía caminar
de nuevo sobre hojas muertas en las que crecía
otra vez la vida, la hierba verde de nuevo.
Era la luz, la vida, la esperanza.
Luego, de regreso a casa, tomaba la guitarra y dejaba
que las notas salieran solas, sin prisa, como la tarde
de otoño, tan dorada, tan dulce.
Naufrago lo miraba atento, sentado frente a él.
De vez en cuando, Andres, le rascaba la barbilla
como dándole las gracias.
--Turruniau--maullaba.
Fuera, el jardín se transformaba con hierba fresca
sobre las hojas muertas.
22
¿Donde estaba Lesbos?
Se preguntó Mariangeles.
¿Donde quedaba esa isla? se preguntaba,
perdida por carreteras secundarias.
¿Donde estará ese sitio? Se preguntaba.
¿Como llegar hasta allí, a ese lugar
de esperanza?
Se preguntaba si existía un sitio así,
un lugar de refugio, un lugar de esperanza...
Si habría sitio para ella, entre tantas olas
salvajes, entre tantas mentiras, tantas traiciones...
Si llegaría allí su balsa. Si encontraría refugio,
si habría sitio en su playa.
Si después de su naufragio
podría encontrar la esperanza
Se preguntaba Mariangeles,
perdida, por carreteras
secundarias.
¿Donde estaba Lesbos?
Se preguntó Mariangeles.
¿Donde quedaba esa isla? se preguntaba,
perdida por carreteras secundarias.
¿Donde estará ese sitio? Se preguntaba.
¿Como llegar hasta allí, a ese lugar
de esperanza?
Se preguntaba si existía un sitio así,
un lugar de refugio, un lugar de esperanza...
Si habría sitio para ella, entre tantas olas
salvajes, entre tantas mentiras, tantas traiciones...
Si llegaría allí su balsa. Si encontraría refugio,
si habría sitio en su playa.
Si después de su naufragio
podría encontrar la esperanza
Se preguntaba Mariangeles,
perdida, por carreteras
secundarias.
viernes, 23 de septiembre de 2016
21
Hablaron largamente como si fueran amigos
de toda la vida. Ella le contó detalles divertidos
por ser tan distraída, mientras acariciaba al gato
que se había subido a ella.
--Perdona--dijo ¿te molesta?
--Que va, es muy bueno. ¿Como se llama?
Andres le contó la historia de Naufrago y luego,
como quedaba vino, siguió hablando a retazos
de su vida. El tiempo de Lesbos, los días tan duros
en medio de mares implacables, tratando de ayudar
a los más débiles. Los años de Berlín, del fuego, de
la usura, de cuando se pierde el sentido de la piedad,
de la justicia, de la hermandad. De su regreso decepcionado
por lo que habían visto Naufrago y él. Mariangeles
lo escuchaba haciendo esfuerzos por contener
las lágrimas. Naufrago se quedó dormido y la chimenea
se estaba apagando. Andres se acercó para avivar el fuego.
--Me tengo que ir--dijo levantándose.
Andres se incorporó también. El fuego iluminaba sus caras
con un tono sepia. Estaba tan cerca de ella que su aliento
podía empañar la mirada. Se hizo un silencio largo
en el equipo de música y ella se acercó aún más y lo besó
en la mejilla. Luego cogió el bolso y salió
Hablaron largamente como si fueran amigos
de toda la vida. Ella le contó detalles divertidos
por ser tan distraída, mientras acariciaba al gato
que se había subido a ella.
--Perdona--dijo ¿te molesta?
--Que va, es muy bueno. ¿Como se llama?
Andres le contó la historia de Naufrago y luego,
como quedaba vino, siguió hablando a retazos
de su vida. El tiempo de Lesbos, los días tan duros
en medio de mares implacables, tratando de ayudar
a los más débiles. Los años de Berlín, del fuego, de
la usura, de cuando se pierde el sentido de la piedad,
de la justicia, de la hermandad. De su regreso decepcionado
por lo que habían visto Naufrago y él. Mariangeles
lo escuchaba haciendo esfuerzos por contener
las lágrimas. Naufrago se quedó dormido y la chimenea
se estaba apagando. Andres se acercó para avivar el fuego.
--Me tengo que ir--dijo levantándose.
Andres se incorporó también. El fuego iluminaba sus caras
con un tono sepia. Estaba tan cerca de ella que su aliento
podía empañar la mirada. Se hizo un silencio largo
en el equipo de música y ella se acercó aún más y lo besó
en la mejilla. Luego cogió el bolso y salió
jueves, 22 de septiembre de 2016
20
El sábado, antes de anochecer, el coche de Mariangeles
entraba en el jardín.
--Menos mal que no llueve--le dijo sonriendo.
--Tengo tu carpeta, pasa.
Entraron dentro y ella se justificó apelando a su torpeza.
No había día que no echara en falta algo por ser
tan distraída. Pero no tenía remedio, no mejoraría.
--¿Quieres tomar algo?
--Me vendría bien, gracias. No he comido nada.
--Pues ponte cómoda y preparo algo.
La chimenea estaba encendida y Mariangeles se acomodó
frente a ella. La música apenas molestaba de tan suave.
Norah Jones cantaba acompañada del piano.
--¿Te gusta el jazz? Puedo poner otra cosa.
--No, no. Está muy bien, me gusta.
Sacó una tabla de quesos y unas tostadas de atún.
--¿Qué bebes?
--Lo que tú.
Andres abrió el vino y al servirlo la copa se empañó.
El sábado, antes de anochecer, el coche de Mariangeles
entraba en el jardín.
--Menos mal que no llueve--le dijo sonriendo.
--Tengo tu carpeta, pasa.
Entraron dentro y ella se justificó apelando a su torpeza.
No había día que no echara en falta algo por ser
tan distraída. Pero no tenía remedio, no mejoraría.
--¿Quieres tomar algo?
--Me vendría bien, gracias. No he comido nada.
--Pues ponte cómoda y preparo algo.
La chimenea estaba encendida y Mariangeles se acomodó
frente a ella. La música apenas molestaba de tan suave.
Norah Jones cantaba acompañada del piano.
--¿Te gusta el jazz? Puedo poner otra cosa.
--No, no. Está muy bien, me gusta.
Sacó una tabla de quesos y unas tostadas de atún.
--¿Qué bebes?
--Lo que tú.
Andres abrió el vino y al servirlo la copa se empañó.
19
Luego la acompañó a la parte de arriba y le enseñó
lo que quería reformar. Mariangeles comenzó a sacar
fotos y a tomar medidas y cuando creyó que tenía suficiente
material bajaron al salón. Andres le preguntó
si necesitaba secarse más, o si le apetecía algo
caliente y Mariangeles aceptó un café con leche.
Conversaron sobre detalles técnicos que debería aprobar
el arquitecto y le adelantó, sin comprometerse, el cálculo
estimado de la reforma. Pero tendría los detalles en una
semana. Volvía a llover y la acompañó con el paraguas
hasta el coche. Quedaron en verse cuando tuviera detallado
el presupuesto para empezar la reforma.
Andres entró en casa ilusionado..."dejadme la esperanza"...
Estaba preparando una tosta de salmón para cenar cuando
le sonó el móvil. Era Mariangeles, había olvidado una
carpeta. Miró por todas partes y subió arriba...allí estaba.
Mariangeles le dijo si podía pasar el sábado a recogerla
cuando terminara el trabajo, y él le dijo que estaría en casa,
que podría pasar cuando quisiera.
Luego la acompañó a la parte de arriba y le enseñó
lo que quería reformar. Mariangeles comenzó a sacar
fotos y a tomar medidas y cuando creyó que tenía suficiente
material bajaron al salón. Andres le preguntó
si necesitaba secarse más, o si le apetecía algo
caliente y Mariangeles aceptó un café con leche.
Conversaron sobre detalles técnicos que debería aprobar
el arquitecto y le adelantó, sin comprometerse, el cálculo
estimado de la reforma. Pero tendría los detalles en una
semana. Volvía a llover y la acompañó con el paraguas
hasta el coche. Quedaron en verse cuando tuviera detallado
el presupuesto para empezar la reforma.
Andres entró en casa ilusionado..."dejadme la esperanza"...
Estaba preparando una tosta de salmón para cenar cuando
le sonó el móvil. Era Mariangeles, había olvidado una
carpeta. Miró por todas partes y subió arriba...allí estaba.
Mariangeles le dijo si podía pasar el sábado a recogerla
cuando terminara el trabajo, y él le dijo que estaría en casa,
que podría pasar cuando quisiera.
18
Y Andres tuvo que volver a explicar su intención
de reformar la vieja casa familiar. Mariangeles lo
escuchaba pacientemente y luego intervenía para
que le definiera algo que quedaba parcialmente claro.
Redactaron un preacuerdo de contrato y quedaron
al día siguiente para que ella fuera a tomar medidas
y fotografías que le permitieran trabajar en el proyecto.
Andres volvió a casa satisfecho.
Al día siguiente, a la hora convenida de su visita, comenzó
a llover. Andres miraba desde la ventana cuando apareció
el coche. Había dejado la puerta abierta para que entrara
en el jardín y Mariangeles trataba de recoger todo lo necesario
del coche mientras la lluvia la empapaba. Andres acudió con
un paraguas para ayudarla.
--Gracias- le dijo.
Luego, dentro de la vivienda le dejó una toalla seca para
el pelo y ella le preguntó si tenía secador.
--Sí, en el baño. Pasa si quieres.
Y Mariangeles se pasó un buen rato, dentro, secandose la ropa.
Y Andres tuvo que volver a explicar su intención
de reformar la vieja casa familiar. Mariangeles lo
escuchaba pacientemente y luego intervenía para
que le definiera algo que quedaba parcialmente claro.
Redactaron un preacuerdo de contrato y quedaron
al día siguiente para que ella fuera a tomar medidas
y fotografías que le permitieran trabajar en el proyecto.
Andres volvió a casa satisfecho.
Al día siguiente, a la hora convenida de su visita, comenzó
a llover. Andres miraba desde la ventana cuando apareció
el coche. Había dejado la puerta abierta para que entrara
en el jardín y Mariangeles trataba de recoger todo lo necesario
del coche mientras la lluvia la empapaba. Andres acudió con
un paraguas para ayudarla.
--Gracias- le dijo.
Luego, dentro de la vivienda le dejó una toalla seca para
el pelo y ella le preguntó si tenía secador.
--Sí, en el baño. Pasa si quieres.
Y Mariangeles se pasó un buen rato, dentro, secandose la ropa.
17
Cuando tuvo claro que era lo que quería hacer
en la parte superior de la casa, respiró aliviado.
Dejaría una buhardilla enorme con la mayor
cantidad de luz posible. Conservaría la techumbre
de madera a la que trataría adecuadamente para
impedir el deterioro y la parte externa, bajo las tejas,
sería impermeabilizada. Luego pintaría las paredes
de blanco y el suelo en madera de roble lacado.
El mobiliario sería mínimo pero que no rompiera
el espíritu anticuario que lo identificaba.
Había visto anuncios en unos grandes almacenes
que ofrecían la reforma de la vivienda bajo proyecto
técnico y financiación adecuada a cada necesidad y
se presentó a pedir información. Le atendió un comercial
muy interesado en todo lo que Andres le explicaba.
--Entiendo, entiendo...bien...bien...de acuerdo...--asentía.
Finalmente descolgó el telefono y llamó.
--Mariangeles, ¿puedes venir un momento?-dijo.
Y Andres esperó hasta que vino Mariangeles.
Cuando tuvo claro que era lo que quería hacer
en la parte superior de la casa, respiró aliviado.
Dejaría una buhardilla enorme con la mayor
cantidad de luz posible. Conservaría la techumbre
de madera a la que trataría adecuadamente para
impedir el deterioro y la parte externa, bajo las tejas,
sería impermeabilizada. Luego pintaría las paredes
de blanco y el suelo en madera de roble lacado.
El mobiliario sería mínimo pero que no rompiera
el espíritu anticuario que lo identificaba.
Había visto anuncios en unos grandes almacenes
que ofrecían la reforma de la vivienda bajo proyecto
técnico y financiación adecuada a cada necesidad y
se presentó a pedir información. Le atendió un comercial
muy interesado en todo lo que Andres le explicaba.
--Entiendo, entiendo...bien...bien...de acuerdo...--asentía.
Finalmente descolgó el telefono y llamó.
--Mariangeles, ¿puedes venir un momento?-dijo.
Y Andres esperó hasta que vino Mariangeles.
16
El otoño era la época más delicada para la estructura
de la casa. Las lluvias indicaban los fallos ocultos en
la techumbre y en las paredes a base de recalos, goteras
y humedades.
Andres subió a la parte superior, lo que llamaban:
"la cámara" para ver el efecto de las lluvias de la noche
anterior y quedó alarmado. El agua de lluvia se había
filtrado entre las tejas por varios sitios provocando
innumerables goteras que debería mandar reparar.
Bajó las escaleras seguido de Naufrago para enfocar
la reforma de la "cámara" de la manera más acertada.
Estuvo hasta bien entrada la noche haciendo dibujos
y esquemas sobre el papel, tratando de conseguir la
reforma perfecta antes de ponerse a contratar a nadie.
Naufrago a su lado se aburría, pensaba que aquella
noche la pasaría en vela.
--¡Turruniau!-- decía tratando de animar a Andres
a que dejara el lápiz y se retirara a dormir.
Por fin se levantó de la mesa y pasó a la cocina sin
dejar de pensar en la ilusionante tarea que tenía
por delante..." dejadme la esperanza en la mesita"
pensaba mientras preparó café.
El otoño era la época más delicada para la estructura
de la casa. Las lluvias indicaban los fallos ocultos en
la techumbre y en las paredes a base de recalos, goteras
y humedades.
Andres subió a la parte superior, lo que llamaban:
"la cámara" para ver el efecto de las lluvias de la noche
anterior y quedó alarmado. El agua de lluvia se había
filtrado entre las tejas por varios sitios provocando
innumerables goteras que debería mandar reparar.
Bajó las escaleras seguido de Naufrago para enfocar
la reforma de la "cámara" de la manera más acertada.
Estuvo hasta bien entrada la noche haciendo dibujos
y esquemas sobre el papel, tratando de conseguir la
reforma perfecta antes de ponerse a contratar a nadie.
Naufrago a su lado se aburría, pensaba que aquella
noche la pasaría en vela.
--¡Turruniau!-- decía tratando de animar a Andres
a que dejara el lápiz y se retirara a dormir.
Por fin se levantó de la mesa y pasó a la cocina sin
dejar de pensar en la ilusionante tarea que tenía
por delante..." dejadme la esperanza en la mesita"
pensaba mientras preparó café.
15
Cuando cerraba la puerta de entrada al jardín,
la noche se convertía en un refugio privado
para Naufrago y él. Entonces navegaba por los
rincones del tiempo y del espacio. No había ningún
límite, todos los sitios estaban en los libros, todas
las emociones en sus páginas, todos los deseos.
Andres se acomodó en el sillón frente a la chimenea
y cogió un viejo libro, tan usado que corría el riesgo
de desintegrarse. Era de un conocido, su profesor
de filosofía de los años de Instituto, Don Samuel.
Andres recordó la última vez que lo vio en la residencia
de ancianos empujando un andador y era la noble imagen
de un hombre digno, de un hombre íntegro. Había escrito
un par de libros de poemas que Andres leía con frecuencia.
Este llevaba por titulo "La farola de la esquina":
"dejadme la esperanza
en la mesita,
en el buzón de correos,
dejadme al alcance
de la mano
el nombre
de la mujer amada..."
Cuando cerraba la puerta de entrada al jardín,
la noche se convertía en un refugio privado
para Naufrago y él. Entonces navegaba por los
rincones del tiempo y del espacio. No había ningún
límite, todos los sitios estaban en los libros, todas
las emociones en sus páginas, todos los deseos.
Andres se acomodó en el sillón frente a la chimenea
y cogió un viejo libro, tan usado que corría el riesgo
de desintegrarse. Era de un conocido, su profesor
de filosofía de los años de Instituto, Don Samuel.
Andres recordó la última vez que lo vio en la residencia
de ancianos empujando un andador y era la noble imagen
de un hombre digno, de un hombre íntegro. Había escrito
un par de libros de poemas que Andres leía con frecuencia.
Este llevaba por titulo "La farola de la esquina":
"dejadme la esperanza
en la mesita,
en el buzón de correos,
dejadme al alcance
de la mano
el nombre
de la mujer amada..."
lunes, 19 de septiembre de 2016
14
Todo ocurría lejos del fresno gigante.
Andres se levantó para no enfriarse y retomó
la marcha. La niebla empezaba a subir ladera
arriba y dejó de llover. Pronto el sol tibio del
otoño iluminó el valle. Los colores ocres, verdes
y amarillos se mezclaban con esplendor. Tenía
que darse prisa si quería llegar hasta arriba, la vista
desde allí, con aquella luz, sería ideal para hacer
algunas fotos. Luego descendería por la otra cara
de la montaña, hasta media tarde, cuando llegaría
a casa después de ocho horas de marcha.
Naufrago lo recibió cuando abrió la puerta:
--¡Turruniau!
Luego lo siguió por toda la casa mientras se quitaba
la ropa mojada y se metía en la ducha.
Después encendió la chimenea y cuando el fuego
iluminaba la estancia tomo a Naufrago y le rascó
la barriga. Buika cantaba "falsa moneda" y comenzó
a llover de nuevo.
Todo ocurría lejos del fresno gigante.
Andres se levantó para no enfriarse y retomó
la marcha. La niebla empezaba a subir ladera
arriba y dejó de llover. Pronto el sol tibio del
otoño iluminó el valle. Los colores ocres, verdes
y amarillos se mezclaban con esplendor. Tenía
que darse prisa si quería llegar hasta arriba, la vista
desde allí, con aquella luz, sería ideal para hacer
algunas fotos. Luego descendería por la otra cara
de la montaña, hasta media tarde, cuando llegaría
a casa después de ocho horas de marcha.
Naufrago lo recibió cuando abrió la puerta:
--¡Turruniau!
Luego lo siguió por toda la casa mientras se quitaba
la ropa mojada y se metía en la ducha.
Después encendió la chimenea y cuando el fuego
iluminaba la estancia tomo a Naufrago y le rascó
la barriga. Buika cantaba "falsa moneda" y comenzó
a llover de nuevo.
domingo, 18 de septiembre de 2016
13
Carlos esperó años en la sombra con la esperanza
de que cicatrizara la herida de Marta. Soñaba con
ella, con formar parte de su vida, pero no quería
hacer nada que la pudiera asustar, nada que la pudiera
herir aún más. Esperó y espero. La acompañaba como
si fuera su sombra a los sitios que antes visitaban los tres.
Hasta que llegó aquel día en que le permitió quedarse
en su casa. Durmió en el sofá. Luego se hizo casi una
costumbre, salían, la acompañaba a casa y se quedaba
en el sofá. Por la mañana le preparaba el desayuno y
tocaba en su puerta:
--Café con leche y tostada--decía
Cuando el tiempo borró la memoria en el corazón de
Marta, el dolor le dio una tregua. Entonces Carlos encontró
el hueco en su cama, el hueco en su almohada. Y cuando
ella acariciaba su calva susurrando "flequillo rebelde"
se mordía la lengua. Luego la oía respirar entrecortada
mientras mojaba la almohada.
"Flequillo maldito. Maldito flequillo"--pensaba.
Carlos esperó años en la sombra con la esperanza
de que cicatrizara la herida de Marta. Soñaba con
ella, con formar parte de su vida, pero no quería
hacer nada que la pudiera asustar, nada que la pudiera
herir aún más. Esperó y espero. La acompañaba como
si fuera su sombra a los sitios que antes visitaban los tres.
Hasta que llegó aquel día en que le permitió quedarse
en su casa. Durmió en el sofá. Luego se hizo casi una
costumbre, salían, la acompañaba a casa y se quedaba
en el sofá. Por la mañana le preparaba el desayuno y
tocaba en su puerta:
--Café con leche y tostada--decía
Cuando el tiempo borró la memoria en el corazón de
Marta, el dolor le dio una tregua. Entonces Carlos encontró
el hueco en su cama, el hueco en su almohada. Y cuando
ella acariciaba su calva susurrando "flequillo rebelde"
se mordía la lengua. Luego la oía respirar entrecortada
mientras mojaba la almohada.
"Flequillo maldito. Maldito flequillo"--pensaba.
12
Pasaron los años de la Facultad. Marta encontró
trabajo en Madrid pero Andres no quería quedarse,
pensaba volver al pueblo, hacerse médico rural para
no perder de vista el horizonte.
--¿Qué no te gusta?--le gritó Marta.
--No lo sé.--no grites.
Pero se fue sin más.
El dolor de la pérdida de Andres no lo superó nunca.
Todas las noches mojaba la almohada con lágrimas.
Noche tras noche esperó su regreso, una llamada,
algo que cambiara. Buscaba en silencio su ropa y
la olía para retener su aroma. Llegó a pensar que
se moriría de pena. Pero su orgullo la mantenía firme
de no salir a buscarlo. Pero cuando caía la noche
buscaba con la mano su hueco en la cama, su hueco
en la almohada:"Flequillo rebelde" y mojaba la almohada.
En medio de la tristeza veía a Carlos. Salían alguna vez
y hablaban de Andres. Los dos lo querían, lo echaban
de menos pero respetaban su ausencia.
Pasaron los años de la Facultad. Marta encontró
trabajo en Madrid pero Andres no quería quedarse,
pensaba volver al pueblo, hacerse médico rural para
no perder de vista el horizonte.
--¿Qué no te gusta?--le gritó Marta.
--No lo sé.--no grites.
Pero se fue sin más.
El dolor de la pérdida de Andres no lo superó nunca.
Todas las noches mojaba la almohada con lágrimas.
Noche tras noche esperó su regreso, una llamada,
algo que cambiara. Buscaba en silencio su ropa y
la olía para retener su aroma. Llegó a pensar que
se moriría de pena. Pero su orgullo la mantenía firme
de no salir a buscarlo. Pero cuando caía la noche
buscaba con la mano su hueco en la cama, su hueco
en la almohada:"Flequillo rebelde" y mojaba la almohada.
En medio de la tristeza veía a Carlos. Salían alguna vez
y hablaban de Andres. Los dos lo querían, lo echaban
de menos pero respetaban su ausencia.
11
El Madrid de los ochenta rebosaba de vida.
Recién estrenada la libertad todo el mundo
vivía en una locura colectiva, con ganas de
comerse el mundo, de divertirse.
Carlos quedaba con ellos con frecuencia. Los
recogía en su coche los fines de semana para
ir a los pueblos de la sierra. Luego volvían
a vivir la noche de Madrid. Los tres eran uña
carne. Carlos envidiaba a Andres, lo bien que
le iba, la novia que tenía pero sobretodo envidiaba
el flequillo de Andres, cuando Marta se lo arreglaba
--¡Este flequillo rebelde--decía acariciandolo.
Carlos se estaba quedando calvo. Quizás por eso
no ligaba, pensaba.
--Oye--dijo. ¿porqué no vamos un día los tres al
pueblo?
--¿Tú has estado Marta?
--Aún no. No me ha llevado.
El Madrid de los ochenta rebosaba de vida.
Recién estrenada la libertad todo el mundo
vivía en una locura colectiva, con ganas de
comerse el mundo, de divertirse.
Carlos quedaba con ellos con frecuencia. Los
recogía en su coche los fines de semana para
ir a los pueblos de la sierra. Luego volvían
a vivir la noche de Madrid. Los tres eran uña
carne. Carlos envidiaba a Andres, lo bien que
le iba, la novia que tenía pero sobretodo envidiaba
el flequillo de Andres, cuando Marta se lo arreglaba
--¡Este flequillo rebelde--decía acariciandolo.
Carlos se estaba quedando calvo. Quizás por eso
no ligaba, pensaba.
--Oye--dijo. ¿porqué no vamos un día los tres al
pueblo?
--¿Tú has estado Marta?
--Aún no. No me ha llevado.
10
Hacía más de cuarenta años que visitaba aquel
lugar. Se lo había enseñado Carlos, cuando salían
a buscar setas. Solían almorzar allí casi siempre.
Se acordaba de él desde entonces. Veinte años
atrás los dos eran uña y carne, hasta que Carlos
se mudó a vivir a Madrid. Vendieron la casa y
no volvieron.
Luego, ya en Madrid, se encontraron de nuevo.
--¡Andres!-- le gritó Carlos desde la otra acera.
--¡Joder, que suerte! --le dijo abrazándolo.
--¿Que haces aquí? ¿Qué es de tu vida?
--Pues, aquí, estudiando.¿Y tú?
--Trabajo cerca de aquí.
--¡Qué cabrón! ¡Estás igual!
--Tú también. Oye, tenemos que vernos, coge mi
teléfono.
Y volvieron a encontrarse lejos del fresno gigante.
Andrés le presentó a Marta.
--Es mi novia. Compañera de la facultad.
Hacía más de cuarenta años que visitaba aquel
lugar. Se lo había enseñado Carlos, cuando salían
a buscar setas. Solían almorzar allí casi siempre.
Se acordaba de él desde entonces. Veinte años
atrás los dos eran uña y carne, hasta que Carlos
se mudó a vivir a Madrid. Vendieron la casa y
no volvieron.
Luego, ya en Madrid, se encontraron de nuevo.
--¡Andres!-- le gritó Carlos desde la otra acera.
--¡Joder, que suerte! --le dijo abrazándolo.
--¿Que haces aquí? ¿Qué es de tu vida?
--Pues, aquí, estudiando.¿Y tú?
--Trabajo cerca de aquí.
--¡Qué cabrón! ¡Estás igual!
--Tú también. Oye, tenemos que vernos, coge mi
teléfono.
Y volvieron a encontrarse lejos del fresno gigante.
Andrés le presentó a Marta.
--Es mi novia. Compañera de la facultad.
9
Andrés se calzó las botas para caminar por
el campo. Subiría río arriba por los senderos
que llegaban a las fuentes cristalinas donde
nacía. Allí. entre los margenes frondosos que
lo bordeaban, solían crecer setas, aunque no
pensaba encontrar todavía pues el otoño acababa
de empezar. Las lluvias eran muy débiles, apenas
si le mojaban el pelo. Andrés secaba las gotas
que resbalaban por el flequillo. Ahora su pelo
era blanco, pero seguía siendo rebelde y ni la
lluvia conseguía dominarlo. Tampoco Marta pudo
con él, cuando su pelo era negro, hacía veinte años.
--¡Este flequillo rebelde!-- le decía mientras
lo acariciaba.
"Flequillo rebelde" pensaba Andrés mientras caminaba
río arriba buscando las fuentes y secandose la fina
lluvia que resbalaba por la frente.
Se detuvo a descansar junto al fresno gigante y
sacó de la mochila el bocadillo de queso que llevaba.
Andrés se calzó las botas para caminar por
el campo. Subiría río arriba por los senderos
que llegaban a las fuentes cristalinas donde
nacía. Allí. entre los margenes frondosos que
lo bordeaban, solían crecer setas, aunque no
pensaba encontrar todavía pues el otoño acababa
de empezar. Las lluvias eran muy débiles, apenas
si le mojaban el pelo. Andrés secaba las gotas
que resbalaban por el flequillo. Ahora su pelo
era blanco, pero seguía siendo rebelde y ni la
lluvia conseguía dominarlo. Tampoco Marta pudo
con él, cuando su pelo era negro, hacía veinte años.
--¡Este flequillo rebelde!-- le decía mientras
lo acariciaba.
"Flequillo rebelde" pensaba Andrés mientras caminaba
río arriba buscando las fuentes y secandose la fina
lluvia que resbalaba por la frente.
Se detuvo a descansar junto al fresno gigante y
sacó de la mochila el bocadillo de queso que llevaba.
8
Volcaba leche tibia en el plato de Naufrago y
éste lamía con ansiedad su desayuno. Esa rutina
había formado parte de su vida cada día desde
que Anderés lo rescatara del pozo.
Hacía tan solo un año desde que regresaron de Berlín
tras los crueles días de fuego y usura que vivieron.
Ahora, las cosas sencillas, como escuchar la lluvia en
el jardín, eran la costumbre diaria.
Llovía mansamente aquella mañana de otoño y Andrés
se asomaba a la ventana con el café entre las manos y
se quedaba en silencio contemplando aquella maravilla.
Naufrago lo seguía por todas partes buscando una caricia
y no paraba hasta que lograba que lo cogiera en brazos.
--¿ Eh, esta barriga?--le decía tumbándolo sobre su brazo
izquierdo mientras le rascaba en la tripa.
--Te estás poniendo gordo.
--Turruniau--contestaba.
Luego lo volvía a colocar en el suelo y ya le dejaba
tranquilo toda la mañana.
Volcaba leche tibia en el plato de Naufrago y
éste lamía con ansiedad su desayuno. Esa rutina
había formado parte de su vida cada día desde
que Anderés lo rescatara del pozo.
Hacía tan solo un año desde que regresaron de Berlín
tras los crueles días de fuego y usura que vivieron.
Ahora, las cosas sencillas, como escuchar la lluvia en
el jardín, eran la costumbre diaria.
Llovía mansamente aquella mañana de otoño y Andrés
se asomaba a la ventana con el café entre las manos y
se quedaba en silencio contemplando aquella maravilla.
Naufrago lo seguía por todas partes buscando una caricia
y no paraba hasta que lograba que lo cogiera en brazos.
--¿ Eh, esta barriga?--le decía tumbándolo sobre su brazo
izquierdo mientras le rascaba en la tripa.
--Te estás poniendo gordo.
--Turruniau--contestaba.
Luego lo volvía a colocar en el suelo y ya le dejaba
tranquilo toda la mañana.
7
Naufrago lo despertó.
Andrés dormía profundamente. Más que el sueño
lo que le ocurría era una especie de ensayo de la
muerte, como si al quedarse dormido todo lo que
existía en el mundo desapareciera de repente, como
si nada existiera, como si se volatilizara todo. Los
ronquidos era lo único real que quedaba.
A los pies de la cama, Naufrago, escuchaba los
impetuosos ronquidos de Andres esperando que
desaparecieran con las primeras luces del alba y
si entonces no se había despertado intervenía, daba
un salto y subía a la cama, ronroneaba en la almohada
hasta le lamía la oreja para ver si despertaba. Andres
dejaba de roncar cuando la lengua del gato le hacía
cosquillas en la oreja. Tenía la sensación de que todo
volvía la vida. Las moléculas del cosmos buscaban
otra vez su origen y el ensayo de la muerte se acababa.
--¿Ya es de día?--preguntaba
--Turruniau--contestaba Naufrago.
Naufrago lo despertó.
Andrés dormía profundamente. Más que el sueño
lo que le ocurría era una especie de ensayo de la
muerte, como si al quedarse dormido todo lo que
existía en el mundo desapareciera de repente, como
si nada existiera, como si se volatilizara todo. Los
ronquidos era lo único real que quedaba.
A los pies de la cama, Naufrago, escuchaba los
impetuosos ronquidos de Andres esperando que
desaparecieran con las primeras luces del alba y
si entonces no se había despertado intervenía, daba
un salto y subía a la cama, ronroneaba en la almohada
hasta le lamía la oreja para ver si despertaba. Andres
dejaba de roncar cuando la lengua del gato le hacía
cosquillas en la oreja. Tenía la sensación de que todo
volvía la vida. Las moléculas del cosmos buscaban
otra vez su origen y el ensayo de la muerte se acababa.
--¿Ya es de día?--preguntaba
--Turruniau--contestaba Naufrago.
miércoles, 14 de septiembre de 2016
6
Y una noche el sueño se acabó.
Una noche, la codicia y la usura de los bien
alimentados destrozó los sueños de los que
buscaban una vida mejor y de los que apostaban
por ellos. Una noche su Hotel de refugiados en
Berlin ardió por los cuatro costados. El fuego
devoraba la antigua casona construida con madera
y adobe. Los gritos de pánico llegaban a todo
el vecindario entre la complacencia de aquellos
que estaban de acuerdo con los pirómanos.
Andres no podía entender tanta crueldad.
Se preguntaba como era posible que alguien
fuera capaz de hacer aquello. No había escusa
para la barbarie, ni para la falta de piedad.
Y así entre el humo y la ceniza de los sueños
abrasados decidió recoger velas y volver a casa
desilusionado. Naufrago y el volverían junto al
viejo pozo en la antigua casa familiar en donde
crecieron los sueños de buscar unas ramas secas
por las que treparan quienes andaban perdidos
en medio de mares salvajes.
Y una noche el sueño se acabó.
Una noche, la codicia y la usura de los bien
alimentados destrozó los sueños de los que
buscaban una vida mejor y de los que apostaban
por ellos. Una noche su Hotel de refugiados en
Berlin ardió por los cuatro costados. El fuego
devoraba la antigua casona construida con madera
y adobe. Los gritos de pánico llegaban a todo
el vecindario entre la complacencia de aquellos
que estaban de acuerdo con los pirómanos.
Andres no podía entender tanta crueldad.
Se preguntaba como era posible que alguien
fuera capaz de hacer aquello. No había escusa
para la barbarie, ni para la falta de piedad.
Y así entre el humo y la ceniza de los sueños
abrasados decidió recoger velas y volver a casa
desilusionado. Naufrago y el volverían junto al
viejo pozo en la antigua casa familiar en donde
crecieron los sueños de buscar unas ramas secas
por las que treparan quienes andaban perdidos
en medio de mares salvajes.
5
Se enroló en una ONG camino de Lesbos junto
con su gato. Ayudaría como médico a los recatados
del mar. Llegaban de la otra orilla en balsas a la
deriva, sobrevivían al naufragio con la ayuda de
otros como él. Era una tarea interminable. Todos
los días la gente salía a un mar implacable que
a veces se cobraba su tributo sin piedad, privándoles
del sueño de llegar con vida, como al pequeño Aylan.
Los que tenían la suerte de ser rescatados se hacinaban
en Lesbos donde encontraban leche tibia y abrigo
como Naufrago, quien se había convertido en una
mascota aceptada por todos al conocer su historia.
Pasaron más de tres años años en Lesbos y de allí
se fueron a Berlin a un Hotel de refugiados, donde
Andres colaboraba como médico y como cocinero.
Otros cinco años dedicaron Naufrago y él su tiempo
a los desterrados, a los que huían de la guerra y el
hambre, a los que arriesgaban su vida por encontrar
una rama seca a la que agarrarse para salir del infierno.
Se enroló en una ONG camino de Lesbos junto
con su gato. Ayudaría como médico a los recatados
del mar. Llegaban de la otra orilla en balsas a la
deriva, sobrevivían al naufragio con la ayuda de
otros como él. Era una tarea interminable. Todos
los días la gente salía a un mar implacable que
a veces se cobraba su tributo sin piedad, privándoles
del sueño de llegar con vida, como al pequeño Aylan.
Los que tenían la suerte de ser rescatados se hacinaban
en Lesbos donde encontraban leche tibia y abrigo
como Naufrago, quien se había convertido en una
mascota aceptada por todos al conocer su historia.
Pasaron más de tres años años en Lesbos y de allí
se fueron a Berlin a un Hotel de refugiados, donde
Andres colaboraba como médico y como cocinero.
Otros cinco años dedicaron Naufrago y él su tiempo
a los desterrados, a los que huían de la guerra y el
hambre, a los que arriesgaban su vida por encontrar
una rama seca a la que agarrarse para salir del infierno.
4
Naufrago- así lo llamó- dejó de temblar cuando
le puso un plato con leche tibia y que este se
encargó de lamer hasta saciar el hambre y el frío.
Luego, arropado en la toalla se durmió a su lado
mientras Andres seguía el partido en la tele.
La cómoda vida de Andres estaba a punto de ser
alterada por aquel gesto noble de rescatar al gato.
Tenía cincuenta años, un poder adquisitivo aceptable
y un trabajo estable como médico. Pero su carácter
agrio, casi insociable, hacía que todas sus relaciones
fracasaran sin remedio. El llegó a pensar que eran
los demás quienes no se adaptaban a su forma de ser,
pero en el fondo le quedaba la duda de si no era su
tendencia a la comodidad, a no hacer esfuerzos por
los otros, lo que le convertía en un ser solitario.
Puede que fuera su enorme satisfacción por haber
salvado a Naufrago lo que le hacía sentir tan a gusto.
Aquello y las noticias que acababa de ver sobre la
tragedia de los refugiados que intentaban llegar a
la cosa de Europa le hizo plantearse su cómoda vida.
La imagen del pequeño Aylan en una playa turca
terminó por concretar su salto al vacío, su salto
a una nueva vida. Dejaría atrás su mundo tranquilo.
Naufrago- así lo llamó- dejó de temblar cuando
le puso un plato con leche tibia y que este se
encargó de lamer hasta saciar el hambre y el frío.
Luego, arropado en la toalla se durmió a su lado
mientras Andres seguía el partido en la tele.
La cómoda vida de Andres estaba a punto de ser
alterada por aquel gesto noble de rescatar al gato.
Tenía cincuenta años, un poder adquisitivo aceptable
y un trabajo estable como médico. Pero su carácter
agrio, casi insociable, hacía que todas sus relaciones
fracasaran sin remedio. El llegó a pensar que eran
los demás quienes no se adaptaban a su forma de ser,
pero en el fondo le quedaba la duda de si no era su
tendencia a la comodidad, a no hacer esfuerzos por
los otros, lo que le convertía en un ser solitario.
Puede que fuera su enorme satisfacción por haber
salvado a Naufrago lo que le hacía sentir tan a gusto.
Aquello y las noticias que acababa de ver sobre la
tragedia de los refugiados que intentaban llegar a
la cosa de Europa le hizo plantearse su cómoda vida.
La imagen del pequeño Aylan en una playa turca
terminó por concretar su salto al vacío, su salto
a una nueva vida. Dejaría atrás su mundo tranquilo.
martes, 13 de septiembre de 2016
3
Andrés aún recordaba el maullido lejano
de aquella tarde...Estaba preparando una tabla
de quesos para ver el partido de la jornada en
la tele cuando el maullido comenzó. No hizo
mucho caso al principio pues en los rincones
más apartados del jardín era frecuente que las
gatas salvajes tuvieran sus camadas y sorprendía
a los gatos jóvenes cuando jugaban distraídos
y ajenos a su presencia. Pero este maullido era
especialmente llamativo pues no cesaba. Así que
salió al jardín a ver que ocurría. El maullido salía
del viejo pozo que había junto a la leña. Levantó
la tapadera que lo cubría y se asomó.
En el fondo del pozo, subido en una piedra, rodeado
de agua fría, como un naufrago temblaba un diminuto
gato que no paraba de maullar. Andrés pensó que debió
caerse mientras exploraba el pozo.
--Tranquilo pequeño. Intentaré sacarte de ahí--le dijo.
Buscó unas ramas secas lo bastante largas para llegar
hasta él, con la esperanza de que el animal trepara
por ellas y funcionó. El gato, tembloroso y hambriento
subió por las ramas con todas sus fuerzas.
--¡Muy bien, muy bien. Vamos, vamos!--lo animaba.
--Hola naufrago, casi no lo cuentas- dijo tapándolo.
Andrés aún recordaba el maullido lejano
de aquella tarde...Estaba preparando una tabla
de quesos para ver el partido de la jornada en
la tele cuando el maullido comenzó. No hizo
mucho caso al principio pues en los rincones
más apartados del jardín era frecuente que las
gatas salvajes tuvieran sus camadas y sorprendía
a los gatos jóvenes cuando jugaban distraídos
y ajenos a su presencia. Pero este maullido era
especialmente llamativo pues no cesaba. Así que
salió al jardín a ver que ocurría. El maullido salía
del viejo pozo que había junto a la leña. Levantó
la tapadera que lo cubría y se asomó.
En el fondo del pozo, subido en una piedra, rodeado
de agua fría, como un naufrago temblaba un diminuto
gato que no paraba de maullar. Andrés pensó que debió
caerse mientras exploraba el pozo.
--Tranquilo pequeño. Intentaré sacarte de ahí--le dijo.
Buscó unas ramas secas lo bastante largas para llegar
hasta él, con la esperanza de que el animal trepara
por ellas y funcionó. El gato, tembloroso y hambriento
subió por las ramas con todas sus fuerzas.
--¡Muy bien, muy bien. Vamos, vamos!--lo animaba.
--Hola naufrago, casi no lo cuentas- dijo tapándolo.
lunes, 12 de septiembre de 2016
LA APUESTA
2
Hizo su apuesta definitiva sin asumir ningún
riesgo. Esta vez jugaba sobre seguro." como
la falsa moneda, que de mano en mano va y
ninguno se la queda..." había sido hasta entonces
su apuesta fallida. Pero ahora no, ahora no podía
fallar. El otoño prometía con dejar claro que
las hojas muertas serían arrastradas sin remedio
por la lluvia cercana. Ahora era una certeza
que en medio de la noche oscura el fuego habría
de alumbrar la estancia. Era una certeza que estarían
a salvo Naufrago y él, lejos de mares salvajes que
podían convertir el jardín más hermoso en un
amasijo de piedra y lodo. Abrió el vino y la copa
se empañó enseguida como una promesa fresca
capaz de calmar los labios abrasados. La luna
se asomaba entre los sauces gigantes de la entrada
y Buika seguía con su voz de fresa desgranando
canciones de desamor.
Naufrago se subió encima y empezó a lamer su cara.
Hizo su apuesta definitiva sin asumir ningún
riesgo. Esta vez jugaba sobre seguro." como
la falsa moneda, que de mano en mano va y
ninguno se la queda..." había sido hasta entonces
su apuesta fallida. Pero ahora no, ahora no podía
fallar. El otoño prometía con dejar claro que
las hojas muertas serían arrastradas sin remedio
por la lluvia cercana. Ahora era una certeza
que en medio de la noche oscura el fuego habría
de alumbrar la estancia. Era una certeza que estarían
a salvo Naufrago y él, lejos de mares salvajes que
podían convertir el jardín más hermoso en un
amasijo de piedra y lodo. Abrió el vino y la copa
se empañó enseguida como una promesa fresca
capaz de calmar los labios abrasados. La luna
se asomaba entre los sauces gigantes de la entrada
y Buika seguía con su voz de fresa desgranando
canciones de desamor.
Naufrago se subió encima y empezó a lamer su cara.
miércoles, 29 de junio de 2016
CAMINOS DE SUEÑO
POR CAMINOS DE SUEÑO
Por caminos
de sueño
la fue buscando
y
un manto de nubes
puso
pa recordarlo.
Llevaba
agua fresca
del pozo Manso
pa saciar su sed
y
pañuelo de seda
pa
su cintura,
recién
bordado.
Por caminos
de sueño
la fue buscando
y un manto
de nubes
puso,
allí
en lo alto,
pa
recordarlo.
Por caminos
de sueño
la fue buscando
y
un manto de nubes
puso
pa recordarlo.
Llevaba
agua fresca
del pozo Manso
pa saciar su sed
y
pañuelo de seda
pa
su cintura,
recién
bordado.
Por caminos
de sueño
la fue buscando
y un manto
de nubes
puso,
allí
en lo alto,
pa
recordarlo.
martes, 14 de junio de 2016
SOLEDADES ADOSADS
SOLEDADES ADOSADAS
--Mi Pepe y yo es que estamos siempre el uno para el otro...
Su Pepe asentía con la cabeza mientras ella seguía relatando
a sus amistades las bondades de su matrimonio.
En las afueras de la ciudad, la tapia que tenían a la espalda
se encontraba repleta de grafitis. Al oto lado se oían los chillidos
de niños que jugaban dentro de la urbanización que los aislaba
del resto del barrio.
En algún momento continuaron andando en silencio.
Su Pepe pensaba en aquella tapia manchada de grafitis que aislaba
a los niños y sintió vergüenza de si mismo.
Llevaban más de treinta años casados pero jamás estuvieron unidos.
Una sucia tapia había entre ellos. Un muro que los aislaba.
Eran dos soledades adosadas que fingían estar unidos.
Su Pepe se detuvo un momento a secarse el sudor, ella siguió
andando sola.
--Mi Pepe y yo es que estamos siempre el uno para el otro...
Su Pepe asentía con la cabeza mientras ella seguía relatando
a sus amistades las bondades de su matrimonio.
En las afueras de la ciudad, la tapia que tenían a la espalda
se encontraba repleta de grafitis. Al oto lado se oían los chillidos
de niños que jugaban dentro de la urbanización que los aislaba
del resto del barrio.
En algún momento continuaron andando en silencio.
Su Pepe pensaba en aquella tapia manchada de grafitis que aislaba
a los niños y sintió vergüenza de si mismo.
Llevaban más de treinta años casados pero jamás estuvieron unidos.
Una sucia tapia había entre ellos. Un muro que los aislaba.
Eran dos soledades adosadas que fingían estar unidos.
Su Pepe se detuvo un momento a secarse el sudor, ella siguió
andando sola.
viernes, 10 de junio de 2016
LA RUTA DEL LIMBO
LA RUTA DEL LIMBO
Al atardecer, cuando la tarde era más dorada,
Aníbal salía al jardín, y allí entre las cortinas
de lino que colgaban de la pérgola buscaba su sillón
y esperaba...
El aire lo llevaba otra vez por la ruta del limbo.
Empezaba cuando hacía traer el vino blanco que
dormía fresco en el pozo, en ánforas a tres metros
bajo tierra. Luego se lo servían en copa de plata y traían
tomates de la huerta cercana que aliñaban con aceite
de oliva y sal y acompañaban con salazones de anchoas
y queso fuerte de cabra.
En el otro extremo del jardín sonaba una flauta, a una
distancia prudente, justo la necesaria para que hiciera
el esfuerzo de prestarle atención y no perder la
armonía de sus notas largas.
Entonces empezaba la ruta del limbo. En su cerebro
se mezclaba la música con el sabor de los frescos
tomates y el delicioso vino hasta hacer desaparecer
su entorno en la tarde dorada.
Por un momento volvía la arena del desierto y el horizonte
se transformaba con un rojo intenso que se fundía en el
cielo... A su lado el rostro de Africa se iluminaba con
aquel mágico esplendor y su pelo negro se mecía entre
olas de arena y sus labios intensos, abiertos, rojos,
esperaban y esperaban solo para ser besados.
Al atardecer, cuando la tarde era más dorada,
Aníbal salía al jardín, y allí entre las cortinas
de lino que colgaban de la pérgola buscaba su sillón
y esperaba...
El aire lo llevaba otra vez por la ruta del limbo.
Empezaba cuando hacía traer el vino blanco que
dormía fresco en el pozo, en ánforas a tres metros
bajo tierra. Luego se lo servían en copa de plata y traían
tomates de la huerta cercana que aliñaban con aceite
de oliva y sal y acompañaban con salazones de anchoas
y queso fuerte de cabra.
En el otro extremo del jardín sonaba una flauta, a una
distancia prudente, justo la necesaria para que hiciera
el esfuerzo de prestarle atención y no perder la
armonía de sus notas largas.
Entonces empezaba la ruta del limbo. En su cerebro
se mezclaba la música con el sabor de los frescos
tomates y el delicioso vino hasta hacer desaparecer
su entorno en la tarde dorada.
Por un momento volvía la arena del desierto y el horizonte
se transformaba con un rojo intenso que se fundía en el
cielo... A su lado el rostro de Africa se iluminaba con
aquel mágico esplendor y su pelo negro se mecía entre
olas de arena y sus labios intensos, abiertos, rojos,
esperaban y esperaban solo para ser besados.
miércoles, 1 de junio de 2016
16
Habían pasado los días grandes, los de éxito,
aquellos en que sus libros eran esperados y
aquellos en que viajaba a las ciudades más
hermosas como San Petersburgo en las que
encontraba refugio para escribir alejado de
miradas indiscretas. Ahora, cuando ya nada
recordaba de todo aquello, ni siquiera su
nombre, vivía junto a una ventana que daba
a un jardín y en el que encontraba recuerdos
que vagaban como fantasmas entre los pinos
y las rosas. Aquello y las manos amables
de su cuidadora lo mantenían en un estado
afable y conectado al mundo con pequeños
estímulos, como la música que le ponían o
como el olor dulce del agua de la ducha
o la comida que con tanto mimo le daba
su cuidadora, aquella joven de suave mirada
y voz encantadora.
La puerta se abrió y alguien dijo su nombre:
--Malena, ¿Ya has terminado?
Habían pasado los días grandes, los de éxito,
aquellos en que sus libros eran esperados y
aquellos en que viajaba a las ciudades más
hermosas como San Petersburgo en las que
encontraba refugio para escribir alejado de
miradas indiscretas. Ahora, cuando ya nada
recordaba de todo aquello, ni siquiera su
nombre, vivía junto a una ventana que daba
a un jardín y en el que encontraba recuerdos
que vagaban como fantasmas entre los pinos
y las rosas. Aquello y las manos amables
de su cuidadora lo mantenían en un estado
afable y conectado al mundo con pequeños
estímulos, como la música que le ponían o
como el olor dulce del agua de la ducha
o la comida que con tanto mimo le daba
su cuidadora, aquella joven de suave mirada
y voz encantadora.
La puerta se abrió y alguien dijo su nombre:
--Malena, ¿Ya has terminado?
lunes, 30 de mayo de 2016
15
La tenue luz de la luna no se iba de la playa
y cuando la mujer se levantó, Carlos la siguió.
--¿Donde vas, Malena?
--Ven, sígueme.
Él la siguió hasta el agua y ella comenzó a nadar.
Era tan templada el agua y de un azul tan intenso
que era imposible no seguirla, nadando sin parar.
Bucearon hasta el fondo y allí entre las rocas, como
jugando al escondite apareció un niño que sonreía.
Malena trataba de cogerlo pero el niño era más
rápido y se escapaba. Carlos los seguía encantado,
feliz de verlos. Nadaron hacía la superficie y al
salir a la playa la mujer cogía al niño y lo abrazaba.
Luego lo levantaba hacia arriba y lo bajaba muy
rápido, como si lo dejara caer y el niño se mondaba
de risa. Malena lo besaba en el cuello y el niño
no paraba de reír. Carlos estaba encantado de verlo
y de vez en cuando soltaba una carcajada. Luego
empezaron a caminar hacia el otro extremo de la
playa y la mujer le dijo:
--Tráete el zapato que se le ha caído.
Él retrocedió unos pasos y recogió el zapato.
La tenue luz de la luna no se iba de la playa
y cuando la mujer se levantó, Carlos la siguió.
--¿Donde vas, Malena?
--Ven, sígueme.
Él la siguió hasta el agua y ella comenzó a nadar.
Era tan templada el agua y de un azul tan intenso
que era imposible no seguirla, nadando sin parar.
Bucearon hasta el fondo y allí entre las rocas, como
jugando al escondite apareció un niño que sonreía.
Malena trataba de cogerlo pero el niño era más
rápido y se escapaba. Carlos los seguía encantado,
feliz de verlos. Nadaron hacía la superficie y al
salir a la playa la mujer cogía al niño y lo abrazaba.
Luego lo levantaba hacia arriba y lo bajaba muy
rápido, como si lo dejara caer y el niño se mondaba
de risa. Malena lo besaba en el cuello y el niño
no paraba de reír. Carlos estaba encantado de verlo
y de vez en cuando soltaba una carcajada. Luego
empezaron a caminar hacia el otro extremo de la
playa y la mujer le dijo:
--Tráete el zapato que se le ha caído.
Él retrocedió unos pasos y recogió el zapato.
14
Cárlos regresó a la tienda desconcertado por
la silueta de aquella mujer en la playa. La noche
se hizo más larga por el insomnio. La tenue luz
de la luna se adivinaba a través de la lona de la
tienda. Esperando que llegara el día miraba a la
entrada cuando una sombra le pareció que se
detenía. Cárlos se incorporó en la cama. La sombra
no se movía al otro lado de la lona, entonces
se levantó con mucho cuidado y salió fuera.
Era la mujer que paseaba por la playa, estaba de
espaldas y se acercó a ella.
--¡ Malena ! Eres tú. ¿Donde estabas?
La mujer se giró hacia él sonriendo.
--Te estaba buscando- le dijo.
Luego lo rodeó con sus brazos y lo besó en los ojos.
Durante un rato en el que perdió la noción del
tiempo estuvo abrazado a ella besándola y rodando
por la arena. Luego debió de quedarse dormido.
Al despertar ella seguía a su lado y volvió a besarla
de nuevo.
--Malena, mi Malena-- le decía.
Cárlos regresó a la tienda desconcertado por
la silueta de aquella mujer en la playa. La noche
se hizo más larga por el insomnio. La tenue luz
de la luna se adivinaba a través de la lona de la
tienda. Esperando que llegara el día miraba a la
entrada cuando una sombra le pareció que se
detenía. Cárlos se incorporó en la cama. La sombra
no se movía al otro lado de la lona, entonces
se levantó con mucho cuidado y salió fuera.
Era la mujer que paseaba por la playa, estaba de
espaldas y se acercó a ella.
--¡ Malena ! Eres tú. ¿Donde estabas?
La mujer se giró hacia él sonriendo.
--Te estaba buscando- le dijo.
Luego lo rodeó con sus brazos y lo besó en los ojos.
Durante un rato en el que perdió la noción del
tiempo estuvo abrazado a ella besándola y rodando
por la arena. Luego debió de quedarse dormido.
Al despertar ella seguía a su lado y volvió a besarla
de nuevo.
--Malena, mi Malena-- le decía.
13
Carlos se había quedado dormido. El ruido
de las olas era manso, pacífico, invitaba
al descanso. Nada perturbaba el equilibrio
armónico de la noche en la isla, pero como
atrapado por una invitación, Carlos se levantó
y salió fuera de la tienda a caminar
por la playa bajo la pálida luz de la luna.
El agua era tibia y mojaba de vez en cuando
sus pies descalzos cuando las olas mansas
lo sorprendían. Pronto se dio cuenta de que
no estaba solo, alguien más paseaba por su
isla. Era una silueta de mujer por el otro
extremo de la playa. Carlos aceleró sus pasos
para alcanzarla pero ella se alejaba, inalcanzable.
--¡Espere, espere !- gritaba tratando de detenerla.
--¡Oiga!--siguió insistiendo inutilmente.
Aquella silueta se desvaneció antes de alcanzarla.
Carlos miró a uno y otro lado buscándola pero
definitivamente había desaparecido sin dejar
ni una sola huella en la playa.
Carlos se había quedado dormido. El ruido
de las olas era manso, pacífico, invitaba
al descanso. Nada perturbaba el equilibrio
armónico de la noche en la isla, pero como
atrapado por una invitación, Carlos se levantó
y salió fuera de la tienda a caminar
por la playa bajo la pálida luz de la luna.
El agua era tibia y mojaba de vez en cuando
sus pies descalzos cuando las olas mansas
lo sorprendían. Pronto se dio cuenta de que
no estaba solo, alguien más paseaba por su
isla. Era una silueta de mujer por el otro
extremo de la playa. Carlos aceleró sus pasos
para alcanzarla pero ella se alejaba, inalcanzable.
--¡Espere, espere !- gritaba tratando de detenerla.
--¡Oiga!--siguió insistiendo inutilmente.
Aquella silueta se desvaneció antes de alcanzarla.
Carlos miró a uno y otro lado buscándola pero
definitivamente había desaparecido sin dejar
ni una sola huella en la playa.
12
En Manhattan, en medio de una multitud,
como un desconocido, como un ser solitario más,
Carlos se sintió solo. Era una soledad agobiante
pues el hecho de estar rodeado de un montón
de gente la hacía más acuciante, más desoladora.
Era distinta de la soledad que ahora sentía
en su isla deshabitada. Se sentía solo, pero era
una soledad cautivadora. Las plantas, los árboles,
las rocas, cada piedra, cada grano de arena eran
únicos, como él. Todos estaban solos, eran únicos,
irrepetibles, por eso no era una soledad agobiante
sino cautivadora, una soledad que transmitía paz,
que lo reconciliaba con el resto del universo, que
lo hacía más humano, que le otorgaba su propia
identidad. Cualquier hierba insignificante, cualquier
insecto de aquella isla eran también parte del
universo, tenían sentido como él, tenían su propia
identidad. Todos eran únicos, seres irrepetibles,
todos se identificaban con aquella soledad tan
cautivadora.
Pensaba en todo eso cuando la noche se adueñaba
de su pequeña isla.
En Manhattan, en medio de una multitud,
como un desconocido, como un ser solitario más,
Carlos se sintió solo. Era una soledad agobiante
pues el hecho de estar rodeado de un montón
de gente la hacía más acuciante, más desoladora.
Era distinta de la soledad que ahora sentía
en su isla deshabitada. Se sentía solo, pero era
una soledad cautivadora. Las plantas, los árboles,
las rocas, cada piedra, cada grano de arena eran
únicos, como él. Todos estaban solos, eran únicos,
irrepetibles, por eso no era una soledad agobiante
sino cautivadora, una soledad que transmitía paz,
que lo reconciliaba con el resto del universo, que
lo hacía más humano, que le otorgaba su propia
identidad. Cualquier hierba insignificante, cualquier
insecto de aquella isla eran también parte del
universo, tenían sentido como él, tenían su propia
identidad. Todos eran únicos, seres irrepetibles,
todos se identificaban con aquella soledad tan
cautivadora.
Pensaba en todo eso cuando la noche se adueñaba
de su pequeña isla.
miércoles, 18 de mayo de 2016
11
Todo estaba como lo recordaba. La higuera,
el peral y la pared derruida entre las zarzas.
Sí, aquella debió de ser una casa, un refugio,
el hogar de alguien.
¿Quien fue? Jamás lo sabría.
¿Porqué se marchó? ¿Porque abandonó su casa?
Eran preguntas sin respuesta que se hacía.
Carlos anduvo por aquel lugar durante horas
disfrutando de aquel hermoso sitio, de aquel
Edén privado en el que se encontraba tan a gusto.
Luego, cuando se ocultaba el sol, antes de regresar,
algo llamó su atención. En la orilla de la playa
las olas mecían suavemente algo. Se acercó a ver
que era y lo recogió.
Era el zapato de un niño que el mar trajo hasta
su playa.
Todo estaba como lo recordaba. La higuera,
el peral y la pared derruida entre las zarzas.
Sí, aquella debió de ser una casa, un refugio,
el hogar de alguien.
¿Quien fue? Jamás lo sabría.
¿Porqué se marchó? ¿Porque abandonó su casa?
Eran preguntas sin respuesta que se hacía.
Carlos anduvo por aquel lugar durante horas
disfrutando de aquel hermoso sitio, de aquel
Edén privado en el que se encontraba tan a gusto.
Luego, cuando se ocultaba el sol, antes de regresar,
algo llamó su atención. En la orilla de la playa
las olas mecían suavemente algo. Se acercó a ver
que era y lo recogió.
Era el zapato de un niño que el mar trajo hasta
su playa.
10
Con la primera luz del día Carlos pudo
levantarse con mucha dificultad.
El sol calentaba la playa y el mar estaba
en calma. La garganta seguía doliendole
pero parecía que la fiebre había pasado.
Estuvo toda la mañana sentado
intentando recuperar sus fuerzas.
Comió algo y se hidrató. Luego volvió
a acostarse y se quedó dormido al instante.
Pasaron todavía unos días hasta que se sintió
plenamente recuperado y pudo volver a subir
al peñón más alto. Contempló el horizonte
en calma y el otro extremo del islote.
Recordó entonces el sueño febril de aquella noche,
la escena de la playa y las risas del niño
y de la mujer jugando a la luz de la luna.
Decidió volver a la otra playa a ver si era cierto
que estuvo allí, que encontró una higuera y una
pared derruida.
Con la primera luz del día Carlos pudo
levantarse con mucha dificultad.
El sol calentaba la playa y el mar estaba
en calma. La garganta seguía doliendole
pero parecía que la fiebre había pasado.
Estuvo toda la mañana sentado
intentando recuperar sus fuerzas.
Comió algo y se hidrató. Luego volvió
a acostarse y se quedó dormido al instante.
Pasaron todavía unos días hasta que se sintió
plenamente recuperado y pudo volver a subir
al peñón más alto. Contempló el horizonte
en calma y el otro extremo del islote.
Recordó entonces el sueño febril de aquella noche,
la escena de la playa y las risas del niño
y de la mujer jugando a la luz de la luna.
Decidió volver a la otra playa a ver si era cierto
que estuvo allí, que encontró una higuera y una
pared derruida.
9
Carlos se levantó convaleciente en mitad
de la noche y se asomó fuera de la tienda.
Bajo la tímida luz de la luna pudo distinguir
a una mujer que levantaba en brazos a un niño
y que este no paraba de reír de la emoción y
del placer de aquel juego. La mujer repetía una y
otra vez el gesto de levantarlo bien alto y luego
bajarlo como si lo dejara caer y el niño se mondaba
de risa. Luego ella lo abrazaba y lo besaba en el
cuello lo que producía todavía más risa al
pequeño. Al lado, la escena era contemplada
con agrado por un hombre que a veces daba
carcajadas. Carlos intentó llamarlos pero sin éxito
pues su voz no salía de su garganta.
La luna iluminaba aquella escena en la playa
hasta que al final se marcharon hacia el otro
extremo de la isla.
--Traete el zapato que se le ha caído- oyó decir
a la mujer.
El hombre regresó unos pasos y recogió el zapato
del niño.
Carlos se levantó convaleciente en mitad
de la noche y se asomó fuera de la tienda.
Bajo la tímida luz de la luna pudo distinguir
a una mujer que levantaba en brazos a un niño
y que este no paraba de reír de la emoción y
del placer de aquel juego. La mujer repetía una y
otra vez el gesto de levantarlo bien alto y luego
bajarlo como si lo dejara caer y el niño se mondaba
de risa. Luego ella lo abrazaba y lo besaba en el
cuello lo que producía todavía más risa al
pequeño. Al lado, la escena era contemplada
con agrado por un hombre que a veces daba
carcajadas. Carlos intentó llamarlos pero sin éxito
pues su voz no salía de su garganta.
La luna iluminaba aquella escena en la playa
hasta que al final se marcharon hacia el otro
extremo de la isla.
--Traete el zapato que se le ha caído- oyó decir
a la mujer.
El hombre regresó unos pasos y recogió el zapato
del niño.
8
No sabía el tiempo que había estado dormido
pero cuando despertó su cabeza le ardía y las
manos las tenía hinchadas y entumecidas de
las heridas que debió hacerse entre la enmarañada
vegetación. Una tos infernal le sorprendió de
repente y le produjo un espantoso dolor en el
pecho. Carlos pensó que debía de tener fiebre
y no se levantó. Debió dormir profundamente
pues cuando abrió los ojos era de noche.
El viento soplaba fuera de la tienda y el mar
rugía salvaje.
Carlos no podía moverse, siguió largo rato
escuchando las olas hasta que de repente le
sorprendió un sonido distinto, lejano. Prestó
atención y le pareció que eran risas lejanas.
Tal vez fueran alucinaciones por su estado febril
pero volvió a escucharlas y efectivamente eran
risas. Alguien había llegado a su playa. No
conseguía moverse pero de vez en cuando las
risas se oían perfectamente. Se trataba de un niño,
era sin duda la risa de un niño. Pero también había
una mujer. Decía algo que hacía reír al niño.
No sabía el tiempo que había estado dormido
pero cuando despertó su cabeza le ardía y las
manos las tenía hinchadas y entumecidas de
las heridas que debió hacerse entre la enmarañada
vegetación. Una tos infernal le sorprendió de
repente y le produjo un espantoso dolor en el
pecho. Carlos pensó que debía de tener fiebre
y no se levantó. Debió dormir profundamente
pues cuando abrió los ojos era de noche.
El viento soplaba fuera de la tienda y el mar
rugía salvaje.
Carlos no podía moverse, siguió largo rato
escuchando las olas hasta que de repente le
sorprendió un sonido distinto, lejano. Prestó
atención y le pareció que eran risas lejanas.
Tal vez fueran alucinaciones por su estado febril
pero volvió a escucharlas y efectivamente eran
risas. Alguien había llegado a su playa. No
conseguía moverse pero de vez en cuando las
risas se oían perfectamente. Se trataba de un niño,
era sin duda la risa de un niño. Pero también había
una mujer. Decía algo que hacía reír al niño.
7
Cuando regresaba comenzaron a caer las primeras
gotas de la tormenta que se avecinaba. Iba pensando
en aquel hallazgo sorprendente. Alguien había estado
viviendo en aquel lugar antes que él. ¿Quién podría
haber sido? ¿Tal vez un monje asceta y solitario?
¿O un prófugo de la justicia? ¿Un aguerrido marinero?
Quién quiera que fuese debió tener las mismas sensaciones
que él, debió de sentir las mismas dudas. En cualquier caso
se sintió de inmediato muy ligado a ese vecino tan lejano
en el tiempo pero que le había dejado en herencia
una hermosa higuera y un peral magnífico.
La tormenta arreciaba con fuerza y Carlos se sintió
desvalido en medio de aquella roca que amenazaba
con irse a pique como una balsa a la deriva en un mar
embravecido y salvaje.
Llegó de noche y empapado a su tienda y cayó rendido
en la cama.
Fuera seguía soplando el viento y la tormenta aumentaba
aún más y más.
Cuando regresaba comenzaron a caer las primeras
gotas de la tormenta que se avecinaba. Iba pensando
en aquel hallazgo sorprendente. Alguien había estado
viviendo en aquel lugar antes que él. ¿Quién podría
haber sido? ¿Tal vez un monje asceta y solitario?
¿O un prófugo de la justicia? ¿Un aguerrido marinero?
Quién quiera que fuese debió tener las mismas sensaciones
que él, debió de sentir las mismas dudas. En cualquier caso
se sintió de inmediato muy ligado a ese vecino tan lejano
en el tiempo pero que le había dejado en herencia
una hermosa higuera y un peral magnífico.
La tormenta arreciaba con fuerza y Carlos se sintió
desvalido en medio de aquella roca que amenazaba
con irse a pique como una balsa a la deriva en un mar
embravecido y salvaje.
Llegó de noche y empapado a su tienda y cayó rendido
en la cama.
Fuera seguía soplando el viento y la tormenta aumentaba
aún más y más.
martes, 17 de mayo de 2016
6
Nubes negras empezaron a cubrir el cielo
y Carlos supo que debía regresar por la amenaza
de tormenta.
Antes de abandonar aquel sitio recorrió la diminuta
cala y se disponía a volver cuando más allá de los
pinos le pareció ver una enorme higuera. Se acercó
hasta ella y comprobó que estaba cargada de higos,
aún verdes, pero que cuando fueran madurando
sería la ocasión propicia de volver para disfrutarlos.
Pero no solo había una higuera sino que unos metros
mas allá había también una peral repleto de jugosas
peras. Carlos estaba de suerte, probó una ya madura
y el dulzor más extasiante que jamás tomó le inundó
el paladar. Aquello era el Edén, pensaba.
Entonces vio algo que llamó su atención...Entre las
zarzas se podía distinguir lo que parecían ser unas
piedras colocadas a modo de muro. Retiró la maleza
y en efecto allí había una pared derruida, una casa
abandonada.
Nubes negras empezaron a cubrir el cielo
y Carlos supo que debía regresar por la amenaza
de tormenta.
Antes de abandonar aquel sitio recorrió la diminuta
cala y se disponía a volver cuando más allá de los
pinos le pareció ver una enorme higuera. Se acercó
hasta ella y comprobó que estaba cargada de higos,
aún verdes, pero que cuando fueran madurando
sería la ocasión propicia de volver para disfrutarlos.
Pero no solo había una higuera sino que unos metros
mas allá había también una peral repleto de jugosas
peras. Carlos estaba de suerte, probó una ya madura
y el dulzor más extasiante que jamás tomó le inundó
el paladar. Aquello era el Edén, pensaba.
Entonces vio algo que llamó su atención...Entre las
zarzas se podía distinguir lo que parecían ser unas
piedras colocadas a modo de muro. Retiró la maleza
y en efecto allí había una pared derruida, una casa
abandonada.
5
Durante días la rutina fue su compañía habitual,
tomaba un desayuno ligero de galletas y café
soluble con leche. Después del aseo caminaba
un poco por la cala y luego subía a lo alto del peñón.
Allí permanecía largo rato hasta que encontraba
las ganas de volver a la tienda y ponerse a escribir.
En una de aquellas mañanas pensó que debía visitar
la otra cala que estaba en el extremo opuesto de la
isla. Debería atravesar aquella maraña de zarzas
y arbustos. Abrirse paso en el inexplorado lugar.
Se preparó con botas y ropa adecuada y emprendió
la marcha hasta el otro extremo de la isla. El sol
quemaba con fuerza y hacía más difícil avanzar
entre aquella vegetación salvaje. Llevaba una botella
de agua que terminó de un solo trago antes de llegar.
Casi dos horas de esfuerzo invirtió para alcanzar
el otro extremo, pero mereció la pena. Aquella cala
estaba rodeada de pinos y el mar era sereno, apacible
y transparente. Buscó el abrigo de la sombra para
descansar y estuvo un tiempo disfrutando de todo.
Durante días la rutina fue su compañía habitual,
tomaba un desayuno ligero de galletas y café
soluble con leche. Después del aseo caminaba
un poco por la cala y luego subía a lo alto del peñón.
Allí permanecía largo rato hasta que encontraba
las ganas de volver a la tienda y ponerse a escribir.
En una de aquellas mañanas pensó que debía visitar
la otra cala que estaba en el extremo opuesto de la
isla. Debería atravesar aquella maraña de zarzas
y arbustos. Abrirse paso en el inexplorado lugar.
Se preparó con botas y ropa adecuada y emprendió
la marcha hasta el otro extremo de la isla. El sol
quemaba con fuerza y hacía más difícil avanzar
entre aquella vegetación salvaje. Llevaba una botella
de agua que terminó de un solo trago antes de llegar.
Casi dos horas de esfuerzo invirtió para alcanzar
el otro extremo, pero mereció la pena. Aquella cala
estaba rodeada de pinos y el mar era sereno, apacible
y transparente. Buscó el abrigo de la sombra para
descansar y estuvo un tiempo disfrutando de todo.
4
Su primer día en aquel lugar remoto no le defraudó.
Recorrió su nuevo hogar con entrañable emoción,
como el viajero que llega a un sitio lejano en el que
poder recordar.
Su mundo era una roca enorme perdida en medio
del mar, lejos del ruido, lejos del mundo que había
conocido. Ahora era una balsa a la deriva y contemplaba
el horizonte como inalcanzable. Allí quedaron los
recuerdos, los amigos, los sueños, todo lo que vivió.
Subió hasta la cima más alta de aquel peñón y contempló
su entorno. Había dos pequeñas calas donde llegaban
las aguas mansas hasta la arena, en una de ella estaba
su tienda y un pequeño embarcadero que hizo construir
para que le llegaran suministros. En la otra se veían
algunos pinos. El resto era totalmente inhóspito y
salvaje, un lugar inaccesible donde el mar furioso
golpeaba sin descanso. Había un acantilado de vértigo
en donde colonias de aves ruidosas tenían sus nidos.
El resto del islote estaba cubierto de plantas duras y
resistentes a la sequía y al incesante viento.
Carlos descendió a su tienda en donde tenía una cama
y una mesa con libros y papel para escribir.
Su primer día en aquel lugar remoto no le defraudó.
Recorrió su nuevo hogar con entrañable emoción,
como el viajero que llega a un sitio lejano en el que
poder recordar.
Su mundo era una roca enorme perdida en medio
del mar, lejos del ruido, lejos del mundo que había
conocido. Ahora era una balsa a la deriva y contemplaba
el horizonte como inalcanzable. Allí quedaron los
recuerdos, los amigos, los sueños, todo lo que vivió.
Subió hasta la cima más alta de aquel peñón y contempló
su entorno. Había dos pequeñas calas donde llegaban
las aguas mansas hasta la arena, en una de ella estaba
su tienda y un pequeño embarcadero que hizo construir
para que le llegaran suministros. En la otra se veían
algunos pinos. El resto era totalmente inhóspito y
salvaje, un lugar inaccesible donde el mar furioso
golpeaba sin descanso. Había un acantilado de vértigo
en donde colonias de aves ruidosas tenían sus nidos.
El resto del islote estaba cubierto de plantas duras y
resistentes a la sequía y al incesante viento.
Carlos descendió a su tienda en donde tenía una cama
y una mesa con libros y papel para escribir.
lunes, 16 de mayo de 2016
3
Había descubierto aquel islote hacía unos años
en un viaje de placer, navegando en un velero con
unos amigos por las islas griegas.
Desde que alguna novela de su dilatada obra literaria
fuera llevada al cine y resultara ser una gran obra que
le proporcionó fama y dinero, se había fijado metas
distintas y se convirtió en un explorador. Buscaba retos
constantemente, de ahí surgieron sus estancias
prolongadas en San Petersburgo o en Manhattan.
Ahora el reto era completamente distinto, vivir
solo en una isla deshabitada. Así lo tuvo claro
en el momento en que contempló aquel islote,
no mayor de doce hectáreas. Su idea era simple,
vivir como un naufrago en aquel sitio. Nada de aparatos
electrónicos, nada de cosas superfluas, solamente
lo imprescindible: una tienda de campaña, una cama
y alimentos. Preparó este reto concienzudamente
y dejó dadas instrucciones precisas a sus abogados,
a familiares y conocidos. Un barco acudiría
regularmente a llevarle agua, alimentos y ropa limpia
y retiraría la basura y la ropa usada. Hizo los tramites
necesarios con las autoridades griegas y tomó posesión
del lugar un día luminoso bien entrada la primavera.
Había descubierto aquel islote hacía unos años
en un viaje de placer, navegando en un velero con
unos amigos por las islas griegas.
Desde que alguna novela de su dilatada obra literaria
fuera llevada al cine y resultara ser una gran obra que
le proporcionó fama y dinero, se había fijado metas
distintas y se convirtió en un explorador. Buscaba retos
constantemente, de ahí surgieron sus estancias
prolongadas en San Petersburgo o en Manhattan.
Ahora el reto era completamente distinto, vivir
solo en una isla deshabitada. Así lo tuvo claro
en el momento en que contempló aquel islote,
no mayor de doce hectáreas. Su idea era simple,
vivir como un naufrago en aquel sitio. Nada de aparatos
electrónicos, nada de cosas superfluas, solamente
lo imprescindible: una tienda de campaña, una cama
y alimentos. Preparó este reto concienzudamente
y dejó dadas instrucciones precisas a sus abogados,
a familiares y conocidos. Un barco acudiría
regularmente a llevarle agua, alimentos y ropa limpia
y retiraría la basura y la ropa usada. Hizo los tramites
necesarios con las autoridades griegas y tomó posesión
del lugar un día luminoso bien entrada la primavera.
2
--"Los viejos humanizan el paisaje".
Carlos pensaba en aquella frase mientras
caminaba descalzo por la arena de la desierta
playa. Cuando era pequeño, los viejos eran
parte del paisaje. Eran como un árbol, como
una piedra, algo más, sin identidad alguna,
sin que nada los destacara del entorno. Pero
ahora cuando todo estaba sin ellos, el paisaje
era desolado, desértico, sin personalidad.
Por eso pensaba que los viejos humanizaban
el paisaje, lo integraban en una realidad más
allá de lo material, le daban contenido espiritual,
en una palabra lo "humanizaban".
Pero había perdido el tiempo hasta llegar a com-
prenderlo. Había tardado toda su vida y ahora
cuando encontraba alivio a su fobia social en
aquella isla deshabitada a la que se había retirado
añoraba la presencia de los viejos, por encima
de todo. Mucho más que la sociedad como la
había conocido, tan compleja, tan artificial,
tan hipócrita, echaba de verdad en falta a los
viejos, echaba en falta que el paisaje fuera
humanizado por esos viejos anónimos,
insignificantes, que poblaban las esquinas,
las ciudades, los parques.
Por primera vez sintió la soledad de estar solo.
--"Los viejos humanizan el paisaje".
Carlos pensaba en aquella frase mientras
caminaba descalzo por la arena de la desierta
playa. Cuando era pequeño, los viejos eran
parte del paisaje. Eran como un árbol, como
una piedra, algo más, sin identidad alguna,
sin que nada los destacara del entorno. Pero
ahora cuando todo estaba sin ellos, el paisaje
era desolado, desértico, sin personalidad.
Por eso pensaba que los viejos humanizaban
el paisaje, lo integraban en una realidad más
allá de lo material, le daban contenido espiritual,
en una palabra lo "humanizaban".
Pero había perdido el tiempo hasta llegar a com-
prenderlo. Había tardado toda su vida y ahora
cuando encontraba alivio a su fobia social en
aquella isla deshabitada a la que se había retirado
añoraba la presencia de los viejos, por encima
de todo. Mucho más que la sociedad como la
había conocido, tan compleja, tan artificial,
tan hipócrita, echaba de verdad en falta a los
viejos, echaba en falta que el paisaje fuera
humanizado por esos viejos anónimos,
insignificantes, que poblaban las esquinas,
las ciudades, los parques.
Por primera vez sintió la soledad de estar solo.
sábado, 14 de mayo de 2016
DESDE LA COSTA
DESDE LA COSTA
1
Se quedó mirando las olas.
Algunos restos de naufragios llegaban
a la playa.
En los bolsillos conchas de colores infinitos y
arena.
Los labios agrietados por el calor.
1
Se quedó mirando las olas.
Algunos restos de naufragios llegaban
a la playa.
En los bolsillos conchas de colores infinitos y
arena.
Los labios agrietados por el calor.
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