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El Madrid de los ochenta rebosaba de vida.
Recién estrenada la libertad todo el mundo
vivía en una locura colectiva, con ganas de
comerse el mundo, de divertirse.
Carlos quedaba con ellos con frecuencia. Los
recogía en su coche los fines de semana para
ir a los pueblos de la sierra. Luego volvían
a vivir la noche de Madrid. Los tres eran uña
carne. Carlos envidiaba a Andres, lo bien que
le iba, la novia que tenía pero sobretodo envidiaba
el flequillo de Andres, cuando Marta se lo arreglaba
--¡Este flequillo rebelde--decía acariciandolo.
Carlos se estaba quedando calvo. Quizás por eso
no ligaba, pensaba.
--Oye--dijo. ¿porqué no vamos un día los tres al
pueblo?
--¿Tú has estado Marta?
--Aún no. No me ha llevado.
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