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Volcaba leche tibia en el plato de Naufrago y
éste lamía con ansiedad su desayuno. Esa rutina
había formado parte de su vida cada día desde
que Anderés lo rescatara del pozo.
Hacía tan solo un año desde que regresaron de Berlín
tras los crueles días de fuego y usura que vivieron.
Ahora, las cosas sencillas, como escuchar la lluvia en
el jardín, eran la costumbre diaria.
Llovía mansamente aquella mañana de otoño y Andrés
se asomaba a la ventana con el café entre las manos y
se quedaba en silencio contemplando aquella maravilla.
Naufrago lo seguía por todas partes buscando una caricia
y no paraba hasta que lograba que lo cogiera en brazos.
--¿ Eh, esta barriga?--le decía tumbándolo sobre su brazo
izquierdo mientras le rascaba en la tripa.
--Te estás poniendo gordo.
--Turruniau--contestaba.
Luego lo volvía a colocar en el suelo y ya le dejaba
tranquilo toda la mañana.
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