jueves, 22 de septiembre de 2016

                        15
Cuando cerraba la puerta de entrada al jardín,
la noche se convertía en un refugio privado
para Naufrago y él. Entonces navegaba por los
rincones del tiempo y del espacio. No había ningún
límite, todos los sitios estaban en los libros, todas
las emociones en sus páginas, todos los deseos.
Andres se acomodó en el sillón frente a la chimenea
y cogió un viejo libro, tan usado que corría el riesgo
de desintegrarse. Era de un conocido, su profesor
de filosofía de los años de Instituto, Don Samuel.
Andres recordó la última vez que lo vio en la residencia
de ancianos empujando un andador y era la noble imagen
de un hombre digno, de un hombre íntegro. Había escrito
un par de libros de poemas que Andres leía con frecuencia.
Este llevaba por titulo "La farola de la esquina":
             "dejadme la esperanza
               en la mesita,
               en el buzón de correos,
               dejadme al alcance 
               de la mano
               el nombre 
               de la mujer amada..."

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