domingo, 18 de septiembre de 2016

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Hacía más de cuarenta años que visitaba aquel
lugar. Se lo había enseñado Carlos, cuando salían
a buscar setas. Solían almorzar allí casi siempre.
Se acordaba de él desde entonces. Veinte años
atrás los dos eran uña y carne, hasta que Carlos
se mudó a vivir a Madrid. Vendieron la casa y
no volvieron.
Luego, ya en Madrid, se encontraron de nuevo.
--¡Andres!-- le gritó Carlos desde la otra acera.
--¡Joder, que suerte! --le dijo abrazándolo.
--¿Que haces aquí? ¿Qué es de tu vida?
--Pues, aquí, estudiando.¿Y tú?
--Trabajo cerca de aquí.
--¡Qué cabrón! ¡Estás igual!
--Tú también. Oye, tenemos que vernos, coge mi
teléfono.
Y volvieron a encontrarse lejos del fresno gigante.
Andrés le presentó a Marta.
--Es mi novia. Compañera de la facultad.

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