domingo, 18 de septiembre de 2016

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Naufrago lo despertó.
Andrés dormía profundamente. Más que el sueño
lo que le ocurría era una especie de ensayo de la
muerte, como si al quedarse dormido todo lo que
existía en el mundo desapareciera de repente, como
si nada existiera, como si se volatilizara todo. Los
ronquidos era lo único real que quedaba.
A los pies de la cama, Naufrago, escuchaba los
impetuosos ronquidos de Andres esperando que
desaparecieran con las primeras luces del alba y
si entonces no se había despertado intervenía, daba
un salto y subía a la cama, ronroneaba en la almohada
hasta le lamía la oreja para ver si despertaba. Andres
dejaba de roncar cuando la lengua del gato le hacía
cosquillas en la oreja. Tenía la sensación de que todo
volvía la vida. Las moléculas del cosmos buscaban
otra vez su origen y el ensayo de la muerte se acababa.
--¿Ya es de día?--preguntaba
--Turruniau--contestaba Naufrago.

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