jueves, 10 de octubre de 2019

                              2


 El crujido del glaciar hacía temblar de miedo
al delfín, y en los rincones más aislados del desierto,
los últimos cocodrilos del Sahel esperaban el regreso
de la lluvia, esperaban el regreso del bosque al desierto.
 Los científicos trataban de explicar el desastre.
 Algunos apuntaban que hace unos seis mil años, por
el giro inesperado del eje de rotación de la tierra, se
produjo una alteración en el clima que hizo desaparecer
el bosque inmenso y con ello la vida. Afirmaban que
el proceso seguía en marcha y era inevitable el avance
del desierto. Pero, aunque fuera un proceso inevitable
la inclinación del eje de rotación de la Tierra, resultaba
también cierto, que la huella del hombre, la contaminación
de la atmósfera con los gases producidos por los combustibles
fósiles, aceleraba el cambio climático, en un proceso cada
vez más rápido e irremediable.
 Había que poner algo de cordura y parar el desastre.
 Los últimos cocodrilos del desierto,
 atrapados en el Sahel,
 esperaban
 el regreso
 de la lluvia.

EL EJE DE ROTACION

                               1

 El fuerte crujido del hielo, alarmó al delfín.
Un sonido atronador acompañó a la montaña
de hielo que se desmoronó del glaciar y se hundió
en las frías aguas de la ensenada.
 Hacía tiempo que el glaciar iba en retroceso, que 
año tras año disminuía de tamaño. 
 El delfín sabía de sobra que aquello ocurría sin
remedio cada cierto tiempo. Los glaciares retrocedían
y el desierto avanzaba. 
 En remotos lugares, hubo un tiempo, un lejano tiempo,
en el que todo estuvo cubierto por bosques inmensos,
bosques milenarios que albergaban la vida, pero que
la lluvia abandonó sin más. Aquellos bosques se fueron
apagando y desaparecieron. Entonces solo quedó el
abrasador desierto.
 Los más antiguos, contaban historias increíbles.
 Entre los cocodrilos, corría el rumor de aquellos días
lejanos en los que el desierto abrasador, era un bosque
inmenso. Contaban que durante generaciones, a lo largo
de millones y millones de años, los cocodrilos nadaron
en sus ríos enormes, con abundante vida, con cristalinas
aguas, con tanta variedad de árboles y frutos, que parecía
que nunca se agotarían.
 Y sin embargo, en unos miles de años, todo desapareció.

viernes, 4 de octubre de 2019

                              8

 La mujer se levantó y le dijo:
-No, no me he perdido. Nunca me pierdo,
en ningún sitio, ni en los fondos marinos
junto barcos hundidos, ni en el bosque milenario,
siempre estoy donde es preciso.
-¿Quién eres?- le preguntó.
-Soy la ayuda, el auxilio, la mano que conduce
a quién lo necesita.
-¿No te he visto nunca por aquí?
-Sí nos hemos visto antes. Te cogí de la mano hace
mucho, te llevé caminando por la superficie del agua.
Luego te busqué. Tenía que darte algo. Tenía que
entregarte unas palabras escritas que alguien dejó
junto al tejo hace mucho tiempo, cuando no regresaste,
cuando naufragaste en el mar.
-¿De qué me estás hablando?
-Te dejé las palabras escritas que tu mujer guardó
entre lágrimas junto al tejo. Palabras de amor
por tu ausencia infinita. Ahora me iré. Ya he
cumplido.
 Antes de que terminara de hablar había desaparecido.
 En medio del bosque milenario, el viento susurraba
entre los árboles palabras de un tiempo lejano:
"vuelve, vuelve mi amor,
vuelve, vuelve, vuelve"
                              7

 La imagen de aquella mujer junto al tronco 
del tejo milenario, lo dejó desconcertado.
 ¿Era la misma mujer del sueño, la que lo
rescató de los fondos marinos? ¿Era la misma
que llamó a su puerta en medio de la noche y
le entregó aquel sobre? 
 Tenía que encontrar las respuestas.
 Al día siguiente regresó al bosque y fue al lugar
en donde apareció la misteriosa mujer de la foto.
 Allí, al lado del tejo milenario, había estado
sentada en una recogida actitud, como rezando,
como dejando que su mente viajara en el tiempo.
 Estuvo en aquel lugar mucho tiempo, tratando
de ordenar sus ideas, tratando de buscar respuestas
a todas las preguntas que se hacía.
 ¿Habría encontrado allí aquel escrito antiguo,
aquel que le entregó? ¿Si era así, quién lo dejó
allí, quién lo había escrito, a quién iba dirigido?
 Oscurecía cuando decidió regresar a casa.
 Entonces, en un recodo del camino, encontró
de nuevo a aquella mujer. Estaba sentada. Tenía
la misma posición, con las piernas flexionadas,
en una actitud de meditación, como en trance.
 Se dirigió a ella:
-¿Se encuentra bien?-dijo. ¿Necesita ayuda,
se ha perdido?

jueves, 3 de octubre de 2019

                              6

 Encendió el ordenador y conectó la cámara
digital para descargar las fotos que había hecho.
La lluvia había cesado y mientras repasaba las
fotos empezó a sentir que la fiebre le subía
de nuevo. Tomó un antitérmico con un vaso
de leche caliente y encendió el calefactor.
 Repasaba las fotos y ampliaba las zonas más
especiales, para hacer fotos nuevas virtualmente.
 En una de las fotos sobresalía un árbol especial,
un tejo enorme, un árbol singular que destacaba
de los demás. Hizo una ampliación de aquel
árbol que lo atraía poderosamente, bajo la luz 
del atardecer de otoño. 
 Entonces le llamó la atención una imagen 
junto al tronco.
 Amplió aún más la zona y descubrió sorprendido
la imagen de una mujer, sentada junto al tronco.
La imagen era de una gran resolución. Podía
distinguir los cabellos y el rostro de la mujer.
Estaba sentada en el suelo, con las piernas 
flexionadas y los brazos se recogían rodeando
las rodillas. ¿qué hacía allí? ¿quién era?
 Se quedó un buen rato mirando aquella
foto, intrigado y asombrado por la imagen
de aquella mujer, sentada y meditando,
junto al tronco de un tejo imponente 
y majestuoso.
                              5

 Puede que hubiera cogido fiebre al enfriarse
con la lluvia que lo había calado hasta los huesos
y se quedó dormido en el sofá junto a su gato.
 La fiebre lo llevó a tener un sueño pesado, un
sueño intranquilo y profundo, que lo llevó muy
lejos, a bordo de un velero, en una tarde soleada
y pacífica, en un mar azul inmenso. De repente
el viento cambió, se hizo más intenso y el barco
empezó a zozobrar entre las olas...Luego estaba
en los fondos marinos, rodeado de barcos hundidos,
de restos de naufragios, entre delfines y nautilus,
entre caracolas y ánforas antiguas...Una mano
lo agarró con fuerza, una mano que lo llevó a
la superficie, una mujer que lo conducía caminando
sobre el mar:
-Te dejaré en otro sitio. Un lugar desconocido 
y nuevo- le dijo.
 La siguió confiado cogido de su mano.
 Cuando despertó, Naufrago le estaba lamiendo
la nariz y su áspera lengua le hacía cosquillas.
-Vale, cansino, déjame- dijo, incorporándose.
                              4

 Por la tarde, volvió a calzar sus botas y regresó
al bosque con su cámara de fotos.
 El tiempo era imprevisible y aunque el sol estaba
presente, por precaución había llevado con él un
chubasquero, que en caso de lluvia le protegiera.
 Los bosques inmensos, en el horizonte llegaban
hasta el cielo y la fotografía conseguida cada día
era distinta, irrepetible, capturaba un instante
preciso de la exquisita belleza que andaba 
buscando.
 Llegó hasta un saliente rocoso, en la curva del
camino, desde el que pudo contemplar extasiado
toda la belleza de aquel sitio. Luego su cámara
empezó a inmortalizar todos los rincones.
 Las nubes se empezaban a apretujar bajo los
imponentes farallones de piedra de la montaña
y permitían, a intervalos, que el sol penetrara
las nubes y llenara de luz los impresionantes
colores de los árboles en el otoño.
 Las primera gotas de lluvia empezaron a caer
y tuvo que regresar de prisa, protegido por
el chubasquero del aguacero que se le avecinaba.
 Llegó a casa empapado hasta los huesos
y su gato se le acercó para darle consuelo.
-Gracias, Naufrago- le dijo.

                              3

 Abrió con cuidado el sobre y sacó una bolsa
de plástico, cerrada herméticamente al vacío
y que llevaba en el interior un viejo manuscrito.
Intrigado por aquel misterio, se dirigió al estudio
fotográfico y colocó el manuscrito sobre un cristal
translúcido, con una potente luz, de intensidad
regulable, a fin de poder estudiarlo minuciosamente.
Se trataba de un material muy antiguo, una nota
escrita sobre papel, u otro material más antiguo aún,
quizás un papiro, lo llevó al proyector para verlo 
ampliado sobre la pantalla y cuando consiguió 
tenerlo enfocado, le hizo varias fotografías
con todos los filtros de objetivo que tenía disponibles
y luego, mediante un procesador de imágenes,
logró una una definitiva fotografía, nítida y
reveladora de la nota manuscrita.
 Estaba escrita en signos, todavía por descifrar,
seguramente, en lengua prerromana.
 Salió al jardín aturdido.
¿qué decía aquel manuscrito?
¿quien lo escribió?
¿cómo había llegado hasta él?
                              2

 Durante la noche, el viento agitó las ramas
del fresno, con tanta fuerza que despertó
sobresaltado. Permaneció despierto en la cama
un buen rato, hasta que un sonido, repetido
a intervalos, le hizo levantarse.
 El sonido venía de la galería de la entrada,
parecía como si dieran golpes en la puerta.
Pensó que debía de tratarse del viento, y que
quizás había arrastrado hasta el porche
algún objeto, algo ligero como una botella
de plástico, algo que a intervalos se movía
y tocaba la puerta de la entrada. Abrió para
comprobar de que se trataba y era una mujer:
-Llevo tiempo buscándote. Te traigo una carta.
 Estaba petrificado, incapaz de decir nada, pero
cogió el sobre y retrocedió unos pasos.
 La mujer desapareció sin decir nada más...
 Un sudor frío, como si tuviera fiebre, le empapaba
el cuerpo. Intentó caminar pero se dio cuenta
que estaba enredado en la sábana.
 Cuando despertó se quedó sentado en la cama,
luego salió al salón.
 Estaba preparando el desayuno cuando su gato
se restregó en las piernas desnudas saludándolo.
 Entonces reparó en el sobre que había sobre 
la mesa y aturdido lo cogió sin saber como había 
podido llegar hasta allí.

miércoles, 2 de octubre de 2019

BOSQUES MILENARIOS

                              1

 Cada mañana calzaba sus botas y salía
a encontrarse con los bosques inmensos.
Los colores de otoño despedían los días
aún suaves y con algo de suerte, era posible
que desde el fondo del valle llegara el canto
poderoso del ciervo, reclamando su espacio,
invitando a su harén a su celo desbordado.
 Llevaba consigo la cámara de fotos para
llevarse de vuelta los instantes únicos, 
irrepetibles, que había de encontrar.
 Hubo un tiempo lejano, en el que buscó los 
hongos del bosque con un interés gastronómico. 
 Ahora no los recogía, ahora los fotografiaba
para llevarse su imagen, para guardar ese instante
de encontrar frutos del bosque, como un trofeo
permanente, como un recuerdo imborrable
del placer de encontrarlos y dar fe de la increíble
fertilidad de los bosques milenarios.
 Luego, de regreso a casa, se quitaba las botas
y se abandonaba en el sofá, agotado y satisfecho.
Había conseguido traer en imágenes
instantes imborrables.

martes, 1 de octubre de 2019

                              62

 La soledad vestía de negro.
Haber perdido su apoyo, significaba entrar
en un mundo vacío, era vivir en la ausencia.
Una vestía de negro riguroso y estaba casi
ciega. La otra llevaba el luto por dentro
y sus ojos buscaban algo de luz en las tinieblas.
 La soledad de ambas viudas era negra.
A una, anciana ya, casi ciega, vestida de negro,
podías verla, cada día, caminar tanteando las
paredes de las calles hasta llegar a un lugar,
repleto de niños jugando, un lugar con la estufa
encendida, donde a parte de calentar sus huesos,
le daban palabras buenas, y un plato de comida.
Aquel lugar, debía de ser el cielo, pues era la casa
de un hombre bueno.
 La otra, aún joven, vestía siempre con clase,
iba arreglada, el luto lo llevaba por dentro, pero
sus ojos miraban en negro, estaban de luto,
y en el supermercado, podías verla mirando
las estanterías, como buscando, pero hacía
tiempo que solo buscaba llenar su ausencia,
buscaba encontrar a alguien entre la fruta
y el pescado, y sin que nadie sospechara
ansiaba en secreto a alguien. Hacía tiempo,
que se cruzaba con alguien, tal vez conocido,
alguien que frecuentaba la fruta, alguien
al que cada día esperaba en silencio,
y sin que se diera cuenta, cuando esta a su lado,
levantaba la vista despacio para observarlo.
 La soledad vestía de negro.
 Llenaban sus vidas
 con vidas ajenas
 olvidando ausencias.