jueves, 3 de octubre de 2019

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 Por la tarde, volvió a calzar sus botas y regresó
al bosque con su cámara de fotos.
 El tiempo era imprevisible y aunque el sol estaba
presente, por precaución había llevado con él un
chubasquero, que en caso de lluvia le protegiera.
 Los bosques inmensos, en el horizonte llegaban
hasta el cielo y la fotografía conseguida cada día
era distinta, irrepetible, capturaba un instante
preciso de la exquisita belleza que andaba 
buscando.
 Llegó hasta un saliente rocoso, en la curva del
camino, desde el que pudo contemplar extasiado
toda la belleza de aquel sitio. Luego su cámara
empezó a inmortalizar todos los rincones.
 Las nubes se empezaban a apretujar bajo los
imponentes farallones de piedra de la montaña
y permitían, a intervalos, que el sol penetrara
las nubes y llenara de luz los impresionantes
colores de los árboles en el otoño.
 Las primera gotas de lluvia empezaron a caer
y tuvo que regresar de prisa, protegido por
el chubasquero del aguacero que se le avecinaba.
 Llegó a casa empapado hasta los huesos
y su gato se le acercó para darle consuelo.
-Gracias, Naufrago- le dijo.

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