domingo, 25 de septiembre de 2016

                      28

Lo enterró junto al pozo y estuvo dando vueltas
todo el día para no entrar en casa, pero al caer
la noche entró. La chimenea estaba apagada
y se notaba el frío. Norah Jones no cantaba al piano
y tampoco había luz para leer. Se tumbó en el sofá
para ver si llegaba el descanso pero solo pudo escuchar
la lluvia en el jardín. Entonces sonó el móvil, era
Mariangeles.
--¿Andrés?-dijo con voz temblorosa- perdona que te
llame...Pero es que ...Es que voy a Lesbos...No sé si
estás de guardia...Así que pasaba por tu puerta y me
he parado...
Andrés se asomó a la ventana y vió su coche en la
entrada. Salió a abrir la puerta y la encontró de pie
bajo la lluvia.
--He abandonado a mi marido.
La abrazó con fuerza y no paraba de temblar.
--Anda, pasa. Tranquila, estás en tu playa.
Pasaron adentro y Andres pensó que Naufrago descansaría
en paz esa noche, pero tendría que explicarle que no
habían vuelto a Lesbos. Que estaban en casa.
Atendiendo un naufragio.
                     27

Las obras de reforma empezaron según lo convenido.
Ocuparon la parte posterior desde la que daban acceso
a la planta de arriba para no interferir en la habitabilidad
de la planta inferior que había sido reformada hacía más
de diez años. Se había fijado un plazo máximo de seis
semanas para estar terminada, pasado ese plazo habría
una penalización económica para la empresa, por lo
que era ésta la más interesada en cumplir los plazos.
Como la estructura era buena, los trabajos iban a un buen
ritmo y cuando llegó el día de la entrega de la obra, Andrés
subió por primera vez a verla y quedó maravillado. Habían
dejado una buhardilla enorme con ventanas pequeñas a los
lados que le daban una luz natural preciosa. En el centro
dejaron una columna de madera que soportaba toda la
techumbre y el suelo de madera de roble lo mismo que
el techo contrastaba con las paredes blancas.
Bajó satisfecho y buscó a Naufrago para que disfrutara
de su nueva planta y lo encontró tumbado en su alfombra
como dormido. Andrés se preocupó por su estado.
No quiso tomar la leche tibia que le puso y ni siquiera
maullaba. pensó en lo peor y tras una noche de insomnio
tuvo que aceptar el fatal desenlace.


sábado, 24 de septiembre de 2016

                        26

--¿Que van a tomar?
--¿Que te apetece?--dijo Mariangeles
--Pide tú. Lo que tu quieras.
--¿Es muy pronto para un vino? ¿Te apetece?
--Vale.
--Pues, traiganos unos vinos y algo de picar.
El camarero se fue a traerles lo pedido y Mariangeles
continuó.
--O sea, que en el fondo sigues pensando lo mismo
pero que no te irías allí otra vez. Que de alguna forma
la experiencia te dejó desilusionado ¿No?
--Más o menos. No se si tiene sentido.
--Sí, lo tiene. Hay veces que te dejas llevar por algún
motivo, pero luego no encuentras lo que buscas y eso
no hace que pierda sentido.
--Lo importante es el principio. Si lo que buscas es
algo noble tiene sentido arriesgarse, poner la vida en ello.
Si luego falla, no busques culpables, no los hay. Es lo
que pasa sin más. Hay que poner el corazón en cada cosa,
hay que arriesgar en lo que uno piensa, en lo que se cree.
Poner el corazón entre la gente, ponerlo en la sartén.
--¿Ponerlo en la sartén aunque se queme?
--Ponerlo aunque se queme.
                        25

--¿Tienes que volver?--preguntó Andres.
--No,no. Ya he terminado.
Buscaron una mesa junto a la ventana. Los coches
subían y bajaban por la Avenida en un ajetreo
interminable, como hormigas afanándose en preparar
el invierno.
--¿Echas de menos Lesbos?--dijo Mariangeles.
--No. Estoy muy lejos.
--Me refiero a lo que te hizo ir allí. ¿Ya no lo echas
de menos, ya no te hace ilusión?
--Bueno, si te soy sincero, lo que es el concepto, sí,
sigue siendo el mismo. Lesbos no es solo una isla.
Quiero decir que representa algo más. Cuando Safo
escribía sus poemas de amor a su amada, bajo las encinas,
con el canto de la chicharra de fondo, empezó un camino
diferente en aquella época. Ahora ha marcado un concepto
de amor distinto, el lesbianismo. A ver si me explico.
Lesbos no es una isla más. No lo era para Safo.
Para ella era un concepto, algo poco material, era otra
cosa capaz de expresarla solo con sus poemas a su amada.
Ahora, tres mil años después, sigue teniendo ese concepto,
es como un faro, una señal, un lugar deseado.
                        24

Habían pasado un par de semanas cuando
Andres recibió la llamada.
--¿Andres? Soy Mariangeles. Ya tengo el
proyecto terminado. Puedes recogerlo cuando
quieras.
--De acuerdo. Esta tarde me paso.
Llego a primera hora de la tarde y esperó hasta
que Mariangeles terminó de atender a un cliente.
--Hola, pasa, pasa--le dijo sonriente.
--¿Como vas?. Veo que no paras.
Mariangeles le fue dando detalles del proyecto
y del presupuesto y según le indicaba Andres
iba tomando notas. Al cabo de un rato dijo:
--¿Un café?
--¿Que?
--¿Que si quieres un café? Te invito.
Salieron fuera y las calles mojadas reflejaban
las luces como si fueran espejos.
                        23

Las tardes de otoño eran doradas.
Andres buscaba la tarde de otoño como
una oportunidad. Era la luz dorada y la
esperanza de vida nueva. Era dejar atrás
el quemazón del verano, la aridez, el fuego,
las llamas que todo lo arrasaban. Podía caminar
de nuevo sobre hojas muertas en las que crecía
otra vez la vida, la hierba verde de nuevo.
Era la luz, la vida, la esperanza.
Luego, de regreso a casa, tomaba la guitarra y dejaba
que las notas salieran solas, sin prisa, como la tarde
de otoño, tan dorada, tan dulce.
Naufrago lo miraba atento, sentado frente a él.
De vez en cuando, Andres, le rascaba la barbilla
como dándole las gracias.
--Turruniau--maullaba.
Fuera, el jardín se transformaba con hierba fresca
sobre las hojas muertas.
                        22

¿Donde estaba Lesbos?
Se preguntó Mariangeles.
¿Donde quedaba esa isla? se preguntaba,
perdida por carreteras secundarias.
¿Donde estará ese sitio? Se preguntaba.
¿Como llegar hasta allí, a ese lugar
de esperanza?
Se preguntaba si existía un sitio así,
un lugar de refugio, un lugar de esperanza...
Si habría sitio para ella, entre tantas olas
salvajes, entre tantas mentiras, tantas traiciones...
Si llegaría allí su balsa. Si encontraría refugio,
si habría sitio en su playa.
Si después de su naufragio
podría encontrar la esperanza
Se preguntaba Mariangeles,
perdida, por carreteras
secundarias.

viernes, 23 de septiembre de 2016

                        21

Hablaron largamente como si fueran amigos
de toda la vida. Ella le contó detalles divertidos
por ser tan distraída, mientras acariciaba al gato
que se había subido a ella.
--Perdona--dijo ¿te molesta?
--Que va, es muy bueno. ¿Como se llama?
Andres le contó la historia de Naufrago y luego,
como quedaba vino, siguió hablando a retazos
de su vida. El tiempo de Lesbos, los días tan duros
en medio de mares implacables, tratando de ayudar
a los más débiles. Los años de Berlín, del fuego, de
la usura, de cuando se pierde el sentido de la piedad,
de la  justicia, de la hermandad. De su regreso decepcionado
por lo que habían visto Naufrago y él. Mariangeles
lo escuchaba haciendo esfuerzos por contener
las lágrimas. Naufrago se quedó dormido y la chimenea
se estaba apagando. Andres se acercó para avivar el fuego.
--Me tengo que ir--dijo levantándose.
Andres se incorporó también. El fuego iluminaba  sus caras
con un tono sepia. Estaba tan cerca de ella que su aliento
podía empañar la mirada. Se hizo un silencio largo
en el equipo de música y ella se acercó aún más y lo besó
en la mejilla. Luego cogió el bolso y salió

jueves, 22 de septiembre de 2016

                        20

El sábado, antes de anochecer, el coche de Mariangeles
entraba en el jardín.
--Menos mal que no llueve--le dijo sonriendo.
--Tengo tu carpeta, pasa.
Entraron dentro y ella se justificó apelando a su torpeza.
No había día que no echara en falta algo por ser
tan distraída. Pero no tenía remedio, no mejoraría.
--¿Quieres tomar algo?
--Me vendría bien, gracias. No he comido nada.
--Pues ponte cómoda y preparo algo.
La chimenea estaba encendida y Mariangeles se acomodó
frente a ella. La música apenas molestaba de tan suave.
Norah Jones cantaba acompañada del piano.
--¿Te gusta el jazz? Puedo poner otra cosa.
--No, no. Está muy bien, me gusta.
Sacó una tabla de quesos y unas tostadas de atún.
--¿Qué bebes?
--Lo que tú.
Andres abrió el vino y al servirlo la copa se empañó.
                        19

Luego la acompañó a la parte de arriba y le enseñó
lo que quería reformar. Mariangeles comenzó a sacar
fotos y a tomar medidas y cuando creyó que tenía suficiente
material bajaron al salón. Andres le preguntó
si necesitaba  secarse más, o si le apetecía algo
caliente y Mariangeles aceptó un café con leche.
Conversaron sobre detalles técnicos que debería aprobar
el arquitecto y le adelantó, sin comprometerse, el cálculo
estimado de la reforma. Pero tendría los detalles en una
semana. Volvía a llover y la acompañó con el paraguas
hasta el coche. Quedaron en verse cuando tuviera detallado
el presupuesto para empezar la reforma.
Andres entró en casa ilusionado..."dejadme la esperanza"...
Estaba preparando una tosta de salmón  para cenar cuando
le sonó el móvil. Era Mariangeles, había olvidado una
carpeta. Miró por todas partes y subió arriba...allí estaba.
Mariangeles le dijo si podía pasar el sábado a recogerla
cuando terminara el trabajo, y él le dijo que estaría en casa,
que podría pasar cuando quisiera.
                         18

Y Andres tuvo que volver a explicar su intención
de reformar la vieja casa familiar. Mariangeles lo
escuchaba pacientemente y luego intervenía para
que le definiera algo que quedaba parcialmente claro.
Redactaron un preacuerdo de contrato y quedaron
al día siguiente para que ella fuera a tomar medidas
y fotografías que le permitieran trabajar en el proyecto.
Andres volvió a casa satisfecho.
Al día siguiente, a la hora convenida de su visita, comenzó
a llover. Andres miraba desde la ventana cuando apareció
el coche. Había dejado la puerta abierta para que entrara
en el jardín y Mariangeles trataba de recoger todo lo necesario
del coche mientras la lluvia la empapaba. Andres acudió con
un paraguas para ayudarla.
--Gracias- le dijo.
Luego, dentro de la vivienda le dejó una toalla seca para
el pelo y ella le preguntó si tenía secador.
--Sí, en el baño. Pasa si quieres.
Y Mariangeles se pasó un buen rato, dentro, secandose la ropa.
                        17

Cuando tuvo claro que era lo que quería hacer
en la parte superior de la casa, respiró aliviado.
Dejaría una buhardilla enorme con la mayor
cantidad de luz posible. Conservaría la techumbre
de madera a la que trataría adecuadamente para
impedir el deterioro y la parte externa, bajo las tejas,
sería impermeabilizada. Luego pintaría las paredes
de blanco y el suelo en madera de roble lacado.
El mobiliario sería mínimo pero que no rompiera
el espíritu anticuario que lo identificaba.
Había visto anuncios en unos grandes almacenes
que ofrecían la reforma de la vivienda bajo proyecto
técnico y financiación adecuada a cada necesidad y
se presentó a pedir información. Le atendió un comercial
muy interesado en todo lo que Andres le explicaba.
--Entiendo, entiendo...bien...bien...de acuerdo...--asentía.
Finalmente descolgó el telefono y llamó.
--Mariangeles, ¿puedes venir un momento?-dijo.
Y Andres esperó hasta que vino Mariangeles.
                        16

El otoño era la época más delicada para la estructura
de la casa. Las lluvias indicaban los fallos ocultos en
la techumbre y en las paredes a base de recalos, goteras
y humedades.
Andres subió a la parte superior, lo que llamaban:
"la cámara" para ver el efecto de las lluvias de la noche
anterior y quedó alarmado. El agua de lluvia se había
filtrado entre las tejas por varios sitios provocando
innumerables goteras que debería mandar reparar.
Bajó las escaleras seguido de Naufrago para enfocar
la reforma de la "cámara" de la manera más acertada.
Estuvo hasta bien entrada la noche haciendo dibujos
y esquemas sobre el papel, tratando de conseguir la
reforma perfecta antes de ponerse a contratar a nadie.
Naufrago a su lado se aburría, pensaba que aquella
noche la pasaría en vela.
--¡Turruniau!--  decía tratando de animar a Andres
a que dejara el lápiz y se retirara a dormir.
Por fin se levantó de la mesa y pasó a la cocina sin
dejar de pensar en la ilusionante tarea que tenía
por delante..." dejadme la esperanza en la mesita"
pensaba mientras preparó café.
                        15
Cuando cerraba la puerta de entrada al jardín,
la noche se convertía en un refugio privado
para Naufrago y él. Entonces navegaba por los
rincones del tiempo y del espacio. No había ningún
límite, todos los sitios estaban en los libros, todas
las emociones en sus páginas, todos los deseos.
Andres se acomodó en el sillón frente a la chimenea
y cogió un viejo libro, tan usado que corría el riesgo
de desintegrarse. Era de un conocido, su profesor
de filosofía de los años de Instituto, Don Samuel.
Andres recordó la última vez que lo vio en la residencia
de ancianos empujando un andador y era la noble imagen
de un hombre digno, de un hombre íntegro. Había escrito
un par de libros de poemas que Andres leía con frecuencia.
Este llevaba por titulo "La farola de la esquina":
             "dejadme la esperanza
               en la mesita,
               en el buzón de correos,
               dejadme al alcance 
               de la mano
               el nombre 
               de la mujer amada..."

lunes, 19 de septiembre de 2016

                      14
Todo ocurría lejos del fresno gigante.
Andres se levantó para no enfriarse y retomó
la marcha. La niebla empezaba a subir ladera
arriba y dejó de llover. Pronto el sol tibio del
otoño iluminó el valle. Los colores ocres, verdes
y amarillos se mezclaban con esplendor. Tenía
que darse prisa si quería llegar hasta arriba, la vista
desde allí, con aquella luz, sería ideal para hacer
algunas fotos. Luego descendería por la otra cara
de la montaña, hasta media tarde, cuando llegaría
a casa después de ocho horas de marcha.
Naufrago lo recibió cuando abrió la puerta:
--¡Turruniau!
Luego lo siguió por toda la casa mientras se quitaba
la ropa mojada y se metía en la ducha.
Después encendió la chimenea y cuando el fuego
iluminaba la estancia tomo a Naufrago y le rascó
la barriga. Buika cantaba "falsa moneda" y comenzó
a llover de nuevo.

domingo, 18 de septiembre de 2016

                      13
Carlos esperó años en la sombra con la esperanza
de que cicatrizara la herida de Marta. Soñaba con
ella, con formar parte de su vida, pero no quería
hacer nada que la pudiera asustar, nada que la pudiera
herir aún más. Esperó y espero. La acompañaba como
si fuera su sombra a los sitios que antes visitaban los tres.
Hasta que llegó aquel día en que le permitió quedarse
en su casa. Durmió en el sofá. Luego se hizo casi una
costumbre, salían, la acompañaba a casa y se quedaba
en el sofá. Por la mañana le preparaba el desayuno y
tocaba en su puerta:
--Café con leche y tostada--decía
Cuando el tiempo borró la memoria en el corazón de
Marta, el dolor le dio una tregua. Entonces Carlos encontró
el hueco en su cama, el hueco en su almohada. Y cuando
ella acariciaba su calva susurrando "flequillo rebelde"
se mordía la lengua. Luego la oía respirar entrecortada
mientras mojaba la almohada.
"Flequillo maldito. Maldito flequillo"--pensaba.

                      12
Pasaron los años de la Facultad. Marta encontró
trabajo en Madrid pero Andres no quería quedarse,
pensaba volver al pueblo, hacerse médico rural para
no perder de vista el horizonte.
--¿Qué no te gusta?--le gritó Marta.
--No lo sé.--no grites.
Pero se fue sin más.
El dolor de la pérdida de Andres no lo superó nunca.
Todas las noches mojaba la almohada con lágrimas.
Noche tras noche esperó su regreso, una llamada,
algo que cambiara. Buscaba en silencio su ropa y
la olía para retener su aroma. Llegó a pensar que
se moriría de pena. Pero su orgullo la mantenía firme
de no salir a buscarlo. Pero cuando caía la noche
buscaba con la mano su hueco en la cama, su hueco
en la almohada:"Flequillo rebelde" y mojaba la almohada.
En medio de la tristeza veía a Carlos. Salían alguna vez
y hablaban de Andres. Los dos lo querían, lo echaban
de menos pero respetaban su ausencia.
                      11
El Madrid de los ochenta rebosaba de vida.
Recién estrenada la libertad todo el mundo
vivía en una locura colectiva, con ganas de
comerse el mundo, de divertirse.
Carlos quedaba con ellos con frecuencia. Los
recogía en su coche los fines de semana para
ir a los pueblos de la sierra. Luego volvían
a vivir la noche de Madrid. Los tres eran uña
carne. Carlos envidiaba a Andres, lo bien que
le iba, la novia que tenía pero sobretodo envidiaba
el flequillo de Andres, cuando Marta se lo arreglaba
--¡Este flequillo rebelde--decía acariciandolo.
Carlos se estaba quedando calvo. Quizás por eso
no ligaba, pensaba.
--Oye--dijo. ¿porqué no vamos un día los tres al
pueblo?
--¿Tú has estado Marta?
--Aún no. No me ha llevado.
                      10
Hacía más de cuarenta años que visitaba aquel
lugar. Se lo había enseñado Carlos, cuando salían
a buscar setas. Solían almorzar allí casi siempre.
Se acordaba de él desde entonces. Veinte años
atrás los dos eran uña y carne, hasta que Carlos
se mudó a vivir a Madrid. Vendieron la casa y
no volvieron.
Luego, ya en Madrid, se encontraron de nuevo.
--¡Andres!-- le gritó Carlos desde la otra acera.
--¡Joder, que suerte! --le dijo abrazándolo.
--¿Que haces aquí? ¿Qué es de tu vida?
--Pues, aquí, estudiando.¿Y tú?
--Trabajo cerca de aquí.
--¡Qué cabrón! ¡Estás igual!
--Tú también. Oye, tenemos que vernos, coge mi
teléfono.
Y volvieron a encontrarse lejos del fresno gigante.
Andrés le presentó a Marta.
--Es mi novia. Compañera de la facultad.
                      9
Andrés se calzó las botas para caminar por
el campo. Subiría río arriba por los senderos
que llegaban a las fuentes cristalinas donde
nacía. Allí. entre los margenes frondosos que
lo bordeaban, solían crecer setas, aunque no
pensaba encontrar todavía pues el otoño acababa
de empezar. Las lluvias eran muy débiles, apenas
si le mojaban el pelo. Andrés secaba las gotas
que resbalaban por el flequillo. Ahora su pelo
era blanco, pero seguía siendo rebelde y ni la
lluvia conseguía dominarlo. Tampoco Marta pudo
con él, cuando su pelo era negro, hacía veinte años.
--¡Este flequillo rebelde!-- le decía mientras
lo acariciaba.
"Flequillo rebelde" pensaba Andrés mientras caminaba
río arriba buscando las fuentes y secandose la fina
lluvia que resbalaba por la frente.
Se detuvo a descansar junto al fresno gigante y
sacó de la mochila el bocadillo de queso que llevaba.
                      8
Volcaba leche tibia en el plato de Naufrago y
éste lamía con ansiedad su desayuno. Esa rutina
había formado parte de su vida cada día desde
que Anderés lo rescatara del pozo.
Hacía tan solo un año desde que regresaron de Berlín
tras los crueles días de fuego y usura que vivieron.
Ahora, las cosas sencillas, como escuchar la lluvia en
el jardín, eran la costumbre diaria.
Llovía mansamente aquella mañana de otoño y Andrés
se asomaba a la ventana con el café entre las manos y
se quedaba en silencio contemplando aquella maravilla.
Naufrago lo seguía por todas partes buscando una caricia
y no paraba hasta que lograba que lo cogiera en brazos.
--¿ Eh, esta barriga?--le decía tumbándolo sobre su brazo
izquierdo mientras le rascaba en la tripa.
--Te estás poniendo gordo.
--Turruniau--contestaba.
Luego lo volvía a colocar en el suelo y ya le dejaba
tranquilo toda la mañana.
                      7
Naufrago lo despertó.
Andrés dormía profundamente. Más que el sueño
lo que le ocurría era una especie de ensayo de la
muerte, como si al quedarse dormido todo lo que
existía en el mundo desapareciera de repente, como
si nada existiera, como si se volatilizara todo. Los
ronquidos era lo único real que quedaba.
A los pies de la cama, Naufrago, escuchaba los
impetuosos ronquidos de Andres esperando que
desaparecieran con las primeras luces del alba y
si entonces no se había despertado intervenía, daba
un salto y subía a la cama, ronroneaba en la almohada
hasta le lamía la oreja para ver si despertaba. Andres
dejaba de roncar cuando la lengua del gato le hacía
cosquillas en la oreja. Tenía la sensación de que todo
volvía la vida. Las moléculas del cosmos buscaban
otra vez su origen y el ensayo de la muerte se acababa.
--¿Ya es de día?--preguntaba
--Turruniau--contestaba Naufrago.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

                        6
Y una noche el sueño se acabó.
Una noche, la codicia y la usura de los bien
alimentados destrozó los sueños de los que
buscaban una vida mejor y de los que apostaban
por ellos. Una noche su Hotel de refugiados en
Berlin ardió por los cuatro costados. El fuego
devoraba la antigua casona construida con madera
y adobe. Los gritos de pánico llegaban a todo
el vecindario entre la complacencia de aquellos
que estaban de acuerdo con los pirómanos.
Andres no podía entender tanta crueldad.
Se preguntaba como era posible que alguien
fuera capaz de hacer aquello. No había escusa
para la barbarie, ni para la falta de piedad.
Y así entre el humo y la ceniza de los sueños
abrasados decidió recoger velas y volver a casa
desilusionado. Naufrago y el volverían junto al
viejo pozo en la antigua casa familiar en donde
crecieron los sueños de buscar unas ramas secas
por las que treparan quienes andaban perdidos
en medio de mares salvajes.
                        5
Se enroló en una ONG camino de Lesbos junto
con su gato. Ayudaría como médico a los recatados
del mar. Llegaban de la otra orilla en balsas a la
deriva, sobrevivían al naufragio con la ayuda de
otros como él. Era una tarea interminable. Todos
los días la gente salía a un mar implacable que
a veces se cobraba su tributo sin piedad, privándoles
del sueño de llegar con vida, como al pequeño Aylan.
Los que tenían la suerte de ser rescatados se hacinaban
en Lesbos donde encontraban leche tibia y abrigo
como Naufrago, quien se había convertido en una
mascota aceptada por todos al conocer su historia.
Pasaron más de tres años años en Lesbos y de allí
se fueron a Berlin a un Hotel de refugiados, donde
Andres colaboraba como médico y como cocinero.
Otros cinco años dedicaron Naufrago y él su tiempo
a los desterrados, a los que huían de la guerra y el
hambre, a los que arriesgaban su vida por encontrar
una rama seca a la que agarrarse para salir del infierno.
                        4

Naufrago- así lo llamó- dejó de temblar cuando
le puso un plato con leche tibia y que este se
encargó de lamer hasta saciar el hambre y el frío.
Luego, arropado en la toalla se durmió a su lado
mientras Andres seguía el partido en la tele.
La cómoda vida de Andres estaba a punto de ser
alterada por aquel gesto noble de rescatar al gato.
Tenía cincuenta años, un poder adquisitivo aceptable
y un trabajo estable como médico. Pero su carácter
agrio, casi insociable, hacía que todas sus relaciones
fracasaran sin remedio. El llegó a pensar que eran
los demás quienes no se adaptaban a su forma de ser,
pero en el fondo le quedaba la duda de si no era su
tendencia a la comodidad, a no hacer esfuerzos por
los otros, lo que le convertía en un ser solitario.
Puede que fuera su enorme satisfacción por haber
salvado a Naufrago lo que le hacía sentir tan a gusto.
Aquello y las noticias que acababa de ver sobre la
tragedia de los refugiados que intentaban llegar a
la cosa de Europa le hizo plantearse su cómoda vida.
La imagen del pequeño Aylan en una playa turca
terminó por concretar su salto al vacío, su salto
a una nueva vida. Dejaría atrás su mundo tranquilo.

martes, 13 de septiembre de 2016

                        3
Andrés aún recordaba el maullido lejano
de aquella tarde...Estaba preparando una tabla
de quesos para ver el partido de la jornada en
la tele cuando el maullido comenzó. No hizo
mucho caso al principio pues en los rincones
más apartados del jardín era frecuente que las
gatas salvajes tuvieran sus camadas y sorprendía
a los gatos jóvenes cuando jugaban distraídos
y ajenos a su presencia. Pero este maullido era
especialmente llamativo pues no cesaba. Así que
salió al jardín a ver que ocurría. El maullido salía
del viejo pozo que había junto a la leña. Levantó
la tapadera que lo cubría y se asomó.
En el fondo del pozo, subido en una piedra, rodeado
de agua fría, como un naufrago temblaba un diminuto
gato que no paraba de maullar. Andrés pensó que debió
caerse mientras exploraba el pozo.
--Tranquilo pequeño. Intentaré sacarte de ahí--le dijo.
Buscó unas ramas secas lo bastante largas para llegar
hasta él, con la esperanza de que el animal trepara
por ellas y funcionó. El gato, tembloroso y hambriento
subió por las ramas con todas sus fuerzas.
--¡Muy bien, muy bien. Vamos, vamos!--lo animaba.
--Hola naufrago, casi no lo cuentas- dijo tapándolo.

lunes, 12 de septiembre de 2016

LA APUESTA

                          2
Hizo su apuesta definitiva sin asumir ningún
riesgo. Esta vez jugaba sobre seguro." como
la falsa moneda, que de mano en mano va y
ninguno se la queda..." había sido hasta entonces
su apuesta fallida. Pero ahora no, ahora no podía
fallar. El otoño prometía con dejar claro que
las hojas muertas serían arrastradas sin remedio
por la lluvia cercana. Ahora era una certeza
que en medio de la noche oscura el fuego habría
de alumbrar la estancia. Era una certeza que estarían
a salvo Naufrago y él, lejos de mares salvajes que
podían convertir el jardín más hermoso en un
amasijo de piedra y lodo. Abrió el vino y la copa
se empañó enseguida como una promesa fresca
capaz de calmar los labios abrasados. La luna
se asomaba entre los sauces gigantes de la entrada
y Buika seguía con su voz de fresa desgranando
canciones de desamor.
Naufrago se subió encima y empezó a lamer su cara.