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Las tardes de otoño eran doradas.
Andres buscaba la tarde de otoño como
una oportunidad. Era la luz dorada y la
esperanza de vida nueva. Era dejar atrás
el quemazón del verano, la aridez, el fuego,
las llamas que todo lo arrasaban. Podía caminar
de nuevo sobre hojas muertas en las que crecía
otra vez la vida, la hierba verde de nuevo.
Era la luz, la vida, la esperanza.
Luego, de regreso a casa, tomaba la guitarra y dejaba
que las notas salieran solas, sin prisa, como la tarde
de otoño, tan dorada, tan dulce.
Naufrago lo miraba atento, sentado frente a él.
De vez en cuando, Andres, le rascaba la barbilla
como dándole las gracias.
--Turruniau--maullaba.
Fuera, el jardín se transformaba con hierba fresca
sobre las hojas muertas.
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