miércoles, 14 de septiembre de 2016

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Naufrago- así lo llamó- dejó de temblar cuando
le puso un plato con leche tibia y que este se
encargó de lamer hasta saciar el hambre y el frío.
Luego, arropado en la toalla se durmió a su lado
mientras Andres seguía el partido en la tele.
La cómoda vida de Andres estaba a punto de ser
alterada por aquel gesto noble de rescatar al gato.
Tenía cincuenta años, un poder adquisitivo aceptable
y un trabajo estable como médico. Pero su carácter
agrio, casi insociable, hacía que todas sus relaciones
fracasaran sin remedio. El llegó a pensar que eran
los demás quienes no se adaptaban a su forma de ser,
pero en el fondo le quedaba la duda de si no era su
tendencia a la comodidad, a no hacer esfuerzos por
los otros, lo que le convertía en un ser solitario.
Puede que fuera su enorme satisfacción por haber
salvado a Naufrago lo que le hacía sentir tan a gusto.
Aquello y las noticias que acababa de ver sobre la
tragedia de los refugiados que intentaban llegar a
la cosa de Europa le hizo plantearse su cómoda vida.
La imagen del pequeño Aylan en una playa turca
terminó por concretar su salto al vacío, su salto
a una nueva vida. Dejaría atrás su mundo tranquilo.

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