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La soledad vestía de negro.
Haber perdido su apoyo, significaba entrar
en un mundo vacío, era vivir en la ausencia.
Una vestía de negro riguroso y estaba casi
ciega. La otra llevaba el luto por dentro
y sus ojos buscaban algo de luz en las tinieblas.
La soledad de ambas viudas era negra.
A una, anciana ya, casi ciega, vestida de negro,
podías verla, cada día, caminar tanteando las
paredes de las calles hasta llegar a un lugar,
repleto de niños jugando, un lugar con la estufa
encendida, donde a parte de calentar sus huesos,
le daban palabras buenas, y un plato de comida.
Aquel lugar, debía de ser el cielo, pues era la casa
de un hombre bueno.
La otra, aún joven, vestía siempre con clase,
iba arreglada, el luto lo llevaba por dentro, pero
sus ojos miraban en negro, estaban de luto,
y en el supermercado, podías verla mirando
las estanterías, como buscando, pero hacía
tiempo que solo buscaba llenar su ausencia,
buscaba encontrar a alguien entre la fruta
y el pescado, y sin que nadie sospechara
ansiaba en secreto a alguien. Hacía tiempo,
que se cruzaba con alguien, tal vez conocido,
alguien que frecuentaba la fruta, alguien
al que cada día esperaba en silencio,
y sin que se diera cuenta, cuando esta a su lado,
levantaba la vista despacio para observarlo.
La soledad vestía de negro.
Llenaban sus vidas
con vidas ajenas
olvidando ausencias.
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