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Era una estación desconchada y fría
en una mañana en blanco y negro.
Arrancaba un tren y en la ventanilla una mano
anunciaba el adiós, anunciaba el amargo sabor
de la ausencia, la fría consciencia de estar solo
en el andén, lejos de casa.
Con doce años se aprende la nostalgia.
Una estación de tren, desconchada y fría, y una
despedida en el andén en blanco y negro marcan
para siempre. La soledad recién estrenada será
asumida como algo normal, será acogida como
una necesaria compañía, no buscada.
Y sin embargo, pasado el tiempo, cuando más
de cincuenta años se quedaron por el camino,
el blanco y negro de una estación desconchada
y fría se convierte en una agradable cita con
la ternura, un elemento indispensable en la
escuela de la vida.
Con el paso de los años,
con el tiempo,
la vida
se llena de color
y una despedida
en blanco y negro
en una lejana estación
desconchada y fría,
se convierte
en algo entrañable
y lleno de ternura
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