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El sol de otoño era perezoso,
le costaba levantarse
y sin embargo tenía un tono dulce,
como de miel,
que invitaba a salir al jardín.
En el norte maduraban las uvas
con ese sol tan dorado
que pronto dejaría lista
la cosecha de somontano.
Los gatos más expertos
buscaban por los rincones
ese sol perezoso
cuando las golondrinas
ya se habían ido,
buscaban
los rayos
capaces de dorar las uvas
que traerían
el delicioso
somontano
y en los bosques inmensos
se contagiaba
la pereza de aquel sol
y los robles
empezaban
a dejar
caer
las hojas.
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