53
Un sol acabado incendiaba el horizonte
de tal manera que el cielo rojizo
se fundía con el mar.
-¿En qué piensas?
Cada vez que él se quedaba mirando, ensimismado,
parecía tan ausente, que ella trataba de retenerlo
como si su ausencia fuera un adiós, un mal presagio.
-¡Bésame!- dijo, acercándose a él para atraerlo.
El la besó, luego acercó
la helada copa a los labios y bebió el vino blanco.
Aquel lugar estaba
protegido del viento
por el cristal,
pero no impedía asomarse
al precipicio rocoso
en el que rompían las olas
y en la tarde,
cuando el sol se iba,
acudían a cenar allí
por la belleza inigualable
de aquel sitio,
entonces
las últimas golondrinas
se agrupaban en los veleros
antes de emprender el vuelo
y arrastraban,
sin remedio,
el corazón
en su viaje de regreso.
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