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Pareció que su presencia era inexplicable,
que no era real su existencia, que no fueron verdad,
pero resultó cierto, resultó que estarían para siempre
en un lugar sagrado, un merecido lugar de París
a donde van a parar las cosas buenas.
Porque Deseada tuvo que salir de algún lugar en el que
se produce lo definitivamente perfecto, un lugar como
si fuera el cielo, por su belleza inigualable y tan admirada
por todos, y ¿que decir de sus dibujos, de la maestría
de sus trazos?, su mano estaba hecha para plasmar
el arte más exquisito, para dejar constancia de la belleza
que hay en interior de las cosas.
Porque Luma supo como nadie hacer del canto de la nana
el arrullo imprescindible para el sueño de un bebé:
"calma, calma, deja que el beso dure, calma, calma".
Y porque la Escondida trajo la dignidad a ese último
instante, a esa frontera que hay que cruzar alguna
vez, al momento de ir al más allá, de llegar
al reino de los muertos con un rayo de luna,
nadie como ella puso tanta dignidad y respeto,
nadie puso tanta piedad a ese definitivo instante.
Por eso hay un lugar en París para todas ellas,
un merecido lugar donde estarán para siempre
Deseada, Luma y la Escondida cuando todo acabe.
Puede que parecieran irreales,
que su presencia solo fuera un sueño,
pero vinieron de un lugar hermoso
para hacernos la vida más fácil
y nadie podrá decir nunca
que no existieron.
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