miércoles, 2 de octubre de 2019

BOSQUES MILENARIOS

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 Cada mañana calzaba sus botas y salía
a encontrarse con los bosques inmensos.
Los colores de otoño despedían los días
aún suaves y con algo de suerte, era posible
que desde el fondo del valle llegara el canto
poderoso del ciervo, reclamando su espacio,
invitando a su harén a su celo desbordado.
 Llevaba consigo la cámara de fotos para
llevarse de vuelta los instantes únicos, 
irrepetibles, que había de encontrar.
 Hubo un tiempo lejano, en el que buscó los 
hongos del bosque con un interés gastronómico. 
 Ahora no los recogía, ahora los fotografiaba
para llevarse su imagen, para guardar ese instante
de encontrar frutos del bosque, como un trofeo
permanente, como un recuerdo imborrable
del placer de encontrarlos y dar fe de la increíble
fertilidad de los bosques milenarios.
 Luego, de regreso a casa, se quitaba las botas
y se abandonaba en el sofá, agotado y satisfecho.
Había conseguido traer en imágenes
instantes imborrables.

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