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Durante días la rutina fue su compañía habitual,
tomaba un desayuno ligero de galletas y café
soluble con leche. Después del aseo caminaba
un poco por la cala y luego subía a lo alto del peñón.
Allí permanecía largo rato hasta que encontraba
las ganas de volver a la tienda y ponerse a escribir.
En una de aquellas mañanas pensó que debía visitar
la otra cala que estaba en el extremo opuesto de la
isla. Debería atravesar aquella maraña de zarzas
y arbustos. Abrirse paso en el inexplorado lugar.
Se preparó con botas y ropa adecuada y emprendió
la marcha hasta el otro extremo de la isla. El sol
quemaba con fuerza y hacía más difícil avanzar
entre aquella vegetación salvaje. Llevaba una botella
de agua que terminó de un solo trago antes de llegar.
Casi dos horas de esfuerzo invirtió para alcanzar
el otro extremo, pero mereció la pena. Aquella cala
estaba rodeada de pinos y el mar era sereno, apacible
y transparente. Buscó el abrigo de la sombra para
descansar y estuvo un tiempo disfrutando de todo.
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