lunes, 16 de mayo de 2016

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Había descubierto aquel islote hacía unos años
en un viaje de placer, navegando en un velero con
unos amigos por las islas griegas.
Desde que alguna novela de su dilatada obra literaria
fuera llevada al cine y resultara ser una gran obra que
le proporcionó fama y dinero, se había fijado metas
distintas y se convirtió en un explorador. Buscaba retos
constantemente, de ahí surgieron sus estancias
prolongadas en San Petersburgo o en Manhattan.
Ahora el reto era completamente distinto, vivir
solo en una isla deshabitada. Así lo tuvo claro
en el momento en que contempló aquel islote,
no mayor de doce hectáreas. Su idea era simple,
vivir como un naufrago en aquel sitio. Nada de aparatos
electrónicos, nada de cosas superfluas, solamente
lo imprescindible: una tienda de campaña, una cama
y alimentos. Preparó este reto concienzudamente
y dejó dadas instrucciones precisas a sus abogados,
a familiares y conocidos. Un barco acudiría
regularmente a llevarle agua, alimentos y ropa limpia
y retiraría la basura y la ropa usada. Hizo los tramites
necesarios con las autoridades griegas y tomó posesión
del lugar un día luminoso bien entrada la primavera.

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