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--"Los viejos humanizan el paisaje".
Carlos pensaba en aquella frase mientras
caminaba descalzo por la arena de la desierta
playa. Cuando era pequeño, los viejos eran
parte del paisaje. Eran como un árbol, como
una piedra, algo más, sin identidad alguna,
sin que nada los destacara del entorno. Pero
ahora cuando todo estaba sin ellos, el paisaje
era desolado, desértico, sin personalidad.
Por eso pensaba que los viejos humanizaban
el paisaje, lo integraban en una realidad más
allá de lo material, le daban contenido espiritual,
en una palabra lo "humanizaban".
Pero había perdido el tiempo hasta llegar a com-
prenderlo. Había tardado toda su vida y ahora
cuando encontraba alivio a su fobia social en
aquella isla deshabitada a la que se había retirado
añoraba la presencia de los viejos, por encima
de todo. Mucho más que la sociedad como la
había conocido, tan compleja, tan artificial,
tan hipócrita, echaba de verdad en falta a los
viejos, echaba en falta que el paisaje fuera
humanizado por esos viejos anónimos,
insignificantes, que poblaban las esquinas,
las ciudades, los parques.
Por primera vez sintió la soledad de estar solo.
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