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En Manhattan, en medio de una multitud,
como un desconocido, como un ser solitario más,
Carlos se sintió solo. Era una soledad agobiante
pues el hecho de estar rodeado de un montón
de gente la hacía más acuciante, más desoladora.
Era distinta de la soledad que ahora sentía
en su isla deshabitada. Se sentía solo, pero era
una soledad cautivadora. Las plantas, los árboles,
las rocas, cada piedra, cada grano de arena eran
únicos, como él. Todos estaban solos, eran únicos,
irrepetibles, por eso no era una soledad agobiante
sino cautivadora, una soledad que transmitía paz,
que lo reconciliaba con el resto del universo, que
lo hacía más humano, que le otorgaba su propia
identidad. Cualquier hierba insignificante, cualquier
insecto de aquella isla eran también parte del
universo, tenían sentido como él, tenían su propia
identidad. Todos eran únicos, seres irrepetibles,
todos se identificaban con aquella soledad tan
cautivadora.
Pensaba en todo eso cuando la noche se adueñaba
de su pequeña isla.
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