miércoles, 18 de mayo de 2016

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No sabía el tiempo que había estado dormido
pero cuando despertó su cabeza le ardía y las
manos las tenía hinchadas y entumecidas de
las heridas que debió hacerse entre la enmarañada
vegetación. Una tos infernal le sorprendió de
repente y le produjo un espantoso dolor en el
pecho. Carlos pensó que debía de tener fiebre
y no se levantó. Debió dormir profundamente
pues cuando abrió los ojos era de noche.
El viento soplaba fuera de la tienda y el mar
rugía salvaje.
Carlos no podía moverse, siguió largo rato
escuchando las olas hasta que de repente le
sorprendió un sonido distinto, lejano. Prestó
atención y le pareció que eran risas lejanas.
Tal vez fueran alucinaciones por su estado febril
pero volvió a escucharlas y efectivamente eran
risas. Alguien había llegado a su playa. No
conseguía moverse pero de vez en cuando las
risas se oían perfectamente. Se trataba de un niño,
era sin duda la risa de un niño. Pero también había
una mujer. Decía algo que hacía reír al niño.

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