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Habían pasado los días grandes, los de éxito,
aquellos en que sus libros eran esperados y
aquellos en que viajaba a las ciudades más
hermosas como San Petersburgo en las que
encontraba refugio para escribir alejado de
miradas indiscretas. Ahora, cuando ya nada
recordaba de todo aquello, ni siquiera su
nombre, vivía junto a una ventana que daba
a un jardín y en el que encontraba recuerdos
que vagaban como fantasmas entre los pinos
y las rosas. Aquello y las manos amables
de su cuidadora lo mantenían en un estado
afable y conectado al mundo con pequeños
estímulos, como la música que le ponían o
como el olor dulce del agua de la ducha
o la comida que con tanto mimo le daba
su cuidadora, aquella joven de suave mirada
y voz encantadora.
La puerta se abrió y alguien dijo su nombre:
--Malena, ¿Ya has terminado?
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