PUNTO DE REFERENCIA
Ana aparcó el coche a la entrada de la Residencia,
justo al lado de los pinos. Se había convertido en
una costumbre semanal ir a visitar a su padre que
estaba allí ingresado desde que su avanzada edad
le impedía valerse por sí mismo.
-¿Que has comido?-le preguntaba.
Su padre le contestaba con voz cansada y movía las
manos para explicarse. Aquellos gestos y su rostro
marchito eran todo lo que Ana necesitaba para sentirse
reconfortada. No eran muchas palabras, pero necesitaba
escucharlas, sobretodo en días inciertos, en días sin
rumbo, en los que los acontecimientos la hundían.
Eran para ella un refugio, un punto de referencia, un
lugar al que acudir. Sabía de sobra que el tiempo se
acababa y entonces se quedaría sin referencia, se
encontraría sin rumbo, perdida sin un faro al que
dirigirse en medio de la tormenta. Por eso cuando
se marchaba, giraba la cabeza para no perder de
vista ese punto de referencia. Era tan frágil. Apenas
unas frases, un rostro marchito y unas manos inquietas
señalaban su rumbo.
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