lunes, 5 de agosto de 2019

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 Si la vida languidece tanto, 
tanto que parece oscura, 
se necesita algo más que vocación
se necesita valor para entenderla, 
hace falta algo más que oficio para no entregarse, 
para no rendirse a la primera.
 Hay días duros como el acero,
días en los que levantarse cuesta 
y sin embargo
él siempre está ahí, 
detrás de la barra, 
desde que sale el sol hasta que la luna se acuesta. 
 Se le nota el peso de los días, 
se le nota la pena 
que le va haciendo inclinarse 
y es que no existen hombres de acero, 
no existen los héroes.
 Languidece la vida tanto que a todos nos puede,
pero a él, testigo diario de los que se van yendo,
notario de las ausencias, 
a él, lo apena más que a ninguno.
 Pasó todos sus días atendiendo detrás de la barra,
pasó todos sus días teniendo la puerta abierta,
siendo el guardián del pueblo.
 Ahora lo veo apagarse, 
andar envejecido, 
como si la vida que se apaga  
se lo llevara rendido, 
más que entregado, 
hundido.
 Testigo de las ausencias 
me apena su tristeza,
y ese caminar suyo, tan hundido.

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