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Las gaviotas tomaron posiciones sobre los islotes
que bordeaban la costa, cuando el sol aparecía
en el horizonte.
Anibal contemplaba desde lo alto de la cornisa
rocosa como las olas se dormían en la playa
desierta al amanecer.
Siroco estaba inquieto, trataba de galopar hacia
el interior del desierto, pero la mano de Anibal
lo calmaba acariciando sus largas crines.
-¿Dime donde estás, donde te fuiste?
Bandadas de flamencos volaban sobre los cedros,
rumbo al sur buscando el Chott El Jerid donde
la lluvia debía de haber llegado por fin.
-¿Porqué veo tu nombre escrito en todas partes,
tu nombre escrito entre los cedros?
La playa seguía desierta
y Siroco esperaba inquieto
galopar sin descanso
sobre la arena fresca.
La lluvía llegaba
al interior del desierto
y traía esperanza
a los flamencos.
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