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El gran pájaro de hierro se posó sobre el pantano,
luego alzó el vuelo con un sonido atronador, inclinando
las alas para girar, y al pasar sobre las llamas, soltó
toda la lluvia que llevaba en su interior.
El arrendajo lo observaba asombrado, sabía que cuando
acabara con el fuego, no volvería a verlo nunca más.
Luego bajó al fondo del valle, donde las llamas
se extinguieron la noche anterior y encontró piñas
abiertas, con los piñones asomando, pero ese no era
su trabajo, eso era cosa de la ardilla.
El buscaba bellotas,
las iría enterrando en la tierra húmeda,
a mitad de la ladera, junto a la roca que
servía de referencia,
eran su despensa para el otoño,
también para el largo invierno,
pero algunas
brotarían en primavera
y salpicarían
de diminutos robles la ladera
y en pocos años,
serían la garantía
de su despensa
para
los próximos
inviernos.
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