martes, 20 de agosto de 2019

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 El gran pájaro de hierro se posó sobre el pantano,
luego alzó el vuelo con un sonido atronador, inclinando
las alas para girar, y al pasar sobre las llamas, soltó
toda la lluvia que llevaba en su interior.
 El arrendajo lo observaba asombrado, sabía que cuando
acabara con el fuego, no volvería a verlo nunca más.
 Luego bajó al fondo del valle, donde las llamas 
se extinguieron la noche anterior y encontró piñas 
abiertas, con los piñones asomando, pero ese no era 
su trabajo, eso era cosa de la ardilla. 
 El buscaba bellotas, 
las iría enterrando en la tierra húmeda, 
a mitad de la ladera, junto a la roca que
servía de referencia,
eran su despensa para el otoño,
también para el largo invierno, 
pero algunas 
brotarían en primavera 
y salpicarían 
de diminutos robles la ladera 
y en pocos años, 
serían la garantía
de su despensa
para 
los próximos
inviernos.

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