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Los tenía absolutamente entregados.
Sabía de sobra que todos aplaudirían a rabiar
aquellos juegos que su imaginación infantil
iba creando, lo sabía, pero había algo más,
había en el ambiente algo mágico,
algo que hacía latir de nuevo
aquella casona antigua,
aquellos muros centenarios.
En la entrada,
sobre ladrillos cocidos,
daba fe de su noble pasado
la fecha inscrita,
más de trescientos años,
decía,
casi cuatro siglos.
En el techo el escudo nobiliario.
Los arcos y muros de piedra
fueron testigos de los pasos,
de la vida y los sueños
de aquellos que la habitaron.
Ahora,
juegos infantiles
y aplausos,
le devolvían la vida.
A veces las paredes,
los arcos y muros
centenarios,
laten con la vida
de los juegos
infantiles
que un día cualquiera
regresan
y arrancan aplausos.
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