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Las 4.30 de la madrugada de una noche cualquiera,
esa hora de cristal en la que todo sucumbe, esa en la
que hay que ser duro como el acero para soportar
su enorme peso, esa hora en la que hay que ser preciso
como el diamante frente al infortunio y la desgracia.
Hay un lugar en París para esa hora. Un lugar sagrado
para guardar lo mejor del ser humano, lo mejor de
todos ellos con los que compartí mi vida entera.
Las 4.30 de la madrugada de una noche cualquiera,
esa hora de cristal en la que todo sucumbe menos ellos,
los compañeros de hospital, duros como el acero,
capaces de soportar el enorme peso de esa hora,
precisos como el diamante
frente al infortunio y la desgracia
Vidas anónimas que hicieron
de este mundo un lugar más humano,
más decente y piadoso frente al dolor,
compañeros de hospital,
anónimos,
a los que guardará París
un lugar especial,
un lugar sagrado,
con todos sus nombres
grabados
para
cuando todo termine.
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