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-Sueltate el pelo- te dije.
Y cuando lo soltaste y agitaste la cabeza antes
de mirarme, supe que no habría nunca nada
tan suave como tú.
Sabían a cereza tus labios, y mientras neblinaba
en Cádiz, la noche se hizo de seda.
Cuando amanecía, toda la casa se vistió de luz.
Abajo rompían las olas en el castillo.
Caminé descalzo tras de ti, era como perseguir
un sueño.
Tu perfume de manzana, tus ojos, negros como
la noche y tu delgada cintura meciendo las caderas,
me atraparon, me hechizaron de tal forma
que supe entonces, que cuando los recuerdos
se perdieran, cuando nada se pudiera hacer
por retenerlos, siempre nos quedaría París
nos quedaría ese lugar
a donde van las cosas buenas,
ese sitio donde nunca se pierden
los recuerdos más puros,
aquellos que vivimos
intensamente,
como la noche tan hermosa
que vivimos
mientras
neblinaba en Cádiz.
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