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Los sucesivos fracasos lo convirtieron en una obsesión.
Nos habían hablado de su efímera existencia, pero no
teníamos claro el lugar exacto y teníamos que buscarlos.
Año tras año, intentar localizar los narcisos salvajes
fue baldío, fue un esfuerzo inútil.
No conseguíamos encontrarlos y el desánimo era cada vez
mayor. Hasta aquel año, aquel año, en que, así sin más,
aparecieron. Es difícil precisar como ocurrió, pero de
repente aparecieron, nos encontraron a nosotros.
Su esplendor, su belleza inigualable, se mostraba ante nosotros
por fin y el esfuerzo realizado tuvo su recompensa, hizo que
la emoción contenida se agolpara en la garganta, aquella tarde
luminosa de primavera.
Narcisos salvajes a millares,
se extendían ante nosotros.
Puede que su efímera existencia
fuera la razón de su exquisita belleza.
En algún lugar de la memoria
se quedaron para siempre con nosotros,
como un codiciado tesoro.
Narcisos salvajes
nacen cada primavera
para ser admirados.
Su delicada belleza
luciendo bajo el sol,
merece ser guardada
celosamente
en Paris
cuando todo termine.
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