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Cuando llegaba junio, el fresno madrugaba,
extendía sus ramas y derramaba la sombra
en el jardín. Había guardado un humilde silencio
durante el invierno, pero en junio hacía notar
su presencia y bajo su sombra se empezaban
a lucir los cestos de frambuesas, nísperos,
brevas, melocotones, albaricoques.
Las rosas competían por los rincones.
Ya se habían ido los lirios, los jacintos, los narcisos
y los tulipanes, pero quedaban las azucenas y las rosas.
Todavía era pronto para las almendras y las nueces,
esperaban a los pistachos y las avellanas.
Pero en junio, el fresno despertaba
y extendía sus ramas
siempre silencioso
siempre humilde
y daba su sombra
sin pedir nada
a cambio.
A sus pies,
las flores
y las frutas
reclamaban
toda la atención
en el hermoso jardín.
Entonces, el aire del desierto
se llevó su sombra humilde
para guardarla,
para no perderla,
cuando todo termine
y cuando
solo
nos quede Paris.
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