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Ya ves, Gandalf, amigo, que perderemos
esta batalla, que no ganaremos. Vendrá ese
día lejano en el que nos arrebaten hasta
el último de los recuerdos.
Entonces amigo, tú, el mago blanco, llévame
a ese lugar de nuevo, ese sitio de Paris donde
quedan los recuerdos.
Verás, es que hay un lugar al que llegas al volver
una esquina. De repente, algo llama tu atención.
Son cuatro columnas que aparecen, sólo cuatro,
para soportar un capitel. Están detrás de la esquina
pero te atraen tanto que no puedes resistirte a
su llamada. Al girar la esquina puedes ver
de que se trata, es una plaza enorme y se inclina
ante su belleza. Has de levantar la vista
siguiendo su fachada que sube hasta el cielo para
apreciar toda su belleza. Es la arquitectura,
las pinturas, los frescos, las esculturas, todo lo que forma
su fachada. Es la Basílica de San Marcos, en Venecia.
Has de contener las emociones, con nervios de acero,
has de sujetar el llanto que pide paso a borbotones
en la garganta y los labios, ante su enorme esplendor
y su infinita belleza.
Ya sabes amigo, que perderemos esta batalla,
que no conservaremos ni uno solo de los recuerdos,
pero entonces, amigo, llévame allí,
a ese lugar tan hermoso,
allí,
ante tanta belleza,
tal vez,
recuerde
mi nombre.
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