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Siempre nos quedará Paris.
Nos quedará un lugar seguro donde guardar los sueños.
Cuando ya no podamos retener los recuerdos
y seamos un vacío, sin historia, nos quedará Paris.
Allí encontraremos una tarde de verano, tan cálida
que el sol más que dorado era dulce como la miel.
Una tarde de estío donde todo lo que importa es
buscar nidos. Buscar nidos en el campo,
entre cerezos salvajes, entre rocas inaccesibles,
con el corazón latiendo desbocado y los labios
tan resecos que había que descender hasta el fondo
del barranco a buscar el río, a beber con ansiedad
cuando las ranas ya se había escondido en el fondo,
y sentir las cristalinas aguas, frescas bajo el sol,
sentir la pureza salvaje del entorno,
con el corazón tan limpio y los labios agrietados.
Hay lugares de la infancia
que merecen
ser guardados del olvido.
Tardes de verano
en las que solo importa
buscar nidos
y saciar los labios
en las aguas del río.
Tardes puras,
como el corazón
infantil,
siempre puro,
siempre limpio.
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