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El tímido sol se filtraba por la ventana sin ningún
sentido. La luz del atardecer pretendía dar vida
al interior de la casa derruida, cuando las chicharras
habían dejado de cantar.
El sol se empeñaba aquella tarde de verano en dar
luz al interior, pero ya no hacía falta, hacía tiempo
que el tejado se había hundido y la casa estaba
a cielo abierto, desprotegida, abandonada para siempre.
Pero desde dentro, a través de la ventana de aquella
pared que quedaba en pié, el inmenso bosque que se
extendía hasta el horizonte, llegaba a tocar el cielo.
Hacía tiempo que las chicharras dejaron de cantar,
pero aquella ventana seguía en pié, seguía esperando
en vano que el sol pasara al interior para dar vida,
aunque ya no hacía falta, ya no quedaba nadie,
ni nadie se asomaba a contemplar desde allí,
el hermoso espectáculo de un bosque tan inmenso
que en el horizonte llegaba a tocar el cielo.
Los bosques inmensos se extendían hasta el horizonte
para tocar el cielo, cuando las chicharras
habían dejado de cantar hacía tiempo
y el tímido sol de la tarde
se colaba por la ventana
para dar vida.
Puede que la ventana lo supiera,
puede
que no fuera en vano
su gesto tan hermoso,
que se quedara grabado
para siempre,
para
cuando todo termine
y solo nos quede París.
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