sábado, 6 de julio de 2019

                             18 

A través de la ventana, oculto tras los visillos,
podía observar el espectáculo de los gatos, 
persiguiéndose unos a otros, a intervalos.
 Habían nacido en primavera y tenían su morada
oculta en la celinda, se arriesgaban a salir a 
explorar solo de vez en cuando, y si estaba todo
a su gusto comenzaban los juegos.
 La tarde era dorada en el jardín. El viento mecía
las hojas del fresno y el más atrevido de todos los
gatos se empeñaba en subir por el tronco, trepaba 
las primeras ramas y desde allí miraba con orgullo
al resto de la camada. Pero su curiosidad no tenía
limites y arriesgaba al máximo con su temeridad. 
Una de las ramas del fresno, sobresalía hasta cruzar
la torre del tendido eléctrico, y en su arriesgada
maniobra de explorador, resbaló en el metal y
cayó al fondo de la torre. Los maullidos de pánico
al verse aislado y sin salida alarmaron a toda la 
camada que impotentes ante el dramático desenlace,
trataban de auxiliarlo.
 La tarde dorada se hizo gris entonces.
 Puede que se guarde en París el desenlace, 
puede que se guarde seguro. 
Fuera porque merecía la pena, por ayudarle, 
por lo que ataron aquellas ramas, mis hijos, 
y las metieron en el fondo de la torre eléctrica.
 No recuerdo nada tan agradable como su rostro 
al verlo aparecer trepando, al verlo a salvo.
Había escalado por las ramas que pusieron a su 
alcance y salió de su fatal encierro,
tembloroso y satisfecho 
para reunirse
con el resto.

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