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Vivir en la ladera del volcán.
Vivir, mientras duerme
en su interior un gigante,
mientras
no despierte el fuego abrasador,
mientras
la pendiente de vértigo
se precipita
hasta el mar salvaje.
Vivir así despierta el instinto,
te hace sentir la vida
como un torrente.
Vivir a los pies del Taburiente
te hace más fuerte.
Los bosques se abarrotan
en pendientes de vértigo
y el océano salvaje
rompe contra las rocas.
Nada puedes hacer
entonces,
nada,
cuando contemplas
poderosas fuerzas
de agua y fuego,
nada puedes hacer
salvo
vivir al límite.
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