martes, 16 de julio de 2019

                            27

 En la Montaña de Algodón, el aire de la tarde
traía todo el fuego del sol. Las chicharras cantaban
su canción de amor por las encinas y los labios
estaban agrietados de tan sedientos.
 La belleza del azul turquesa del agua entre las
piscinas naturales, blancas, caprichosas, 
que descendían precipitándose ladera abajo,
solo podía compararse con el buen gusto, de aquellos
que buscaron un lugar tan hermoso, en el ocaso
de sus vidas. El placer de decir adiós a las
tardes doradas, entre el agua que se precipitaba
caprichosa, formando piscinas naturales, tan blancas
como la montaña de algodón, hablaba de ellos.
 Oirían el canto de amor de las chicharras
en el ocaso de sus vidas y el sonido del agua
precipitándose por la montaña de algodón.
 No sabían entonces
que su buen gusto,
su amable decisión
de abandonar 
las tardes doradas
para siempre,
en aquel hermoso lugar,
quedaría guardado
en París
como un tesoro
con todas 
las cosas buenas
que una vez vivieron.

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