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Lleva tanta ternura en sus notas,
tanto desgarro
que es imposible dejar de escucharlo.
El fado va siempre descalzo,
como para andar por casa,
porque cuenta historias reales,
historias de desamor
y hay que tener sangre en las venas
para aguantar toda la emoción
que se agolpa en los labios.
El fado te envuelve el corazón
y lo lleva a bordo de un velero,
lo deja allí,
en manos del viento,
o lo lleva junto al mar
y lo deja tirado en la arena,
lo deja a la intemperie
para que la luna
vista de plata
cualquier noche
y alguien
se lo encuentre.
Nos quedará
siempre un fado
cuando todo se acabe,
un fado humilde
y descalzo
cuando Lisboa
se eche junto al Sena
como si fuera París.
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